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Anhelo

La arcilla suave me emociona.
Como los patos que madrugan.
O la poda oculta de los racimos.

Pero es el hielo que estalla,
ese que con encanto masticas,
el que quieras o no

saldré a buscar.


Sombras


Después del lujo todo vuelve a su sitio.

Se ordena obstinadamente eliminando las curvas.
Y colocando los recuerdos como polígonos.
Rígidos. Inmóviles. Perfectos en su expiración.

Todo volverá tristemente a su lugar.

Si llamamos de nuevo a las sombras,
que rellanarán los cuartos que antes
fueron propiedad única del abrazo.

Sabes muy bien que a esas siluetas danzantes

no les importa que permanezcamos juntos.
Nos rozan levemente los costados con sus
túnicas de nido vacío. Almidón y crujido.

Como nosotros, sombras:

Que se erizan tiernas y macabras
sobre las ruinas de este imperio.

Ajustes


Los días no volverán.

Aunque los conserve 

en salmuera.


Su voz es tibia

y ronronea. 

Habla cerca del oído.


No confío en lo que susurra.


No confío en este espíritu 

que me pide cuentas

con voz propia.

Que pide ajustes.


Quiere que arranque máscaras

y hierva todas las almendras

de tu cara. Que blanquée

y almidone tu piel.


Que amortaje tu figura.


Ajustes.


No quiero una caja de latón

para tus recuerdos, quiero 

un sarcófago. 


No quiero un hoyo de tierra

negra, quiero un mausoleo.


Los días no volverán.

Aunque los conserve 

en formol.


No soy nadie, ni seré nadie.

Pero lo que he visto merece

más.


Tal vez por eso, aunque no

confíe en él, mi espíritu

demanda un entierro justo.


Ajustes.


Un homenaje que represente

todas las luces y las sombras.


Todos los días que fueron.

Todo lo que conservo en sal.

Todas mis voces y las tuyas.


Todo lo que está, 

pero ya no respira.



Ese trigal

Sabes que es real.

Ese trigal que cruzo
bajo la peor nevada.

Hay grajos tenebrosos
que me vigilan.

También las espigas
se doblan dentro
de mi cráneo con
estruendo alucinante.

Y si estiro la mano
para empujarte,
sé que tu también
sientes el frío.

Así que no disimules,
no frunzas el ceño
ni finjas estar horrorizado

y dime de una vez
si sabes salir de aquí.

Soñé con tu pulmones

Estaban dentro del hielo perpetuo.
Muertos en mi congelador.
Mientras dormía los saqué.
Para lavarlos con agua caliente.

Solos tus pulmones y yo.
En el lavadero del patio.
Sobre migas de pan.
Bajo estrellas balbuceantes.

Pero es un sueño y hace frío.
Dentro de poco va a nevar.
Por eso cargo los órganos.
Y los protejo de la noche.

Quiero llevármelos conmigo.
Estrujarlos contra mi boca.
Esconderlos bajo la cama.
Pero tropiezo y caigo de rodillas.

Y tu recuerdo, que no sabe volar,
es arrojado al aire.

El Abandono

La pelota pasó por encima del seto mientras Dama la perseguía, emocionada ante la perspectiva de que su juguete favorito hubiera desaparecido inexplicablemente. Dió un salto y superó los arbustos sin ninguna dificultad. Aunque los vecinos sólo venían en verano, no teníamos muy buena relación. Fundamentalmente por temas relacionados con los desagües. Así que para no añadir más tensión a una relación vecinal deteriorada, seguí a la perra. Quería evitar que causara destrozos durante su persecución. 

Al entrar en el jardín lo primero que vi fue el abandono. La casa estaba cerrada y silenciosa. El césped había sido engullido por la maleza, que crecía formando un colchón de espigas amarillentas. Recorrí el terreno con la vista hasta dar con Dama, que olfateaba el suelo al otro lado de la parcela totalmente inmersa en la búsqueda de su pelota de tenis. 

- ¡Dama, ven aquí! - grité con voz autoritaria. 

De pronto la perra desapareció. Escuché un zambullido y gemidos. Corrí hacia ella, pero tuve que detenerme bruscamente: oculta tras la vegetación había una piscina llena de agua sucia. Dama nadaba cerca del bordillo, moviendo con sus patas restos de hojas secas en proceso de descomposición. La pelota estaba presa entre sus dientes y se movía con soltura, pero le faltaba el impulso necesario para poder superar el bordillo. Entendí que a pesar del esfuerzo no lo conseguiría.

Seguramente lo más sensato hubiera sido acercarme al lado por donde intentaba salir y ayudarla desde arriba, pero sus ojos desorbitados hicieron que entrara en pánico y saltara impulsivamente para rescatarla. El agua oscura me engulló y noté cómo algunas partículas orgánicas rozaban mis mejillas. Estaba muy fría y al sacar la cabeza, un fuerte olor a moho me golpeó la cara. La perra estaba a unos pocos metros y jadeaba fuertemente, pero seguía sin soltar la pelota. Nadé con decisión hasta llegar a su altura.

- Ya está - dije en un susurro mientras la cogía del collar.

Flotamos juntas hasta las escaleras metálicas, situadas en la zona poco profunda. Un cadáver de rana apareció de pronto, seguramente liberado de las ramas que habíamos movido durante nuestro recorrido. Su barriga hinchada nos saludó. Me dio tanto asco que casi ahogo a la perra en mi intento de salir lo más rápidamente posible. Conseguí que pusiera las patas delanteras en los escalones y tras un par de resbalones, salió moviendo la cola.

Una vez fuera sólo se escuchaba nuestra respiración y un murmullo triste de agua escurrida. Yo no dejaba de mirar al pobre anfibio, apretando la mandíbula para controlar la repugnancia que me provocaba. Dama sin embargo, dejó la pelota en el suelo y sacudió su pelaje húmedo totalmente ajena al cadáver. Miró su trofeo y luego a mi. Le devolví la miraba. Cubiertas de marrón y un otoño pasado, en medio de un jardín muerto, hablamos en silencio. Ella quería seguir jugando, yo prefería volver a casa. Pero a pesar de la aventura, ninguna parecía estar disfrutando. Parpadeamos. En nuestras miradas sólo se reflejaba aburrimiento. 

Arrepiéntete

Camina por la casa vacía
con las manos huecas
y un retrato perdido.

Recorre cada estancia
como si cruzases
un páramo oscuro.

Toca sus paredes,
el viejo colchón
ahora frío.

Y recuerda mi cuerpo
abierto como una
ventana de plata.

O.V.N.I.

Lo desconocido brilló.

Flotó en silencio
sobre nuestras caras.

Ajeno a cualquier
acontecimiento.

Era primavera.
Un cielo verde.

Me ocultaba en el seto
sin ropa ni vergüenza.

Junto a un hombre
con el que no podía hablar.

Cobardes

Si viviéramos en otro tiempo,
en los minutos con olor a madera,
tal vez habitaríamos rodeados de árboles.

De lechuzas.
De huellas sobre el barro.
O de una noche de tormenta.

La intemperie sería nuestra amiga.
Podríamos anudarla con correa.

Y salir al bosque.

Con trampas y señuelos,
con varias formas de atrapar fieras.

Subiríamos la colina sin esfuerzo,
escogeríamos un rincón lleno de hojas secas.
O de vegetación espesa.

Abriríamos los dientes del cepo,
todos afilados hacia arriba.

Y volveríamos a casa.

Por la noche haríamos cábalas.
¿Qué animal habremos cazado?
¿Una liebre, un zorro quizás?

Una sonrisa aparecería en la oscuridad.

Pero no somos valientes.
Ni cazamos nada vivo.

Sólo consumimos trozos de carne
de un animal que nunca fue libre.

I still alive

Vestida de gasa blanca
junto los pies en la cama
y me convierto en cadáver.

Podría ser una corteza;
reducirme a un trozo
de cabello, o de cera.

Pero no quiero estar muerta.

Es sólo un juego,
como un ajedrez de mármol.
Pido permiso para tumbarme,
no me pongáis la mortaja.

Por eso

Parad, no limpiéis las vendas,
me gusta el algodón teñido.
Quitad el crepé negro
y las flores de luto.

¡Esperad!

Me convierto en cadáver
pero sigo viva.

No estoy azul,
si quiero puedo moverme.

¿Porqué nadie me mira?
¿Porqué tanta prisa?
¿No os divertís?

¡Esperad! ¡Un momento!

¿No veis que aún respiro?

Un solo disparo

Si viviéramos en el campo y no compráramos carne en bandejas
saldríamos del sendero, caminando hacia los arbustos nevados.
Con el rifle cargado y engrasado como un tubo de metal brillante,
arrodillados en silencio y sin guantes, bajo toneladas de aire azul,
apuntaríamos cuando llegara el momento y sin vacilar
a ese hermoso conejo de ojos negros.

Y rezaríamos en silencio al dios de los agnósticos
para darle en el cráneo de un solo disparo.

*

Todo está en la bañera.

Me he quitado la cáscara
sin que nadie me obligara.
Invito a los anzuelos a mi carne,
trago litros de madrugada en una hora.

Todo está en la bañera.

Las noches hervidas
una y otra vez.
Cada trozo de la armada
que ya no será invencible.

Y todo en la bañera me espera.

Incluso un par de desconocidos
que pastan entre mis recuerdos.

Lago helado

Hundo los pies en medio metro de hielo mientras sale vaho de mi boca. Avanzo lentamente y hace mucho frío, el aire que expulsa mis pulmones se eleva hacia el cielo convertido en una nube blanca. Aunque esté concentrado en asegurar mis pasos sobre la nieve, no puedo dejar de notar que la montaña me observa. Siento cientos de ojos invisibles sobre mí. Pupilas fijas posadas en las ramas de los árboles, miradas sin párpado que me vigilan desde el suelo. Pero a pesar de su muda amenaza continúo adelante. Sé que tras la siguiente colina aparecerá el lago.

Hay un lago helado. Un remanso de nieve y silencio, donde el azul y el hielo son los reyes absolutos. Nadie se acerca por allí, sólo los pájaros y sus nidos, algún zorro, alguna perdiz, alguna liebre. Los árboles son oscuros y viven inmóviles, a la espera del cielo y sus tormentas nocturnas.

Y en ese lago congelado me aguarda alguien. O algo. Un muerto. Hay un muerto en aquel lugar. Un hombre sin vida, congelado, que ahora descansa bajo las aguas sólidas. Que lleva meses llamándome. Susurra en mi oído por las noches, pidiéndome que vaya a por él, que lo saque de allí. Al principio era una silueta gris, que se aproximaba silenciosa mientras dormía. Aunque le hablaba no me respondía, simplemente se quedaba allí, mirándome sin ojos, esperando. Pero poco a poco se fue adentrando en mi mente. Aprovechaba las horas de sueño profundo para hablarme. Con una boca sin voz se acercaba lentamente. Me pedía que fuera al lago, que lo rescatara de aquella tumba. Su presencia era grave, muy lejana, como si se tratara de un reflejo o existiera solo en parte. Me susurraba que no podía tardar, que me esperaba. Que aquella montaña era una trampa.

Por eso camino sobre la nieve, para intentar rescatarlo del olvido. Sólo lo recuerdan los buitres que volaron sobre su cuerpo y el lago que lo custodia. Eso me parece tan triste que no puedo ignorarlo. Así que hundo mis pies en el hielo, lucho contra los peligros del invierno para que se venga conmigo. Mientras asciendo la última cuesta oigo un murmullo. Un ruido casi imperceptible, como un montón de nieve cayendo de una rama. O un cuervo volando en la lejanía. Me detengo a escuchar. Nada. Sin embargo la sensación de sentirme vigilado se agudiza. Cada vez más, presiento que me adentro en un lugar peligroso. Como si todo lo que me rodea estuviera conspirando contra mí, como si la montaña y su lago helado fueran un cepo oculto. Reanudo mi marcha con cautela, dispuesto a llevar a cabo cuanto antes mi propósito. 

Alcanzo el final de la colina y el lago aparece ante mí. Una laguna pequeña, de un color azul oscuro, rodeada por abetos verticales, muy agrupados entre sí. Ver los árboles tan juntos rodeando el agua me da la sensación de encontrarme frente a un pozo, un agujero más que un lago. Al descender hacia él siento miedo. Tanto silencio es inquietante. Nada cruje, nada se mueve. Es como una tumba, la cámara oculta donde la vida se suspende. Y todo sigue mirándome. El lago helado me observa fijamente, así como los abetos y la nieve. Sospechan de mí, saben que vengo a por él.

Lleno mi pecho de aire frío y me acerco lentamente al borde. Me asomo a sus aguas rígidas. Todo está quieto ahí abajo. Abro la boca y susurro... "¿Estás ahí? ¿Estás ahí abajo?" Aguardo un momento, pero no hay respuesta. "¿Hola? He escuchado tu petición, he venido a por ti ¿El lago te tiene preso?" Nada. Silencio sepulcral. Me acerco un poco más a la superficie del agua "¿Me oyes? ¿Puedes oírme?"

Oigo de nuevo el murmullo tras de mí. Al girarme veo una mano que me empuja. Una mano helada, azul, con unas espantosas uñas negras, como podridas. Pero no puedo ver nada más, porque caigo al lago. El hielo se quiebra casi sin hacer ruido y me traga antes de que pueda gritar. Las aguas me abrazan, me hunden pesadamente. Miles de agujas heladas pinchan mi carne, hace tanto frío que apenas puedo moverme. Antes de perder el conocimiento miro hacia arriba y veo una silueta sobre la superficie que me resulta vagamente familiar. Y una voz muy parecida a la mía susurra sobre el agua "¿Estás ahí? ¿Estás ahí abajo?" y lo último que pienso es que necesito que me saque de aquí. Buscaré la forma de que me rescate de esta tumba de hielo.

        

Incisivo

Estoy en una cueva.
No importa mucho por qué.
Y en el rincón hay un colmillo.
Un incisivo blanco y afilado.
Sin muescas ni fisuras.

Al cogerlo sigue frío.
No le importa que lo apriete.
Que me lo acerque a la yugular.
Y que intente hundirlo en mi cuello.
Con un breve gesto arrebatado.

Asiste indiferente a mi simulacro.
Como un objeto ya separado.
De aquel abismo dentado.
Y hambriento de carne.
Que un día me mordió.

Es bella la vida

no hay nada tan hermoso como ver tu juventud envuelta en llamas,
ver salir a la víbora entre las sombras que proyecta el cuerpo,
asumiendo resignado las facturas y la puñalada del loco,
de aquel al que llamamos líder con la boca pequeña

es bella la vida

por eso la saboreamos convencidos de su eficacia,
oyendo su respiración dentro del refugio que no tendremos,
notando la ceniza fría en los colmillos,
en los tenedores en esta ensalada repleta de piedras
donde se nos hunden los dientes.

Caso clínico

Mientras tenga estómago ingeriré todo tipo de analgésicos.
Miraré fijamente el fondo del vaso, alcoholizaré al halcón.
Porque si mi Pasión (si, Pasión) es un caso clínico
tal vez vale la pena tirarse a los pozos sin agua.

Taponar tu boca con litros de rechazo,
hacer gemir el coche al borde del acantilado,
sacar el algodón pegajoso de las marionetas,
o pasearme desnuda por los váteres
mientras tus amigos juegan al fútbol.

O también puede que me humille
en tu boda, tocándome
suavemente la vulva
en la pista de baile.
Porque si soy un
caso clínico,
quiero dar
más asco
todavía.

Aúllo en la carretera

El que tiene por oficio trocear las reses muertas
no conoce las ventajas de no estar vivo.
Todavía no sospecha que deseo
pudrirme apasionadamente,
que rechazo el cauterio de la carne.

No quiero mirlos blancos
ni desayunar un día más.

El que tiene por oficio trocear las reses muertas
no sabe que proyecto cine mudo en mis parpados:
la noche estira su fosforescencia
y llevo una máscara cosida a la cara
mientras aúllo sobre kilos de nieve.

El que trabaja troceando reses muertas
posiblemente leerá en la autopsia
que me lancé bajo un trailer
procedente de un matadero
industrial de aves.

Perdices

Mañana saldremos temprano,
nos levantaremos sin legañas,
cargando escopetas de perdigón dorado,
directos a la ciénaga, directos al invierno.
Y correremos entre olivos azules y niebla espesa
solo por ellas, para ver un instante sus alas crujientes,
la promesa de un cuerpo ligero que bombea sangre,
que huye para no caer muerto a nuestros pies.
Mañana nos levantaremos al alba,
y cazaremos como dementes
expulsando lana y vaho
como si todavía
estuviéramos
vivos.

Pescadora

Si te digo que puedo devolverte la vida,
aunque saltes desde la cubierta,
con los brazos abiertos y arpones como dientes.

¿Qué contestarás?

*


Compraré esa cabaña junto al mar.

Un reino con tablas de madera
y el embarcadero siempre húmedo.

Salitre blanco en escamas,
tardes de pesca y arenques.

Y guardaré las provisiones
en un arcón congelador.

Junto con nuestras almas,
rígidas como ángeles caídos.