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Olor


La curva de mi cadera es como una Luna sobre el agua.

Cuando me abro de piernas, ¿qué debería coger?

¿Un espejo? ¿Un ángulo muerto? ¿Un haz de luz?.


Sin ropa somos tranquilos. Todo se dice en voz baja.

El olor es lo que importa: él manda. Por él la Luna.

Por él; jadeos, los cuchillos. Por él; un rubor.


La curva de mi mejilla es como un cajón forzado.

Cuando soy sincera, ¿Qué debería decir? 

¿Que mi carne es triste? ¿Que vivo sola con mi esqueleto?.


No quiero habitarme en fragmentos.


Que me veas entera, con Luna y cajones sin cierre. 

Un aroma de adulta. Eso quiero. Cuchillos.

Ser vista sin espejos. En susurros. 


Ser vista, tan pequeña. 

Aliento


Mi aliento 

es el ahora.

Que baja por 

las piernas.

Llega al suelo. 

Y se arrodilla 

a cuatro patas.


Estoy satisfecha.

O no. No. 

No lo estoy.


Aliento que no es.

Que bebe agua 

bajo el olivo.

Me mira 

desde fuera.

Una hoja 

le tapa los ojos.


Mis rodillas 

están desolladas. 

Sangre.

Un hilo rojo 

a modo de correa.

Ata mi aliento.

Lo ata corto.

Como a un perro

dócil, a la altura

de mis rodillas.


Nuca más alto.

Nunca erguido.

El que finge

Muerde sus rizos.

Los estira con los colmillos.
Pretende que sean rectos
lisos, claros, ligeros.

Para abandonar su naturaleza de felino.

De melena con esparadrapo.
De león rodeado de fusiles.
Y poder cazar con las gacelas.

Hay algo


Hay quien nace con 

cucharas de plata en la boca,

o padres que se van pronto.


Hay personas con arrullo en la voz

y una calma del mañana.


Yo pierdo la cartera en el metro.

Y hay algo. Algo, algo, algo.

Hay algo mal en mí.


Hay quien sólo apaga 

el despertador una vez. 

Vuelve rápido al mundo. 

Ducha, café. Podcast.


Yo floto en las fronteras 

y me cuelgan los pies 

en los acantilados. 


Veo algunas sobras 

alrededor de tu cuerpo.

De los cuerpos.


Cosas que añaden capas.

Fantasmas y luces.

Y puede que no esté mal.

Ver todo lo que flota.


Pero ese colgar, ese tardar más.

Ese dudar cuando despierto.

Las cucharas en el cajón.

Cartas en mi cabeza.


Un mechón de tu pelo

enganchado.


Hay algo mal.

Algo sin acabar.


Y los fantasmas 

no hablan de ello.


Hay algo. Algo lento.

Que no se cierra,

que no... se cierra...


Hay algo, algo, algo.

Algo mal. Algo que duda.


Y me deja sola.

*

Hoy la Vida se mueve suave, sin avasallar.
Parece que duerme con la cara cerrada.
Pero las horas cuelgan boca abajo.
Y las piedras rebotan rabiosas.

Todo porque he dejado salir 
de este pantano, el cuerpo de 
ternura que mezquinamente
atesoraba. 

*

Las palabras nos rodean.


Suenan en mi cabeza

o hablan contigo.

Salen de tu boca.

Vuelven a la mia.


Palabras suaves.


La palabras habitan.

Pero no alimentan.


¿Hablo de agua 

y te quito la sed? 

¿Comeré si te imploro 

por migajas?



Tarde con mi amiga. Segunda parte.


Te levantas arrastrando la silla.

Tan luminosa en tu asombro.

Eres un manojo de llaves.

Un puñado de semillas.

Melocotones maduros.

Abres y creces.


Por eso.


No me mires así.

Soy como tú, una mujer.

Un cuerpo con pasillos y espejos.

Lleno de puertas y tierra fértil. De algo.

Llena de miedo por no vivir lo que quiero.

Como tú, que arrastras la silla para irte.

Asombrada, casi herida por mi. 


Casi.


Casi ofendida. Humana y social.

Toda prisa. Toda mente. 

Casi toda grietas. Toda rota. 


Tarde con mi amiga


Tan bonita.

Caminando

hacia mi. 

Una terraza.

Tomamos algo,

tónica y olivas. 

Hace sol.

Me escucha.

Hablo de 

lo único. 

Escucha.

Ojos como

eclipses.

Enormes.

Retuerce

la servilleta

de papel.

Tan bonita.

Mira una 

esquina.

Ojos atónitos.

Pide agua

al camarero.

Silencio.

Sonríe.

Tan bonita.

Entonces

escucho yo.

Consejos.

Qué debo hacer.

Escucho.

Qué decidir,

quién ser.

Cómo ser.

Escucho.

Debo limpiar

la sangre.

Ojos de eclipse.

No manchar 

el mármol.

Ojos enormes.

Tirar los trapos.

Restos rojos

de quien no ser.

Silencio.

Le sonrío.

Tan bonita.

Ignoro el agujero

que no se cerró.

Mi entraña triste.

Eclipse solar.

Soledad femenina.

Miro al camarero.

Pido la cuenta.

Dejamos el bar.

Tan bonita.

Me abraza,

me desea suerte.

Es sincera.

Sonríe.

Ojos sin sombra.

Tan bonita.

Se despide.

Se marcha.

Y yo tan sola.

Una mujer 

que escucha.

Una mujer 

no vista.

Una mujer

sin forma. 

Diferente.

Con sangre

en las uñas.

Que no limpia

el desastre.

Sangre seca.

Una mujer.

Que no limpia.

Ojos de eclipse.

Que no acaba

de pulir ese

mármol.

Porque teme

la pulcritud.

Porque duda

si en eso 

consiste la vida.

Porque duda

si eso es 

de verdad

Ser.

Dos Marinas o "Conversaciones con La Otra"

"Háblame de esa querencia
congelada bajo tu ventana"

No debería, pero su
insistencia me da miedo.

Me observo al otro lado,
yo misma en mi sombra.

Respondo.

"Es pequeña y
suspira tierno y alto"

No le gusta lo que oye,
no me gusta lo que digo.

Me abofetea con el
dorso de la mano.

Siento el dolor
de mi golpe en la mejilla

Deseo que se muera.
Deseo morir.

Pero no digo nada.

Porque aún en mi
oscuridad, en mi luz.

Tengo alas en la piel,
hueso ligero de ave.

Tengo trino en la voz
y un pico de plata.

Con la barbilla en alto
sonrío y me ofrezco el
resto de mi cara.

Fe

En el acantilado hay mármol y un templo,
donde acuden las mujeres sin velo
y nadie espera entre los olivos.

Vigilan las golondrinas bajo el cielo
esa procesión de vestales alegres
llenas de togas y oro en los pies,
de cántaros llenos de vino y miel.

Pero planean como hojas los augurios
y los sacerdotes se frotan las manos,
esperando las ofrendas para el rayo
y un llanto por alguien perdido.

Es algo anciano, algo triste, eso de padecer
la furia de las estatuas y de todos esos seres
que fueron inventados para espantar
un brillo imperial que descansa

realmente

sobre nuestras cabezas.

*


Mis sinceras disculpas.

Pues.

Aceché a aquel que huía.
Coleccioné las cuencas de sus ojos.
Los mordiscos duros en su cuello.
Cada curva de sus pómulos.

Mis sinceras disculpas.

Pues.

Perseguí al hombre sin dueña.

Y amé de rodillas
como nadie debe ser amado.

Horas como alondras

Separadas de sus días,
diseccionadas para ti,
para el hambre
de tu boca
rugiente.

Mírame.

Mira cómo
abro la carne
y busco su latido.
Cómo sostengo
los pálpitos de vida
que habitaron alguna vez
los nidos frescos de nuestro pecho.

Sirena

Una campana.

Todo sabe a
agua de aljibe.

A lengua
con verdín.

Mojando los
labios en dedales.

Dando sorbos
de agua dulce.

Una campana.

Luna que no 
levanta el agua.

Marea que no
vuelve ni promete.

Boqueo sobre
arena seca.

Una campana.

Toque a muerta
por salir del agua.

Mujer de arrollo
y misterio.

Convertida en 
sirena de arcilla.

Mujer de escamas
y cabello enorme.

Sin mar al 
que volver.

Arista viva


Comida familiar, vajilla 
fina y cubertería de plata.

Por una vez
no hay entremeses
ni vino añejo. 

No hay sopa de pescado.

Por una vez llenamos 
la boca de cristales.

De algo que no son
lugares comunes,
anécdotas y chistes.

Comemos palabras 
crujientes,
vidrio de arista viva.

Tragamos verdades
que provocan hemorragias.

Que espolean el silencio
y le quitan su lugar en la mesa.

Llenamos por una vez
la boca de esquirlas.

Que sangran con luz
y voz de herida nueva.

Comida familiar sin
extraños ni desconocidos.

Corazones en la mano,
pecho al descubierto.

Caras sin máscara
ni maquillaje.

Sólo vidrio, corte,
carne y voz ligera.

Sólo gente reunida
con tiempo y ganas.

Sólo nosotros,
los de casa.

Sangre cercana.

Cubos de Agua


Los puentes quemados 

no podrás volver 

a cruzarlos.


Esas verdades

que dijiste,

las que no dijiste,

las fotos eliminadas.


No volverán.


Siempre habrá

un agujero en 

la pared.

Aunque lo tapes 

con masilla.


La costra calcinada

no será de nuevo

un filete.

La nata no será

leche otra vez.


Lo arrasado por

el fuego y el 

tiempo, lo que

quema un error.


No podrás 

recuperarlo.


Humo negro

en tu memoria.


Los recuerdos de

tu juventud, 

los cigarros

en la azotea,

tu novio con 

ojos de ciervo:

son fantasmas

y brasas ya frías.


Mientras tanto

arde la vida.


Hay carreras con los

pies descalzos.

Y acarreas

cubos de agua.


Pero


el fuego que todo

lo arrasa. Llamará

al negro para que 

venga a quedarse.


Negro en mis ojos,

en tus manos.


Negro en las

palabras, 

ahora silencios.

Todo negro, 

todo humo.


También negro 

en esa cama.

La Buena Hija


Exhibiendo atrocidades 

por WhatsApp.


Un pie entrando en la piscina,

lluvia estancada, un gato enfermo.


El Cosmos reducido a píxeles,

una foto de la oscuridad del jardín.


Grava y hormigas desordenadas.

El coche siempre vacío del vecino.


Fotos de una magia que no se puede

capturar, ni tampoco compartir.


Si no están aquí, o yo allí, no se ve.

No se entiende, no se vive.


Sin embargo, (aquí me ordeno el 

flequillo). Pongo cara solemne.


Sin embargo.


Se debe combatir la magia con la magia.

Has de creer que guardas en la manga 

algo imposible, algo que hará brillar 

sus ojos. Que los hará quererte.


El lenguaje de las abejas. Una broma

genial, la receta secreta del pastel de limón.

Un ejército de gorriones a tu disposición.

El color de pintalabios definitivo, el 

silbido que domestica todos los perros.


O la magia más rara de todas: el deseo de

hacer lo correcto, lo lógico, lo esperado.


La magia que les hará aplaudirte.

El truco definitivo. 


Comprometerte con lo fácil. 

Casarte con aquel que niega

tu sombra. Subir al templo

de una vida tranquila.


Colocarte frente al altar,

como una bruja de magia

terrorífica.


Para entregar a tu primogénita

en sacrificio.


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(Dedicado a mi querida 

hermana Anna).

Qué me importa a mi lo malo

El azúcar podría ser más
que veneno disuelto en la sangre.

Cristales blandos.
Esquirlas bajo la lengua.

Pongo tres cucharadas
en un bol y las mezclo
con yogur.

Comida blanca,
casi pura en su 
cremosidad.

Trago una 
cucharada.

Recuerdo.

No hay nada 
más tierno que
tus dientes.

Una boca suave.
Una boca ausente.

Otra cucharada.

Qué me importa
a mi lo malo.

Otra cucharada.

Lo que no es,
pero parece.

Otra más.

Tengo que llevarme
algo a la boca.

Una textura 
que te recuerde.

Trago y vomito


Un led del móvil parpadea:

me mandas un audio.


Hablas de la tormenta

eléctrica; de Safo y su 

amor, imposible. 


De un gesto interrumpido.

Como un rizo alisado.


Pronto va a oscurecer.

Y el brillo de tu voz

se hará fosforescente.


Sola en la habitación

trago estrellas y vomito

mensajes de texto.


Mensajes con voz

ronca, con cierto

drama contenido.


Trago ojos de pez,

fruta fresca. Cordones.

Nueces. Un caracol.


Cosas inconexas.

Cosas reales.


Vomito destellos,

euforia, pelo, 

miedo, uñas nuevas.


Y una serpiente.


Amiga de todas

las mujeres.


Que sale a

buscarte.

Con toda la sangre

Carretera oscura,

un esbozo de cometa en el cielo.


Sin luz. 

Sin nadie.


Suena la grava bajo mis pies

y todo lo no dicho,

lo que respiro y no sale.


Llamo espejos que no 

se plieguen. Que muestren

todos los ángulos de este camino.


Carretera oscura,

un aleteo entre las ramas.

Una promesa.


Empiezo a correr.

El pelo al aire, 

la boca abierta,

ojos tremendos,

todo en tensión.


Sangre

sangre

sangre

sangre que bombea.


Estoy viva.

En plena noche.

En la carretera oscura.

Sin luz. Sin nadie.


Las venas se tensan,

hay jadeos y falta de aire.

Qué hermoso.


Estrellas y órganos,

toda la noche extendida.


Me detengo en la curva.

Oigo los latidos

en mi oído. 


Mi propia euforia.

Mi propia vida.


En la carretera oscura.

Sin luz.

Sin nadie.


Con toda la sangre

y una promesa.

*

Llama a mi puerta el empleado
de la compañía eléctrica.
Viene a revisar el contador.

La empresa no se fía:
la Luz también puede robarse.

Comprueba códigos en la pantalla
de una máquina misteriosa y no
me mira a los ojos.

Voy en pijama y llevo tres días
sin ducharme.

El hombre ignora el detalle,
alargándome una factura
atrasada. 

254 euros por dos meses.
Ostia puta.

Le sonrío desconcertada.

Y pienso en una lluvia furiosa.

Demencial.
Tremenda.
Incontestable.

Que inunde todo el barrio
y nos arrastre sin remedio.

Sí. Soy dramática.

Pero es que han sido años duros.

Y quiero que llueva.

Que el agua arrase con todo 
lo que se apoya sobre una superficie.

Quiero que nos arrolle, para así
poder gritar con ganas.

Antes no había espacio para 
el precio de la Luz.

No había lugar para
lo mediocre.

Ahora todo vuelve.

Pero han sido tiempos duros,
y creo que nos merecemos
aullar por fin.

Poder fluir en el caos.