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Anhelo

La arcilla suave me emociona.
Como los patos que madrugan.
O la poda oculta de los racimos.

Pero es el hielo que estalla,
ese que con encanto masticas,
el que quieras o no

saldré a buscar.


*

Tu boca en mi boca
me recuerda a un bloque

de tofu.

Formas un rectángulo
donde debería haber aire.

Puro buitre

El invierno es
puro buitre.

Oigo que el cielo
va a derrumbarse

por fin.

Me siento en el
banco del parque,

cabeceo.

Estar despierta
es complicado.

Pero quiero
ver la fisura,

ser la primera.

Mientras espero
siento frío.

No viene nadie.

Un solo disparo

Si viviéramos en el campo y no compráramos carne en bandejas
saldríamos del sendero, caminando hacia los arbustos nevados.
Con el rifle cargado y engrasado como un tubo de metal brillante,
arrodillados en silencio y sin guantes, bajo toneladas de aire azul,
apuntaríamos cuando llegara el momento y sin vacilar
a ese hermoso conejo de ojos negros.

Y rezaríamos en silencio al dios de los agnósticos
para darle en el cráneo de un solo disparo.

Lago helado

Hundo los pies en medio metro de hielo mientras sale vaho de mi boca. Avanzo lentamente y hace mucho frío, el aire que expulsa mis pulmones se eleva hacia el cielo convertido en una nube blanca. Aunque esté concentrado en asegurar mis pasos sobre la nieve, no puedo dejar de notar que la montaña me observa. Siento cientos de ojos invisibles sobre mí. Pupilas fijas posadas en las ramas de los árboles, miradas sin párpado que me vigilan desde el suelo. Pero a pesar de su muda amenaza continúo adelante. Sé que tras la siguiente colina aparecerá el lago.

Hay un lago helado. Un remanso de nieve y silencio, donde el azul y el hielo son los reyes absolutos. Nadie se acerca por allí, sólo los pájaros y sus nidos, algún zorro, alguna perdiz, alguna liebre. Los árboles son oscuros y viven inmóviles, a la espera del cielo y sus tormentas nocturnas.

Y en ese lago congelado me aguarda alguien. O algo. Un muerto. Hay un muerto en aquel lugar. Un hombre sin vida, congelado, que ahora descansa bajo las aguas sólidas. Que lleva meses llamándome. Susurra en mi oído por las noches, pidiéndome que vaya a por él, que lo saque de allí. Al principio era una silueta gris, que se aproximaba silenciosa mientras dormía. Aunque le hablaba no me respondía, simplemente se quedaba allí, mirándome sin ojos, esperando. Pero poco a poco se fue adentrando en mi mente. Aprovechaba las horas de sueño profundo para hablarme. Con una boca sin voz se acercaba lentamente. Me pedía que fuera al lago, que lo rescatara de aquella tumba. Su presencia era grave, muy lejana, como si se tratara de un reflejo o existiera solo en parte. Me susurraba que no podía tardar, que me esperaba. Que aquella montaña era una trampa.

Por eso camino sobre la nieve, para intentar rescatarlo del olvido. Sólo lo recuerdan los buitres que volaron sobre su cuerpo y el lago que lo custodia. Eso me parece tan triste que no puedo ignorarlo. Así que hundo mis pies en el hielo, lucho contra los peligros del invierno para que se venga conmigo. Mientras asciendo la última cuesta oigo un murmullo. Un ruido casi imperceptible, como un montón de nieve cayendo de una rama. O un cuervo volando en la lejanía. Me detengo a escuchar. Nada. Sin embargo la sensación de sentirme vigilado se agudiza. Cada vez más, presiento que me adentro en un lugar peligroso. Como si todo lo que me rodea estuviera conspirando contra mí, como si la montaña y su lago helado fueran un cepo oculto. Reanudo mi marcha con cautela, dispuesto a llevar a cabo cuanto antes mi propósito. 

Alcanzo el final de la colina y el lago aparece ante mí. Una laguna pequeña, de un color azul oscuro, rodeada por abetos verticales, muy agrupados entre sí. Ver los árboles tan juntos rodeando el agua me da la sensación de encontrarme frente a un pozo, un agujero más que un lago. Al descender hacia él siento miedo. Tanto silencio es inquietante. Nada cruje, nada se mueve. Es como una tumba, la cámara oculta donde la vida se suspende. Y todo sigue mirándome. El lago helado me observa fijamente, así como los abetos y la nieve. Sospechan de mí, saben que vengo a por él.

Lleno mi pecho de aire frío y me acerco lentamente al borde. Me asomo a sus aguas rígidas. Todo está quieto ahí abajo. Abro la boca y susurro... "¿Estás ahí? ¿Estás ahí abajo?" Aguardo un momento, pero no hay respuesta. "¿Hola? He escuchado tu petición, he venido a por ti ¿El lago te tiene preso?" Nada. Silencio sepulcral. Me acerco un poco más a la superficie del agua "¿Me oyes? ¿Puedes oírme?"

Oigo de nuevo el murmullo tras de mí. Al girarme veo una mano que me empuja. Una mano helada, azul, con unas espantosas uñas negras, como podridas. Pero no puedo ver nada más, porque caigo al lago. El hielo se quiebra casi sin hacer ruido y me traga antes de que pueda gritar. Las aguas me abrazan, me hunden pesadamente. Miles de agujas heladas pinchan mi carne, hace tanto frío que apenas puedo moverme. Antes de perder el conocimiento miro hacia arriba y veo una silueta sobre la superficie que me resulta vagamente familiar. Y una voz muy parecida a la mía susurra sobre el agua "¿Estás ahí? ¿Estás ahí abajo?" y lo último que pienso es que necesito que me saque de aquí. Buscaré la forma de que me rescate de esta tumba de hielo.

        

Aúllo en la carretera

El que tiene por oficio trocear las reses muertas
no conoce las ventajas de no estar vivo.
Todavía no sospecha que deseo
pudrirme apasionadamente,
que rechazo el cauterio de la carne.

No quiero mirlos blancos
ni desayunar un día más.

El que tiene por oficio trocear las reses muertas
no sabe que proyecto cine mudo en mis parpados:
la noche estira su fosforescencia
y llevo una máscara cosida a la cara
mientras aúllo sobre kilos de nieve.

El que trabaja troceando reses muertas
posiblemente leerá en la autopsia
que me lancé bajo un trailer
procedente de un matadero
industrial de aves.

Estrellas Blancas

Salgo al patio.
Me siento fuera.
Bajo estrellas blancas.
Rellenas de hidrógeno y helio.
Como Sirio, Altair, Fomalhaut.
Estrellas suspendidas en el vacío.
Mientras muerdo con los dientes llenos.
Una naranja de piel lisa y carne dulce.
Un bocado de gases helados.
Metales ionizados.
Y pienso en ti.

Carrera temprana


Una mañana de febrero
cruzaste la calle
corriendo
jadeando.

La coleta flexible de lado a lado.
La piel tersa, sudor y escarcha.

Una nube circular de vaho
te acariciaba rítmicamente la cara.

Mientras despedazabas el frío
en tu carrera contra el tiempo.


*

Dormido eres redondo. Latente.
Veo mariposas de armiño en tu cara.

El invierno no te horada la voz
ni los adornos de tu nuez.

Respiras vapores de bellotas suaves,
eres preámbulo de lóbulos y ondas.

Del amanecer que será despedazado.

*

Las falanges se congelan
como la piel carnosa del nenúfar.

Cilindros azul y violeta,
tallos humanos palpitando.

La belleza terrible del cristal
hace triunfar al hielo y la mueca.

*

Hermoso como cristales de escarcha
me quiebras en dos la palabra.

Auroras boreales en los ojos
completan de abetos tu mirada.

Y una avalancha de nieve
me sofoca de asombro la cara.