*

Me gustaría empezar
con una imagen potente:

Hierba descompuesta,
algún delirio de la carne.
Un ojo cortado, tal vez.

Oigo la risa del vecino
a través del tabique.

Parece tener una buena noche,
su alegría me despista.

Pero no: yo quiero alondras,
albatros, animales yendo
hacia el cielo.

Todo eso. Todo lo épico.
Lo que no está aquí.

Chasqueo la lengua de pura
impaciencia. Me ordeno el
flequillo con los dedos, sin
tener un espejo cerca.

Mi amiga Tati manda
un audio preguntándome
si bajo a tomar algo.

Dejo el mensaje
sin respuesta.

Insisto en lo rotundo,
acudo a la potencia
de las olas.

Pienso incluso en tigres.

Al final le respondo que no
me viene bien. Voy justa este
mes y toca pagar la luz,
pero que si quiere puede
pasarse por aquí.

Bajaré a por bebida y papas.
Tengo hielo. Nos contaremos
cosas.

*

Un peso en el corazón, ¿qué será exactamente?

Yo me lo imagino como algo leve, no demasiado
voluminoso, no excesivamente denso.

Un puñado de flores de manzanilla en una bolsa
de papel de estraza, por ejemplo, podría parecerse
al concepto que me ronda por la cabeza.

El corazón sigue latiendo bajo las flores secas,
sólo le cuesta un poco más. 
Pero continúa bombeando.

Vamos pues, querido, a morir sofocados.

Cierta dificultad


Tengo cierta dificultad para diferenciar
los lobos de los perros.

Misma anatomía, similitudes en su
comportamiento. Gusto por el rastreo
el acecho, la caza.

Poco más.

El resto es malicia del lenguaje.
Un ahorro del dolor.

Son casi lo mismo

Volvías del trabajo y me hablabas de tus estudios
mientras yo cortaba cebollas para hacer un guiso.

Oía sobre la vida de Napoleón, Rasputín, Marco Aurelio.
Hombres poderosos. Gente muy asertiva.

La cebolla se doraba y Napoleón invadía Rusia.
Bajaba el fuego mientras Rasputín era asesinado.
Añadía el caldo cuando Marco Aurelio heredaba un imperio.

Y tú con los ojos fijos en mi cuello y la voz tensa.
¿Es posible que sucediera así? ¿No te parece increíble?

Intento no mirarte. Me cuesta responder.
Para mi el amanecer y el ocaso son luz
distorsionada. Pura ilusión.

Parecen lo mismo.
Y casi lo son.

Retorno

Arrastra la maleta de ruedas
sobre los adoquines.

Sube la cuesta,
ignora las piedras.

Y una nube enorme
le corona.

Se detiene un momento
para recuperar el aliento.

Entonces me saluda
con la mano en alto.

Sonrío dándole ánimos.

Pero

algo se cuela en la boca.
Un pensamiento oscuro.

En la distancia me
recuerda a otra persona.

Mi yo más indulgente

Cuando me he despertado
no tenía ningún mensaje.

Sigues a lo tuyo.
No pasa nada:

las horas
permanecen
quietas.

A mis pies.

Supongo que necesitas
más tiempo para darte
cuenta.

En primera fila

Hay algo que me hace admirar
a los que leen libros de economía doméstica,
o de programación de Apps,
o de cuidado de plantas y mascotas,
o de batidos multivitaminas.

Siento envidia.
Algo de temor.

Un pálpito.

Me los imagino en primera fila
el día de mi linchamiento.

Sueños como desollamientos

Un cuerpo puede atascarse en el calendario,
hacer rechinar con su carne las semanas.

Puede poner pequeñas entrañas entre
los mensajes del móvil.

Enviar sangre por la noche.
Corteza violenta de espuma.

Puede abrir sueños como
desollamientos, reinarme
dentro sin permiso.

No me importa.

Me expongo a él como
si fuera la baba de la muerte.

Gracias por visitarme tan
terrible y tan hermoso.

El Drama

El aro del sujetador me roza una costilla cada vez
que tomo aire.

Me arranco un padastro con la punta del colmillo.
Hoy siento un impulso peligroso:

"No puede ser que esta sea yo".

Al mirar al techo veo cómo la araña de la esquina
hace un ovillo con forma de mosca.

Inspiro, la mosca se mueve; expiro, la araña
cierra el huevo. Inspiro, la mosca muere.

Debería estar pensando en la batalla de los insectos,
la trascendencia entre la vida y la muerte.

Pero tengo asuntos que atender:
la piel de la costilla arde,
el padastro sangra demasiado.

Me pregunto qué hubiera escogido Dickinson.

*

En el autobús de la línea central hace calor,
huele a ropa húmeda, pelo graso.
Muchos ojos brillan azules hacia
las pantallas del móvil.

Estamos muy solos.

Pero a veces una astilla rosa pálido
viene con el sol y se posa
brevemente en la manga
de un desconocido.

Refleja su perfil
en el cristal
de la puerta.

Lo sabemos de antemano

Estaba leyendo a Dickynson
cuando me pareció que alguien
se paraba frente a la puerta de casa.

Dejé el libro y crucé de puntillas el
pasillo. Tras la mirilla no había nadie.

Qué aburrido todo.
Dickynson,
el pálpito,
ese desconocido cobarde.

Qué pereza sentarse a esperar
cuando una sabe, positivamente,
que no va a pasar nada.

*

El gato de la vecina
se asoma a la ventana
para ver la vida pasar.

Por mi parte, hago
más o menos lo mismo.

Observo con los ojos
entrecerrados fingiendo
indiferencia.

Como si no me importara

la calle en pendiente
el cielo casi siempre nublado
el gato de la vecina en su ventana.

Una mañana tranquila.

Es increíble que nunca
me canse de esto.

Eso es todo

Me dirijo hacia la cocina
en busca de un yogur.

Me gusta cómo el frío
traspasa el envase de
plástico y llega
hasta mis dedos.

Me gusta tanto que
cuando quito la tapa
estoy sonriendo.

Antes de la primera
cucharada me detengo
durante un instante,
casi con miedo,
para oírme los latidos
del corazón.

Una cuchara suspendida
en el aire, un ritmo
acompasado y seguro.
Eso es todo.

La semana que viene
cumpliré treinta
y cuatro años.

Aún no he decidido si
me siento vieja.

Otra vez

Intentarlo otra vez.
Volver a los inicios.

Sentarme a escribir
cuando el poema
venga.

Si viene.

Sentarme y teclear.
Estirar las piernas.

Tener tanta fe
que las alegorías
desaparezcan.

Luego mirar el
móvil y dudar.

Para después
reescribir el poema
con fe renovada.

Ofrecerlo en
sacrificio en forma
de mensaje de texto.

Sentir que
vuelvo a entrar.

Es lo único
que quiero.

Intentarlo otra vez.
Volver a los incios.

Digamos que sales

Digamos que sales de casa,
que te mudas de país y todos
están lejos.

Todos.

Hasta aquellos
que te caen mal.

Digamos que te vas,
pero no estás triste
ni sientes nostalgia.

Solo levantas el brazo
porque hay un pequeño
vacío que te habita bajo
el codo.

Un hueco visible dentro
de la cabeza, pero que nadie
conoce. Un lugar secreto.

Cuando hablas de casa sonries
y mueves el peso de los hombros.

Nada más.

El resto lo escribes.

Porque los poemas
nunca se equivocan.

Y si tengo suerte

Es conveniente que la mujer sea solícita,
pero no tanto que lo sean sus versos.

Me abriré de piernas y, si tengo suerte,
alguien se querrá arrodillar a la altura

de mis caderas.

Si ese alguien no tiene nada que
añadir, si se limita a aceptar la
solemnidad del momento,

sería fantástico.

Nada de suspiros, ni de palabras.
Nada de demostraciones de
ningún tipo. 

Vivimos tiempos difíciles, donde
todo se comenta y se comparte.

Así en la ciudad como en la pradera

Ella arruga el papel del azucarillo
con una fuerza inquietante.

Va a romper a llorar.

Pienso girándome hacia
el ventanal que da a la calle.

En la mesa de al lado han pedido
un brownie de chocolate.

Una pareja sentada en la barra
bebe café consultando el móvil.

Miro de nuevo a la chica.

Tiene ese aire definitivo
del caballo con la pata
fracturada.

Está rodeado de otros caballos
que perciben su imposibilidad
de caminar, pero al final
no pueden hacer nada.

Busco a la camarera y pido
la cuenta con una sonrisa.

La chica se cubre la cara
con las manos.

El brownie ha desaparecido
del plato.

Pago intentando deshacerme
del exceso de monedas.

Un jubilado entra y se sienta
cerca de la puerta del baño.

Cuando el caballo ya no puede
arrastrarse, los otros caballos
dejan de comer.

Y fingen dormir.

Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa

Abrí la mano e intenté acariciarlo.

El perro sin embargo me gruñó,
me enseñó los dientes antes de
que yo pudiera dar un paso haca él.

Era un animal doméstico, rodeado
de seres humanos, bien alimentado
y con un techo sobre su cabeza.

Pero estaba realmente enfadado.

Menos mal que ya no soy una cría
y sé, más o menos, separar las cosas.

Anticipación tumbada en la cama

La luz del pasillo
está encendida.

Veo polvo sobre
el suelo, como
un rio fino.

Sin señal de que
nadie lo haya
cruzado.

Querría ser otra.

Convertirme
en un pez cubierto
de fruta fresca.

Boquear más
cerca de la puerta.

Más cerca de
los otros.

Y esperar que
en vez de mi
cadáver

vean un pez
de plata.

La flor de la vida

La flor de la vida se arraiga
en las fosas nasales, cubriendo
con sus pequeñas raíces todo
resquicio, impidiendo otro
aire que no sea el de
subsistir.