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Aloes


Salgo a la calle.

La hija de la vecina 

corretea con una Barbie 

en la mano y al verme 

viene a mi encuentro.

Me cuenta que las

plantas de aloe le parecen

dedos de marcianos.

Siempre quise tener 

una conversación así:

qué curioso que se dé

con una niña de ojos

marrones, la hija de

la vecina.


Olivas


Suaves semillas

de un árbol serio,

que crece lento,

que hace nudos

y plata en sus 

hojas.


Un capazo de olivas

sin prensar ni aliñar.


Olivas crudas, 

verdes y lisas.


Algo silencioso 

y soleado.


Arcilla y golondrinas

rodeando la cesta 

de mimbre. 


Olor a alcoba.

Olor a sudor.

A sal y aire.


Olivas crudas, 

duras y solemnes.


Abrir la mano

y tocarlas con 

las yemas,

acariciar la

ligera curvatura

de su forma.


Eso era mi casa.

Eso era mi infancia.


Un fruto que

se perdió tras

la cosecha.

Sucedió antes del ahora

Dentro del coche la luz no llegaba.
Los fuegos artificiales se veían a lo
lejos y las sombras tenían forma de
salpicadero.

Mi padre se llevaba un Lucky Strike
a la boca mientras los estallidos burbujeaban
tras su perfil como aspirinas. Algo blanco
e artificial. Algo hermoso.

Me habló de cómo se forman los acuíferos,
de la química del cemento romano, de un
autor de realismo mágico que lo hacía
trasnochar en sus noches adolescentes.
Del opio y sus trampas, de su miedo
visceral a los quirófanos.

Describió círculos amplios con las manos,
casi rozando el tapizado del coche.
Yo escuchaba en el asiento del copiloto
sin perder detalle.

En algún momento los fuegos artificiales
terminaron. El ascua del cigarro iluminaba
sus ojos. Era enorme bajo ese anorak viejo.

"Tampoco han sido gran cosa -dijo señalando
con la cabeza hacia el exterior-. Menos mal
que no hemos traído a tu madre".

Prometimos volver para la lluvia de estrellas
del mes de agosto.

A la vuelta nos cruzamos con un gato que llevaba
un ratón muerto en la boca y comentamos algo
sobre el frío y las heladas.

Sucedió antes de irme a la Universidad.
Antes de salir al mundo y olvidarme de
quién soy.

Otra vez

Intentarlo otra vez.
Volver a los inicios.

Sentarme a escribir
cuando el poema
venga.

Si viene.

Sentarme y teclear.
Estirar las piernas.

Tener tanta fe
que las alegorías
desaparezcan.

Luego mirar el
móvil y dudar.

Para después
reescribir el poema
con fe renovada.

Ofrecerlo en
sacrificio en forma
de mensaje de texto.

Sentir que
vuelvo a entrar.

Es lo único
que quiero.

Intentarlo otra vez.
Volver a los incios.

Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa

Abrí la mano e intenté acariciarlo.

El perro sin embargo me gruñó,
me enseñó los dientes antes de
que yo pudiera dar un paso haca él.

Era un animal doméstico, rodeado
de seres humanos, bien alimentado
y con un techo sobre su cabeza.

Pero estaba realmente enfadado.

Menos mal que ya no soy una cría
y sé, más o menos, separar las cosas.

*

Chupo el palo del helado de limón.

Sabe a madera y a algo perdido.
La sombra de una niña.

Lo aprieto entre los dientes y
la punta se abre como un abanico.

La forma que quería para mi futuro.

*

Cuando pienso en niños recupero la imagen
de mi pueblo, esas tardes de verano en la calle
jugando a la cuerda, al escondite, montando en bici.

Pero cuando proyecto un hijo, veo la llegada del crepúsculo,
la hora esquiva donde las madres salen a la puerta
quitándose apresuradamente el delantal:

"Cariño, a cenar, lávate las manos que se enfría".

Quiero pensar que el mío, ese niño imaginado,
será lento y olvidadizo. Que al llamarlo no me oirá
y se quedará saltando en el asfalto, en el jardín.

Persiguiendo hormigas o el resplandor de una
mariposa nocturna, cazando salamandras
en la pared encalada. Y que yo lo miraré

pálida y sonriente sobre el atardecer,
viendo cómo se aleja hacia la noche
mientras pienso distraída

¿Qué haré hoy para cenar?

La primera conversación del año

Nathaniel Hawthorne describe a Henry David Thoreau tras conocerlo el verano de 1842:

"Desde hace dos años ha repudiado toda manera regular de ganarse la vida y parece inclinado a llevar una especie de vida india entre los hombres civilizados, una vida india en lo que respecta a la ausencia de todo esfuerzo sistemático por mantenerse"


¿Qué significa África, qué Occidente? 
¿No está nuestro interior en blanco en el mapa?

Henry David Thoreau (Walden, 1854)

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Mi prima vino a visitarme aprovechando que tenía la mañana libre y pasaba cerca de mi casa. Entramos en el salón, era invierno (creo que estábamos en febrero) y hacía frío, por lo que nos sentamos cerca de la estufa, cubiertas con una manta y sosteniendo nuestros respectivos cigarros. Con la cara plácidamente orientada hacia la luz de la ventana, le ofrecí una taza de café y galletas de chocolate. Estuvimos un rato sin hablar, fumando y bebiendo líquido humeante. Mi prima rompió el silencio:

- No puedo comprender porqué no sales.

- No es que no quiera salir, es que necesito sentarme para hacer lo que debo hacer.

- ¿Lo que debes?

- Bueno, lo que quiero hacer.

- ¡Aaaaaah!, lo que quieres hacer... ¡Ojalá fuera tan sencillo!

- Ya estamos. Siempre igual.

- ¡Claro que siempre igual! ¡Claro que sí! Todo el día mirando al vacío, sosteniendo un lápiz o una taza de café. Esto no es vida, debes plantearte qué vas a hacer con ella, ¡no durará para siempre!

- ¡Ya estoy haciendo algo con ella! ¡Es precisamente eso lo que voy a hacer! Deber y desear son lo mismo ahora y por primera vez en toda mi existencia. He de continuar.

- Pero todo el día ahí, escribiendo historias o poemas... sola tanto tiempo. No sé, yo me volvería loca. 

La miré con calma mientras apagaba el cigarro. Entendí que había sacado el tema porque quería hablar de él. No era una conversación casual, posiblemente hacía tiempo que le daba vueltas en la cabeza. Me preparé mentalmente para justificarme una vez más.

- La soledad es igual que la compañía. No se diferencian lo más mínimo la una de la otra, sólo se complementan. Es la valoración de cada una lo que nos condiciona. Al parecer, estar solo mucho tiempo es algo pernicioso, sin embargo, estar siempre acompañado no se considera perjudicial para el individuo. Aunque eso no le permita escuchar su propia voz, estar consigo mismo.

- ¿Escuchar su propia voz? ¿Y qué pasa con el resto de cosas, con lo que está más allá?

- Yo... no sé explicarlo bien... pero es como una corazonada. Una intuición: debo asomarme al abismo. Sólo así podré comprender. Sólo de ese modo podré entrar en el mundo.

- ¿Pero te estás oyendo? ¿Asomarte al abismo? ¿Qué abismo? Me estás empezando a preocupar. Te lo recuerdo, por si se te ha olvidado: un precipicio es algo peligroso, sea del tipo que sea.

- Cierto. Pero todo acto creativo no es otra cosa que asomarse a uno mismo. Acercarse paulatinamente al borde y mirar. Quiero ver lo que hay al otro lado, observar atentamente. Enfrentarme a todo lo que por fin se muestra. A fin de cuentas, eso también forma parte de mi, aunque permanezca oculto casi todo el tiempo. Y estar sentada buscando es lo que quiero hacer, lo único que necesito. ¿Lo entiendes ahora?

- No. No te sigo, la verdad.

Una mosca se posó en el borde de mi taza. La espanté con un gesto breve mientras buscaba las palabras exactas, algo que me ayudara a llegar hasta mi querida prima.

- No pasa nada. Si te sirve de consuelo, yo tampoco puedo comprender muchas cosas. Por ejemplo, porqué estar ahí escribiendo, o salir a pasear por el bosque se considera una pérdida de tiempo. Y sin embargo, despertarse e ir a producir (cualquier cosa: ir a embalar naranjas, atender un teléfono, hacer presupuestos, teclear datos para otros en un ordenador o especular sobre el precio de la madera de esos árboles que completan la visión del paseante) sí que se considera algo de provecho. Pero luego... la gente lee los libros que alguien ha escrito sin ir a ningún sitio, o utiliza su tiempo libre para hacer senderismo por el bosque. No, yo tampoco lo entiendo.

- Eres una idealista, o una boba. Vives en los Mundos de Yupi. ¡No hay nada que entender! Necesitamos dinero, no podemos vivir del aire. Por eso hay que salir ahí a dejarse la piel. Por eso y por nada más.

- ¿Si? Bueno, tal vez. Respeto la lucha por la supervivencia, es uno de los pilares de nuestra existencia, y nos dignifica. Pero la supervivencia no se resume sólo en conseguir dinero, en pasarlo mal por ello. Por supuesto, sé que lo necesitamos para sobrevivir. Pero lo único que realmente tenemos, lo único que es nuestro, es el tiempo, y este se acaba. No podemos decidir ni siquiera cuando. Nacemos sin dinero, morimos sin dinero. Sólo podemos ser dueños del aire y de nuestro esfuerzo, hasta que un día todo termina. Y ya está, fundido en negro. Por eso hay que priorizar... creo yo.

- Pensar en la vida como una cuenta atrás es algo morboso, ¿no te parece?. No es sano tener la muerte tan presente. ¡Es más inteligente tener una actitud vitalista, luchadora!

- Y la tengo, créeme. Aunque me veas aquí sentada, vivo intensamente. Tengo fe. Y peleo a mi manera, tal vez de forma más consciente que otros... aunque esto último es solo una suposición. Bueno, resumiendo: soy feliz así.

También el cigarro de mi prima estaba a punto de consumirse por completo. Estiró el brazo para apagarlo contra el cenicero y aprovechó ese movimiento para girar la cabeza y mirarme con ternura, con una sonrisa cansada.

- Ahora sí que no entiendo nada. ¡Menuda rayada! En fin, me rindo, haz lo que quieras.

Se recostó de nuevo en su butaca con los ojos entornados. Por un momento guardamos silencio. Sonrió ligeramente antes de continuar:

- ¿Sabes a quien me recuerdas? A mi vecino, un personaje del pueblo. Vivía al lado de casa de mis padres, con un perrito. No era mayor, quiero decir que no estaba jubilado, era demasiado joven todavía. Sin embargo, tampoco tenía trabajo. Bueno, la verdad es que no lo sé; seguramente no tenía uno, porque no iba a ningún sitio por las mañanas. Sobre las diez o las once sacaba una sillita a la calle y se sentaba. Se pasaba horas mirando la vida pasar: acariciaba a su perro, hablaba con las vecinas que volvían del mercado, chutaba una pelota que había llegado botando desde la plaza, donde unos niños jugaban... Mi padre decía que era buena persona, que era autentico, muy inteligente; aunque la gente del pueblo dijera que era un vago. No sé de qué vivía, es un misterio.

- ¿Qué pasó con él?

- Ni idea. Si no ha muerto, seguramente seguirá sentado en su silla. O eso quiero pensar. Pero bueno, lo que te quería decir con todo esto es que mi vecino nunca molestó a nadie. Que hagas lo que quieras con tu vida, aunque me parezca una chorrada, o una pérdida de tiempo. Total... no haces daño a nadie. 

- Muchas gracias. Eso haré.

Levanté ligeramente la taza a modo de brindis. Mi prima hizo lo mismo con la suya y ambas bebimos nuestro último trago de café. Al coger el mechero para fumarme el segundo cigarro de la mañana, de pronto recordé algo:

- ¿Sabes que Clara está embarazada?

Su cara de asombro era maravillosa, como una máscara alegre. Nos echamos a reír y recordamos aquel callejón, muchos años atrás, donde las tres juntas jugamos "a papás y mamás" durante todo el verano. Clara era nuestra madre, casi siempre representaba ese papel. Lo que más le gustaba era empujar el carro abandonado de Pryca, llevarnos dentro a mi prima y a mí de un lado a otro, mientras nos regañaba o nos daba abrazos. En cambio nosotras nos limitábamos a dejar que nos cuidara, fingiendo ser unos bebés llorones que pedían a gritos su chupete invisible. 

Mal nacida

Me llamaste mal nacida y yo enmudecí.

Porque atacaste de frente
y al mismo tiempo diste en el blanco.

Nací en pleno invierno y por cesárea,
gracias a las tres vueltas de cordón
que oprimían mi cuello,
que me impedían vivir.

Cuando por fin salí al exterior
el médico descubrió que no era varón.
Cosas de las ecografías de los ochenta:
demasiadas sombras en la entrepierna.

Cada aniversario mi padre recuerda
divertido la cara alucinada del doctor,
sus ojos como platos sobre la mascarilla blanca,
mirándolo mientras me sostenía en brazos.

¡Es una niña! dijo a modo de disculpa.
No pasa nada, contestó mi progenitor
sin poder reprimir las carcajadas.

No pasa nada.

Así que aunque mi alumbramiento
no se desarrolló según lo previsto,
aparentemente todo está bien.

Pero claro.

Tu no sabías esto
cuando me insultaste.
Así que lo siento mucho,
pero tendrás que pensar rápido.

Porque la próxima vez que nos veamos
voy a pedirte explicaciones.

Fiesta de pijamas

Babeaba.
Dormía de lado y babeaba.

Con un pijama lleno de estrellas,
oscurecía la almohada con su saliva.

Me acerqué despacio. Podía ver cientos
de serpientes apareándose en su pelo.

Su boca tenía cerámica suave,
respiraba como si me llamara.

Babeaba.
Dormía junto a mí y babeaba.

Y era como una muerta imposible,
un tesoro de sopor caliente.

Rellena de galaxias y saliva
siempre destinadas a otro.

Con 8 años

Estábamos jugando con las muñecas
a la hora de la muerte junto al sol,
en aquel altillo de cañas y yeso,
cuando de repente me arañaste con rabia,
y quitándome la muñeca me llamaste tonta
por querer quitar los volantes de su ropa.

Y yo, yo, yo,
sonreí muda,
alargué la mano,
y te ofrecí todos los vestidos.

Adolescencia

La saliva del gato en el hombro de la chaqueta.
En el patio de recreo donde reinaban 
los bocadillos y tu boca salvaje.

Nada más me queda de aquella tarde 
donde el río tuvo fiebre bajo mis piernas.

*

Lecciones
largas y onduladas,
duras de masticar.
Teoría mal aplicada
bajo excesivas
cáscaras de saliva.

Así fue nuestra apacible infancia.
Toda aquella cobertura mentolada,
molida lentamente en los cuartos de la tiza.

Viuda


Sigues arrancando botones,
desmenuzando los mendrugos.
Quieres exiliarte del azul de tus venas,
contar el leve crujir de la naftalina.
Y por ello pagarás un precio.

Olvidarás aquellas carreras,
tus pies jóvenes y tersos,
un cuerpo sin rencor
que superaba
ágilmente
todas las tapias.


Sin Terror


Días de tiza
y melocotones suaves,
de cacao en polvo,
trenzas sin uniforme.

Infancia de tirita
y descanso nocturno.

Donde los fantasmas
eran blancos.

O invisibles.


*


Esta atracción es una mejilla nueva.
Sucia y fresca.
Y nosotros como niños
la afrontamos
con juegos de guerra.


Amigo imaginario

Cuando tenía 9 años
podía enfrentar al mar.
Aunque fuera azul oscuro.

Casi negro.

Con luz en la saliva conversaba con él,
los susurros de respuesta rociaban sus pestañas.

Después se sumergía hasta la cintura.
Y con una sola mano lo abarcaba.