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*

A veces me gustaría

volver a las partes feas
del verano, a sus camas
de pinocha húmeda.

Al revés sucio
de la lona.

Recordar esa piedra
que tiraste a la acequia.

Recuperar lo que se hundió
de forma tan encantadora.

Cuando seamos auténticos


Es necesario vivir sólo

a causa del amor.


A causa del deseo.


Me siento mal como 

un mordisco

en un cuenco de plata.


Veo gente con gestos como nubes,

aire y círculos, una pena en el ojo.


Quiero abrazar y decir: 

"Te veo, eres una bebida clara".


Un mordisco que no llega.

Un deseo de todas las cosas.


Toallas al sol y pelo con arena.


Un mordisco salado.

"Te veo. Y existes", diré.


Piel con arrugas y salitre.

Un poco de agua en el cuello.


Y el amor y el deseo

serán transatlánticos 

creando una estela de plata.


Y entonces cuencos sin ojos.

Y entonces, lo importante.


Amor y deseo.

Brillo. Plata.



De limones e ilusiones

El limón reposa en el mármol.

Perfecto en su amarillo.


Lo simple hecho fruta.


Aspiro a algo así con el otro.

Redondo, silencioso y potente 

en su color externo.


Ácido y difícil en lo interno.


El limón descansa a mi lado.

Espera en la cocina.

Espera en mi mano.

Espera que lo corte.


Y yo dudo.

Frunzo el labio,

recordando que también

es agrio en su capa blanquecina.


Pero qué aburrido todo

cuando un limón recuerda más 

a un sorbete que a un fruta...


Quiero abrirlo,

pero no me decido.


El limón sigue entero.


Seguramente lo devuelva al frutero.

Seguramente escoja otra fruta.

Una manzana, una pera.


Y me pierda lo mejor, 

como siempre.

*

Sentada en el porche me escucho los pensamientos.
No hay animales en la espiral de mi cráneo.

Entonces la veo. Una concha de caracol.
Está sola en medio del suelo y destaca demasiado.

La aplasto con desgana para descubrir instantes
después que está hueca.

Me llaman para comer.

Antes de irme dedico una última mirada a los
triángulos blancos. Y veo en ellos cada hijo
que decido no tener.

Retorno

Arrastra la maleta de ruedas
sobre los adoquines.

Sube la cuesta,
ignora las piedras.

Y una nube enorme
le corona.

Se detiene un momento
para recuperar el aliento.

Entonces me saluda
con la mano en alto.

Sonrío dándole ánimos.

Pero

algo se cuela en la boca.
Un pensamiento oscuro.

En la distancia me
recuerda a otra persona.

Multiplicidad agotadora (homenaje a Czeslaw Milosz)

Bebiendo limonada en una terraza,
digamos que en una ciudad como Lisboa.

Me llevo el zumo a los labios.
Nada de alcohol, sólo cosas anodinas.

La camiseta de algodón de un corredor
permite que adivines toda su fisionomía.

Una anciana que camina con zuecos de plástico
tiene venas azules y verdes que suben por
la pantorrilla.

Devoro porciones de desconocidos
y la multiplicidad agotadora de todo lo visible.

Sólo bebo y ordeno escenas.

No deseo a ninguna criatura en particular,
lo deseo todo. Constantemente.

*

¿Por qué, si puede saberse,
ha vuelto nuevamente el verano?

El sol se tumba sobre mi
cara para que florezca.
La muerte retrocede
ante los días largos.

Pero, ¿qué más da?
No es suficiente.

Al otro lado del
mundo alguien
escribe mejor
que yo.

Mucho
mejor.

Minucias urbanas 3

Estamos en junio y no escribo nada decente
desde hace tres meses, salvo esos versos
sueltos sobre una polilla que no consigo
cerrar como es debido.

De todos modos, estoy contenta cuando bajo
a comprar el pan. Hace calor y me cuesta
doblar los dedos, disfruto caminando
deprisa por la alameda.

Cruzo sin mirar y el coche pasa tan cerca
que una ráfaga de aire me golpea.
Un señor reacciona y tira de mi
hacia el lado de los vivos.

Nos miramos. Una expresión de
reproche mal disimulada ocupa
por completo sus ojos.
Hoy va a ser un buen día.

No resbalar

La acequia discurre llena de agua,
es día de riego y campo.

Todo es como aquel entonces,
cuando éramos niños.

Mirar atentamente
el bordillo.

Tener cuidado de no caer
en la vereda.

No resbalarse y partirse
la boca.

Verano

Me preguntas
si tengo tiempo.

Tengo.
De sobra.

Nada que hacer
por todas partes.

Ningún haz de luz
enfoca los relojes.

Abres la puerta
y salimos al verano.

Un escarabajo
perdido, o paseando.

Infinitas generaciones
de bocanadas.

Ese ruido del aire
por todas partes.

Disimulas para que no
me sienta mal.

Pero ya me he dado
cuenta de que

el mundo es tuyo.

*

Cuando pienso en niños recupero la imagen
de mi pueblo, esas tardes de verano en la calle
jugando a la cuerda, al escondite, montando en bici.

Pero cuando proyecto un hijo, veo la llegada del crepúsculo,
la hora esquiva donde las madres salen a la puerta
quitándose apresuradamente el delantal:

"Cariño, a cenar, lávate las manos que se enfría".

Quiero pensar que el mío, ese niño imaginado,
será lento y olvidadizo. Que al llamarlo no me oirá
y se quedará saltando en el asfalto, en el jardín.

Persiguiendo hormigas o el resplandor de una
mariposa nocturna, cazando salamandras
en la pared encalada. Y que yo lo miraré

pálida y sonriente sobre el atardecer,
viendo cómo se aleja hacia la noche
mientras pienso distraída

¿Qué haré hoy para cenar?

This is all

Cuando camino por la noche con las llaves en la mano,
sintiendo ese calor tranquilo que nace del asfalto,
el murmullo de las palomas durmiendo en el alféizar,
la tirantez de unos labios resecos.

Y no pienso en nada.
Y no siento nada.

Algo me dice: nunca tendrás nada más vital,
más entero, más real. Más perfecto.

Que lo que estás haciendo justo ahora.

Entonces trago saliva, sonrío levemente,
para aligerar el paseo de La Certeza,

y me saco disimuladamente la goma
de la bragas de entre las nalgas.

Qué pasa cuando le das demasiadas vueltas a las cosas

El verano no consigue
cegar los interrogantes.

Y cada mañana, vestida
con una camiseta sin mangas,
con dos piernas y varios ojos

analizo la luz del desayuno.

Descifro el idioma de las pepitas,
el futuro que me depara el café,

pero también

las horas de oficina y una madurez
demasiado incipiente en las sienes.

Como si me enfrentara a ese Oráculo
donde una vestal me acusa de deisida
mirando alucinada unas vísceras de pájaro.

El sueño de la abundancia

En el interior de una lechería desierta, con una taza de latón en la mano, una mujer joven que se parece a mi, pero no, escucha los sonidos de la calle. Sus rizos son grandes y tristes, lleva puesta una falda de lino crudo que le roza suavemente los tobillos. Y mira hacia afuera con el gesto de quien espera con paciencia. De pronto, distingue el sonido del tren que se detiene en la estación. E imagina que esa figura conocida camina entre nubes de vapor, coge la bicicleta aparcada en la cerca y pedalea por el camino de trigo hasta su puerta. Donde ella espera, en medio de la lechería, con una taza vacía en la mano, a que llegue por primera y centésima vez con un cántaro de rebosante leche tibia.

El Primer Día del Resto de Mi Vida

Miro hacia el cielo
y muerdo un níspero.

Sería mejor mentir.

Y decir que es una jugosa ciruela,
fresas de un rojo sugerente.

O cualquier cosa mejor.

Pero el níspero es alegre
y guarda un hueso de aceite.

Me mancha las comisuras
con pequeños círculos de luz.

Mastico y miro las nubes
hasta que el níspero se acaba.

Me relamo los dedos,
suspiro con calma.

Estoy saciada.

*

Nos sentamos junto al río
con la bolsa del picnic.
No es una cesta,
como en las revistas
de los cincuenta, sino
un saco de plástico
comprado en el súper.
Dentro llevamos todo
lo necesario para
masticar el disfrute
de una noche de
fuegos artificiales.
Bocadillos de atún con
olivas, cervezas y papas.
Decenas de galletitas
saladas en forma de pez.
De pronto, el primer
fogonazo nos
ilumina la cara.
La pólvora invade
el cielo formando
puntitos de luz.
Con la boca llena
queso hablas del
color dorado.
Pero yo presto
atención a la
oscuridad del agua,
al césped fosforescente.
Presa de una inquietud
sin forma ni sentido.
Y mientras te sonrío
complaciente,
sólo puedo pensar
en huesos ardiendo.

*

Bebemos cerveza y café en la terraza del parque.
Ya quema el sol, los gorriones siguen marrones.
Varias ancianas empujan sus carros de la compra.
De pronto te miro de reojo, casi sin querer hacerlo.
Veo que respiras despacio, o miras la tarde
como si fuera papel de regalo sin rasgar.

Pero la calma dura apenas unos minutos,
la vecina nos ha visto, se acerca emocionada:
el señor Pererira a tenido un ataque fulminante.
Guiño los ojos. Me molesta el entusiasmo de su voz.
Ella continúa: hay una ambulancia en el portal
y la calle está llena de curiosos, como siempre.

¿Qué podría ser más agradable que hablar de conocidos que agonizan?

La vecina continúa su explicación con boca esponjosa.
Es más joven que nosotros, todavía no tiene miedo.
Por eso le sonríes mientras asientes pacientemente.
Quieres ser amable, que no intuya la amenaza.
Sinceramente, no veo porqué. Ella ha sacado
el tema. Así que carraspeo e interrumpo:

nosotros también vamos a agonizar un día de estos.

Ambos me miráis. Tú con una expresión divertida,
ella confusa, con cara de no entender. Nadie responde.
Tras el silencio se despide, alejándose rápidamente.
El aire cálido vuelve, estiramos las piernas con placer
y esperamos que gire la esquina para romper a reír.
Entonces bebes un trago de cerveza y sentencias:

así no vas a hacer amigos.

Fuera del huevo

Un pez naranja flota a tu lado.
Te acaricia la mejilla
pidiéndote protección.

Sabes que desovará pronto.
Y luego morirá.
Si decides cuidarlo
¿Qué será de él?

Casa ajena

Cuando me querías eras como un porche,
uno de esos balcones de madera
forrados de listones blancos,
mecedoras y chicharras.

Aquí no tenemos entradas así,
rodeadas de trigo y camionetas.

Eras una casa de otro país.

Pero cuando me querías y yo te miraba,
cuando todo ardía y parecía extinguirse,
me ofrecías limonada y una sombra fresca.

Cuánto me gustabas, cuando eras un refugio.

Yo llevaba el vestido oscuro
abotonado hasta el cuello,
un recogido de pelo prieto.

Caminaba en el rigor más absoluto.

Pero tu eras un porche cuando me querías,
y yo podía entrar allí, descansar en ti.

Sentarme a las puertas de tu pecho
y fingir durante un momento

que era la dueña de la casa.

Instrucciones para nadar bien 2

Delante del abismo.

Quitarse la ropa, dejarse prendas ligeras.
Darse palmadas suaves en las mejillas.
Abrir los pulmones y retener el aire.
No asomarse, no mirar hacia abajo.
Ignorar el mordisco del miedo.
Olvidar su marca en el tobillo.
Relajar las extremidades.
Tensar la mandíbula.
Tomar impulso.

Y saltar.

Hundirse.
No respirar.
Retener el oxígeno.
Dejar que el fondo nos trague.
Volcarnos confiados en el frío.
Acallar los pensamientos amargos.
Las voces del peligro, el horror a la asfixia.
Escuchar atentamente la nada, la presión en el tímpano.
Entonces abrir los ojos, confiar en el agua. Y lentamente, flotar.