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*

A veces me gustaría

volver a las partes feas
del verano, a sus camas
de pinocha húmeda.

Al revés sucio
de la lona.

Recordar esa piedra
que tiraste a la acequia.

Recuperar lo que se hundió
de forma tan encantadora.

Un año duro


El viento abrió de par en par

la ventana del salón. 

Las cortinas se

movieron frenéticas. 


Desorden en las

pequeñas cosas.

Caos en los detalles.


El viento entró de repente

e hizo volar un pañuelo,

la piel de mandarina,

la lista de la compra.


Sopló, ese viento.

Trajo lluvia:

salimos a gritar 

a la terraza, él y yo.


Los hijos no paridos.

El amor en huida.

Mi madre inmensa.

Una sombra del que

fue su padre.


Salimos y aullamos,

porque fue un año duro

y pensé que lo merecíamos.



*

Las palabras nos rodean.


Suenan en mi cabeza

o hablan contigo.

Salen de tu boca.

Vuelven a la mia.


Palabras suaves.


La palabras habitan.

Pero no alimentan.


¿Hablo de agua 

y te quito la sed? 

¿Comeré si te imploro 

por migajas?



Cuando seamos auténticos


Es necesario vivir sólo

a causa del amor.


A causa del deseo.


Me siento mal como 

un mordisco

en un cuenco de plata.


Veo gente con gestos como nubes,

aire y círculos, una pena en el ojo.


Quiero abrazar y decir: 

"Te veo, eres una bebida clara".


Un mordisco que no llega.

Un deseo de todas las cosas.


Toallas al sol y pelo con arena.


Un mordisco salado.

"Te veo. Y existes", diré.


Piel con arrugas y salitre.

Un poco de agua en el cuello.


Y el amor y el deseo

serán transatlánticos 

creando una estela de plata.


Y entonces cuencos sin ojos.

Y entonces, lo importante.


Amor y deseo.

Brillo. Plata.



Tormenta


Tal vez sea el agua 

la tormenta. 


Y no su movimiento.


Lo dudo.


Pero tal vez el agua sea 

la que va hacia ti.


Y no el impulso.


Ella es la que te busca.

No el torrente.


Lo dudo.

Pero tal vez.


Tal vez el agua sea más

que masa escurridiza.


Y al verte ponga 

voluntad y potencia.


Para generar tormentas,

para arrollar con ondas suaves.


Y arrastrar un caos redondo

de guijarros y destellos.


Peces. Espejos. Cuerpos.

Algas. Pelo. Redes.


Lo dudo.

Pero...


Tal vez sea el agua y no 

la tormenta.


La que arrasa para ti.

Y pone tesoros a tus pies.


La esperanza herida


Una gaviota sangrante

sobrevolando tu cabeza.


Qué imagen más potente.

Puro drama: plumas

rojas, un pico abierto.


Y tus ojos siguiendo

la estela. Su planear

sobre el acantilado.


Deseas que lo consiga.

No sabes el qué.

Pero que lo consiga.


Llegar al nido.

Aterrizar a salvo.

Encontrar a los suyos.


Casi ni parpadeas.

No la pierdes de vista.


La gaviota herida,

sangre rojo intenso.


Su vuelo errante,

un destino lejos

de tierra firme.


La gaviota sangrante,

un animal luchando.


Ahora convertida

en un punto en 

el horizonte...


Que desciende,

lentamente.

Que deja de volar.


Que se estrella

contra el muro

de agua. 


En completo silencio.


Tus ojos abiertos,

incrédulos.


Fijos en un Océano

inerte, que no deja 

ninguna huella

de su paso.

Cubos de Agua


Los puentes quemados 

no podrás volver 

a cruzarlos.


Esas verdades

que dijiste,

las que no dijiste,

las fotos eliminadas.


No volverán.


Siempre habrá

un agujero en 

la pared.

Aunque lo tapes 

con masilla.


La costra calcinada

no será de nuevo

un filete.

La nata no será

leche otra vez.


Lo arrasado por

el fuego y el 

tiempo, lo que

quema un error.


No podrás 

recuperarlo.


Humo negro

en tu memoria.


Los recuerdos de

tu juventud, 

los cigarros

en la azotea,

tu novio con 

ojos de ciervo:

son fantasmas

y brasas ya frías.


Mientras tanto

arde la vida.


Hay carreras con los

pies descalzos.

Y acarreas

cubos de agua.


Pero


el fuego que todo

lo arrasa. Llamará

al negro para que 

venga a quedarse.


Negro en mis ojos,

en tus manos.


Negro en las

palabras, 

ahora silencios.

Todo negro, 

todo humo.


También negro 

en esa cama.

Anticipación tumbada en la cama

La luz del pasillo
está encendida.

Veo polvo sobre
el suelo, como
un rio fino.

Sin señal de que
nadie lo haya
cruzado.

Querría ser otra.

Convertirme
en un pez cubierto
de fruta fresca.

Boquear más
cerca de la puerta.

Más cerca de
los otros.

Y esperar que
en vez de mi
cadáver

vean un pez
de plata.

Resaca emocional

Me parto en dos.

Pura náusea
desde el fondo.

Vomito todo
lo que queda.

Un líquido breve,

infantil.

Todo lo que resta.

Qué ganas
de alejarme

cuando me veo
por dentro.

Minucias urbanas 2

Anoche abrí la ventana para ver cómo se mojaba
la higuera de los vecinos bajo la lluvia.
Unos estudiantes de ingeniería que nunca podan
las plantas. Sus hojas se volvieron brillantes
bajo el rumor del agua, olía a algo bueno.

Tú lavabas los platos de la cena,
intentando desprender las placas de grasa
de la sartén. Canturreabas un estribillo de
Los Beatles.

Apoyada en el alféizar pensé en mi casa,
en las calles llenas de cafés, ese sol implacable.
Recordé otro balcón, otras plantas mucho
menos exuberantes. Más resistentes.

Viniste a mi lado y comentaste el mal
tiempo, la humedad que hace que te
duela la espalda. Lo bonita que está
la higuera aunque nadie la cuide.

Esta mañana sigue lloviendo.
Estamos increíblemente tranquilos.
Como si supiéramos qué siente el otro.
Pero no, claro. Eso nunca se sabe.
Es la suposición lo que me sorprende.

No resbalar

La acequia discurre llena de agua,
es día de riego y campo.

Todo es como aquel entonces,
cuando éramos niños.

Mirar atentamente
el bordillo.

Tener cuidado de no caer
en la vereda.

No resbalarse y partirse
la boca.

*

Poco importa cuánto lo intente.

Cuántas gaviotas persiga.
Las carreras por la orilla.
Los puñados de sal.

No sé distinguir entre
el faro y la tormenta.

*

Qué masacre

cuando te da por
acercarte.

Cuando silencias
el móvil

y vuelves
al presente.

Me pones
la mano

encima y

algo brillante

salta en la
profundidad

del estómago.

Amiga de la infancia

Garbanzos volcados en el cazo
sin ningún cuidado, hundiéndose
en un remolino breve.

Esa fue mi impronta
en su vida.

Pero te diré un secreto:
ahora voy en serio.

Ni las cordilleras
pueden ignorarme.

*

Alguien innombrable
huyó ante el peligro.

Ahora

lavo de cuclillas
unas bragas tensas.

Mientras

el velamen se hincha
con el viento de
los días bárbaros.

Private moments

Menuda putada, esto de hacer pompas
de nostalgia, redondear con jabón
cada recuerdo de tu cara.

Y sobre todo

nombrar cosas para que
luego me estallen en la mano.

Toilette

Me trenzo el pelo
para ocultar la caspa.

Huele a agua de colonia,
a talco y cera. A rosas.

Mientras invoco tus
dedos en mi boca

intento forzar un
cajón sin cierre.

Perfect love

Cuando la luz nos engulló por completo
con su maremoto fulgurante, bajo
incontables kilovatios,

fuimos felices.

Así es, lo fuimos.
Aunque durara apenas
lo justo para poder soportarlo.

Anoche estuve en otra vida

Soñé con el invierno
en Venecia, donde una
góndola navega sobre
aguas negras, bajo
linternas de aceite
y sándalo oloroso.
Vi brotar un muro
de coral blanco,
cogí las flores de
una sola noche.
Anoche estuve
al otro lado:
tumbada en la
cama recordé
las cosas
nunca
vistas.

La transmutación de la merienda

Esta situación se aplica a cualquiera que meriende
pan bimbo con fiambre, o queso, o hielo picado.

Es decir.
Nosotros, y el 83% de la población del hemisferio norte.

Así que ahí estamos, apoyados en el banco de la cocina
con un plato de pan de molde de miga esponjosa,
y le damos bocados mecánicamente intentando masticar
esa masa blanca, que se hace bola por momentos.

Entonces nos distraemos un instante, para darnos cuenta
de que la tarde se presenta tan desierta
como un sueño en Siberia.

Un hermoso delirio a diecinueve grados bajo cero,
donde no pasa nada. Donde realmente, no vive nada.
Tragamos la bola, transformada por efecto de la lucidez
en una avalancha que desciende salvaje por la garganta,
arrasa la tráquea y estalla contra nuestro esófago.

Ahora tenemos un nido de nieve en las entrañas.
Y las malas noticias nunca llegan solas:
seguimos enteros, sin un rasguño.

Aquí, justo en este punto,
es donde las reacciones se dividen en dos grupos.

Por un lado, están los que se largan cuando la cosa
se pone fea, y apuran un vaso de agua para eliminar
esa sensación de pesadez en el estómago.

Tal vez con éxito.

Por otro, estamos los que sentimos el vértigo y lo abrazamos.
Ya sabes. Los que seguimos caminando hacia la ventisca.

Los que vomitamos si es necesario.