Lo sabemos de antemano

Estaba leyendo a Dickynson
cuando me pareció que alguien
se paraba frente a la puerta de casa.

Dejé el libro y crucé de puntillas el
pasillo. Tras la mirilla no había nadie.

Qué aburrido todo.
Dickynson,
el pálpito,
ese desconocido cobarde.

Qué pereza sentarse a esperar
cuando una sabe, positivamente,
que no va a pasar nada.

*

El gato de la vecina
se asoma a la ventana
para ver la vida pasar.

Por mi parte, hago
más o menos lo mismo.

Observo con los ojos
entrecerrados fingiendo
indiferencia.

Como si no me importara

la calle en pendiente
el cielo casi siempre nublado
el gato de la vecina en su ventana.

Una mañana tranquila.

Es increíble que nunca
me canse de esto.

Eso es todo

Me dirijo hacia la cocina
en busca de un yogur.

Me gusta cómo el frío
traspasa el envase de
plástico y llega
hasta mis dedos.

Me gusta tanto que
cuando quito la tapa
estoy sonriendo.

Antes de la primera
cucharada me detengo
durante un instante,
casi con miedo,
para oírme los latidos
del corazón.

Una cuchara suspendida
en el aire, un ritmo
acompasado y seguro.
Eso es todo.

La semana que viene
cumpliré treinta
y cuatro años.

Aún no he decidido si
me siento vieja.

Otra vez

Intentarlo otra vez.
Volver a los inicios.

Sentarme a escribir
cuando el poema
venga.

Si viene.

Sentarme y teclear.
Estirar las piernas.

Tener tanta fe
que las alegorías
desaparezcan.

Luego mirar el
móvil y dudar.

Para después
reescribir el poema
con fe renovada.

Ofrecerlo en
sacrificio en forma
de mensaje de texto.

Sentir que
vuelvo a entrar.

Es lo único
que quiero.

Intentarlo otra vez.
Volver a los incios.

Digamos que sales

Digamos que sales de casa,
que te mudas de país y todos
están lejos.

Todos.

Hasta aquellos
que te caen mal.

Digamos que te vas,
pero no estás triste
ni sientes nostalgia.

Solo levantas el brazo
porque hay un pequeño
vacío que te habita bajo
el codo.

Un hueco visible dentro
de la cabeza, pero que nadie
conoce. Un lugar secreto.

Cuando hablas de casa sonries
y mueves el peso de los hombros.

Nada más.

El resto lo escribes.

Porque los poemas
nunca se equivocan.

Y si tengo suerte

Es conveniente que la mujer sea solícita,
pero no tanto que lo sean sus versos.

Me abriré de piernas y, si tengo suerte,
alguien se querrá arrodillar a la altura

de mis caderas.

Si ese alguien no tiene nada que
añadir, si se limita a aceptar la
solemnidad del momento,

sería fantástico.

Nada de suspiros, ni de palabras.
Nada de demostraciones de
ningún tipo. 

Vivimos tiempos difíciles, donde
todo se comenta y se comparte.

Así en la ciudad como en la pradera

Ella arruga el papel del azucarillo
con una fuerza inquietante.

Va a romper a llorar.

Pienso girándome hacia
el ventanal que da a la calle.

En la mesa de al lado han pedido
un brownie de chocolate.

Una pareja sentada en la barra
bebe café consultando el móvil.

Miro de nuevo a la chica.

Tiene ese aire definitivo
del caballo con la pata
fracturada.

Está rodeado de otros caballos
que perciben su imposibilidad
de caminar, pero al final
no pueden hacer nada.

Busco a la camarera y pido
la cuenta con una sonrisa.

La chica se cubre la cara
con las manos.

El brownie ha desaparecido
del plato.

Pago intentando deshacerme
del exceso de monedas.

Un jubilado entra y se sienta
cerca de la puerta del baño.

Cuando el caballo ya no puede
arrastrarse, los otros caballos
dejan de comer.

Y fingen dormir.

Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa

Abrí la mano e intenté acariciarlo.

El perro sin embargo me gruñó,
me enseñó los dientes antes de
que yo pudiera dar un paso haca él.

Era un animal doméstico, rodeado
de seres humanos, bien alimentado
y con un techo sobre su cabeza.

Pero estaba realmente enfadado.

Menos mal que ya no soy una cría
y sé, más o menos, separar las cosas.

Anticipación tumbada en la cama

La luz del pasillo
está encendida.

Veo polvo sobre
el suelo, como
un rio fino.

Sin señal de que
nadie lo haya
cruzado.

Querría ser otra.

Convertirme
en un pez cubierto
de fruta fresca.

Boquear más
cerca de la puerta.

Más cerca de
los otros.

Y esperar que
en vez de mi
cadáver

vean un pez
de plata.

La flor de la vida

La flor de la vida se arraiga
en las fosas nasales, cubriendo
con sus pequeñas raíces todo
resquicio, impidiendo otro
aire que no sea el de
subsistir.

Las Voces

Cuando era más joven oía voces
en mi cabeza. A veces cantaban,
a veces se asustaban, la mayoría
del tiempo susurraban.

Les gustaban pocas cosas: los pájaros,
el olor a mantequilla derretida,
cómo mi vecino movía la mano
al saludar. Pocas cosas, como ves.

No eran voces peligrosas porque
no querían venganza ni ser
recordadas.

Creo que sólo me llamaban
la atención cuando algo importante
sucedía. Algo que ellas creían que
debía tener en cuenta.

La última vez que las oí fue el
día que mi abuelo murió.
Estaba en la habitación del
hospital, sentada frente al cuerpo.

Mi madre y mi hermana estaban allí.

Entonces dijeron: "Ahora que has visto
vaciarse todo, puedes adivinar de qué
se llena después".

La idea de una relación sana

Nosotros tumbados en el suelo
del salón, mirando al techo.

Sin decir nada, sin movernos.

Con un silencio dentro de
la manga, una promesa.

Eso debería ser suficiente.


Puro Buitre, 2018

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*

Saliva en mi cara

plegada como un
paño de tela.

Saliva en la boca
y la nariz.

En los párpados.

El aire pasa con
dificultad.

Algún día, cuando
nos conozcamos
mejor,

te contaré
sobre el miedo,
que me produce

lo que aparenta
ser transparente.

Minucias urbanas 4

Hacemos el desayuno en perfecta sincronización,
dejando que el ruido de la cafetera inunde
la cocina. El agua hierve, se tuesta el pan.
Guardamos silencio y pensamos con cierto
pesar que todavía es miércoles.
La noche anterior se desató una tormenta
que duró casi toda la noche. Ahora está
despejado y desde el jardín maúlla
un gato sin dueño.

Como ese vecino que está lleno de
buenas intenciones, pero que
siempre dice lo que no debe.

La moneda

Cuando dejo el carro
de la compra en mitad del
aparcamiento.

Con la moneda dentro.

Cuando abandono algo
por pereza, por inercia.

Me siento contrariada,
molesta conmigo misma.

Porque lo hago sabiendo
que no me será restituido.

Ni volverá con otra forma.

La vida, a fin de cuentas,
no me debe nada.

Multiplicidad agotadora (homenaje a Czeslaw Milosz)

Bebiendo limonada en una terraza,
digamos que en una ciudad como Lisboa.

Me llevo el zumo a los labios.
Nada de alcohol, sólo cosas anodinas.

La camiseta de algodón de un corredor
permite que adivines toda su fisionomía.

Una anciana que camina con zuecos de plástico
tiene venas azules y verdes que suben por
la pantorrilla.

Devoro porciones de desconocidos
y la multiplicidad agotadora de todo lo visible.

Sólo bebo y ordeno escenas.

No deseo a ninguna criatura en particular,
lo deseo todo. Constantemente.

*

¿Por qué, si puede saberse,
ha vuelto nuevamente el verano?

El sol se tumba sobre mi
cara para que florezca.
La muerte retrocede
ante los días largos.

Pero, ¿qué más da?
No es suficiente.

Al otro lado del
mundo alguien
escribe mejor
que yo.

Mucho
mejor.

El otro cazador

Yo soy el otro cazador.
Mi hora de matar no llega.
Pero yo soy el otro cazador.
Esperando que su presa
aparezca tras la esquina
hablando nuevamente de
horas extra, o de reuniones
con clientes potenciales.
Mi gran trofeo viste camisa.
Es un ejemplar de fisionomía
admirable. Que se cree mi jefe
por entrar antes que yo en este
manicomio. Pero yo soy el otro
cazador. No camina solo por
la jungla. Y cuando por fin
lo descubra, le apuntaré
sin piedad entre los ojos.
Lo último que verá
será un revoltijo
de pelo agazapado
tras la puerta
del almacén.
Y una lengua
más afilada
de lo que
imagina.

*

El cosmos es lo que es,
es decir casi perfecto.

Sigue adelante poco
(o nada) implicado
con el paso del tiempo.

Nosotros no
podemos vacilar.

Lo que hagamos
se volverá
inmediatamente
en lo que hicimos.