Así en la ciudad como en la pradera

Ella arruga el papel del azucarillo
con una fuerza inquietante.

Va a romper a llorar.

Pienso girándome hacia
el ventanal que da a la calle.

En la mesa de al lado han pedido
un brownie de chocolate.

Una pareja sentada en la barra
bebe café consultando el móvil.

Miro de nuevo a la chica.

Tiene ese aire definitivo
del caballo con la pata
fracturada.

Está rodeado de otros caballos
que perciben su imposibilidad
de caminar, pero al final
no pueden hacer nada.

Busco a la camarera y pido
la cuenta con una sonrisa.

La chica se cubre la cara
con las manos.

El brownie ha desaparecido
del plato.

Pago intentando deshacerme
del exceso de monedas.

Un jubilado entra y se sienta
cerca de la puerta del baño.

Cuando el caballo ya no puede
arrastrarse, los otros caballos
dejan de comer.

Y fingen dormir.

Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa

Abrí la mano e intenté acariciarlo.

El perro sin embargo me gruñó,
me enseñó los dientes antes de
que yo pudiera dar un paso haca él.

Era un animal doméstico, rodeado
de seres humanos, bien alimentado
y con un techo sobre su cabeza.

Pero estaba realmente enfadado.

Menos mal que ya no soy una cría
y sé, más o menos, separar las cosas.

Anticipación tumbada en la cama

La luz del pasillo
está encendida.

Veo polvo sobre
el suelo, como
un rio fino.

Sin señal de que
nadie lo haya
cruzado.

Querría ser otra.

Convertirme
en un pez cubierto
de fruta fresca.

Boquear más
cerca de la puerta.

Más cerca de
los otros.

Y esperar que
en vez de mi
cadáver

vean un pez
de plata.

La flor de la vida

La flor de la vida se arraiga
en las fosas nasales, cubriendo
con sus pequeñas raíces todo
resquicio, impidiendo otro
aire que no sea el de
subsistir.

Las Voces

Cuando era más joven oía voces
en mi cabeza. A veces cantaban,
a veces se asustaban, la mayoría
del tiempo susurraban.

Les gustaban pocas cosas: los pájaros,
el olor a mantequilla derretida,
cómo mi vecino movía la mano
al saludar. Pocas cosas, como ves.

No eran voces peligrosas porque
no querían venganza ni ser
recordadas.

Creo que sólo me llamaban
la atención cuando algo importante
sucedía. Algo que ellas creían que
debía tener en cuenta.

La última vez que las oí fue el
día que mi abuelo murió.
Estaba en la habitación del
hospital, sentada frente al cuerpo.

Mi madre y mi hermana estaban allí.

Entonces dijeron: "Ahora que has visto
vaciarse todo, puedes adivinar de qué
se llena después".

La idea de una relación sana

Nosotros tumbados en el suelo
del salón, mirando al techo.

Sin decir nada, sin movernos.

Con un silencio dentro de
la manga, una promesa.

Eso debería ser suficiente.


Puro Buitre, 2018

Ya está aquí mi nuevo poemario, editado bajo el sello de El Doctor Sax: más de 70 poemas y 10 relatos. Espero que os guste. El próximo martes día 25 estaré presentándolo en Slaugterhouse (Cale Dénia, 22. Valencia) a las 19 h. ¡Nos vemos allí!

Para comprarlo online pincha AQUÍ

*

Saliva en mi cara

plegada como un
paño de tela.

Saliva en la boca
y la nariz.

En los párpados.

El aire pasa con
dificultad.

Algún día, cuando
nos conozcamos
mejor,

te contaré
sobre el miedo,
que me produce

lo que aparenta
ser transparente.

Minucias urbanas 4

Hacemos el desayuno en perfecta sincronización,
dejando que el ruido de la cafetera inunde
la cocina. El agua hierve, se tuesta el pan.
Guardamos silencio y pensamos con cierto
pesar que todavía es miércoles.
La noche anterior se desató una tormenta
que duró casi toda la noche. Ahora está
despejado y desde el jardín maúlla
un gato sin dueño.

Como ese vecino que está lleno de
buenas intenciones, pero que
siempre dice lo que no debe.

La moneda

Cuando dejo el carro
de la compra en mitad del
aparcamiento.

Con la moneda dentro.

Cuando abandono algo
por pereza, por inercia.

Me siento contrariada,
molesta conmigo misma.

Porque lo hago sabiendo
que no me será restituido.

Ni volverá con otra forma.

La vida, a fin de cuentas,
no me debe nada.

Multiplicidad agotadora (homenaje a Czeslaw Milosz)

Bebiendo limonada en una terraza,
digamos que en una ciudad como Lisboa.

Me llevo el zumo a los labios.
Nada de alcohol, sólo cosas anodinas.

La camiseta de algodón de un corredor
permite que adivines toda su fisionomía.

Una anciana que camina con zuecos de plástico
tiene venas azules y verdes que suben por
la pantorrilla.

Devoro porciones de desconocidos
y la multiplicidad agotadora de todo lo visible.

Sólo bebo y ordeno escenas.

No deseo a ninguna criatura en particular,
lo deseo todo. Constantemente.

*

¿Por qué, si puede saberse,
ha vuelto nuevamente el verano?

El sol se tumba sobre mi
cara para que florezca.
La muerte retrocede
ante los días largos.

Pero, ¿qué más da?
No es suficiente.

Al otro lado del
mundo alguien
escribe mejor
que yo.

Mucho
mejor.

El otro cazador

Yo soy el otro cazador.
Mi hora de matar no llega.
Pero yo soy el otro cazador.
Esperando que su presa
aparezca tras la esquina
hablando nuevamente de
horas extra, o de reuniones
con clientes potenciales.
Mi gran trofeo viste camisa.
Es un ejemplar de fisionomía
admirable. Que se cree mi jefe
por entrar antes que yo en este
manicomio. Pero yo soy el otro
cazador. No camina solo por
la jungla. Y cuando por fin
lo descubra, le apuntaré
sin piedad entre los ojos.
Lo último que verá
será un revoltijo
de pelo agazapado
tras la puerta
del almacén.
Y una lengua
más afilada
de lo que
imagina.

*

El cosmos es lo que es,
es decir casi perfecto.

Sigue adelante poco
(o nada) implicado
con el paso del tiempo.

Nosotros no
podemos vacilar.

Lo que hagamos
se volverá
inmediatamente
en lo que hicimos.

Resaca emocional

Me parto en dos.

Pura náusea
desde el fondo.

Vomito todo
lo que queda.

Un líquido breve,

infantil.

Todo lo que resta.

Qué ganas
de alejarme

cuando me veo
por dentro.

Minucias urbanas 3

Estamos en junio y no escribo nada decente
desde hace tres meses, salvo esos versos
sueltos sobre una polilla que no consigo
cerrar como es debido.

De todos modos, estoy contenta cuando bajo
a comprar el pan. Hace calor y me cuesta
doblar los dedos, disfruto caminando
deprisa por la alameda.

Cruzo sin mirar y el coche pasa tan cerca
que una ráfaga de aire me golpea.
Un señor reacciona y tira de mi
hacia el lado de los vivos.

Nos miramos. Una expresión de
reproche mal disimulada ocupa
por completo sus ojos.
Hoy va a ser un buen día.

La siguiente vitalidad

La siguiente vitalidad
vendrá con otra forma.

No será un hombre,
ni parecerá interesante.

Será como ese espacio
invisible del retrovisor.

Un punto muerto
potencialmente mortal.

Historias del barrio

Alguien que conocemos ha intentado
suicidarse. Un vecino de la calle.

Lo primero que llega es la extrañeza.
No se entiende, nadie se lo explica.

Parecía una persona normal.

Cuentan que se lo pensó mejor
y se arrepintió en el último momento.

Todas las mañanas baja al café,
da los buenos días con una sonrisa.

Algunos miran para otro lado
y fingen que no está.


Minucias urbanas 2

Anoche abrí la ventana para ver cómo se mojaba
la higuera de los vecinos bajo la lluvia.
Unos estudiantes de ingeniería que nunca podan
las plantas. Sus hojas se volvieron brillantes
bajo el rumor del agua, olía a algo bueno.

Tú lavabas los platos de la cena,
intentando desprender las placas de grasa
de la sartén. Canturreabas un estribillo de
Los Beatles.

Apoyada en el alféizar pensé en mi casa,
en las calles llenas de cafés, ese sol implacable.
Recordé otro balcón, otras plantas mucho
menos exuberantes. Más resistentes.

Viniste a mi lado y comentaste el mal
tiempo, la humedad que hace que te
duela la espalda. Lo bonita que está
la higuera aunque nadie la cuide.

Esta mañana sigue lloviendo.
Estamos increíblemente tranquilos.
Como si supiéramos qué siente el otro.
Pero no, claro. Eso nunca se sabe.
Es la suposición lo que me sorprende.

Lunes por la mañana

Subrayo una frase de Baudelaire:

"De este pensamiento se veía
en su rostro un rayo perpetuo".

La leo tres veces seguidas para
apurar la alegría que dan las
cosas buenas de la vida.

El programa de la lavadora
termina con un pitido.

La ropa mojada se queda
quieta dentro de la máquina.

Estaría bien ser una de esas.

Escribir cosas así y que se
me viera por toda la cara.