Mostrando entradas con la etiqueta mini relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mini relatos. Mostrar todas las entradas

Tan impulsiva (homenaje a E. Hemingway)

He empezado a escribir un nuevo libro de relatos. Quiero que sea pequeño, que cuente cosas sin decir lo más importante. Será difícil. Me gustaría que fuera como una cortina que se abre para descubrir al lector, sólo durante un instante, escenas cotidianas y reconocibles para todos. Algunas alegres, otras tristes, o brutales. Como la vida, supongo. Todavía no tiene título. Este es el primer cuento, uno de los más amables.

   Sucedió un fin de semana de finales de octubre, justo después del desayuno. La mañana tenía esa luz dorada que pone nostálgico si le prestas demasiada atención. Abel se llevó las tazas a la cocina. Dejé que la pereza del domingo se tumbara sobre mí como un enorme gato persa y me recosté en la silla mirando hacia la ventana. Al poco volvió para sentarse frente al cristal. Lió un cigarro y se lo llevó perezosamente a la boca. Vi como una nube blanca se expandía sobre su cabeza, para romperse a continuación en pequeños jirones de luz oblicua. Los mechones de pelo saltaban a su alrededor como una cesta de culebras, finos reptiles que buscan el calor del sol alzando sus cabezas. Entonces el pensamiento cruzó mi mente y levanté las cejas de pura sorpresa.

- ¿Cuánto hace que no te cortas el pelo? – le pregunté.

   Llevaba un rapado más o menos a la moda, pero había perdido algo de forma, de modo que ahora intentaba peinarlo hacia un lado. Lo cierto es que el resultado era un tanto desaliñado, casi bohemio, ya que no podía evitar que unos mechones le cayeran sobre la frente. Era castaño claro, mucho más brillante que el mío. Me miró con los ojos entrecerrados mientras expulsaba la segunda bocanada de humo.

- No sé. Un par de meses, creo.
- Te queda bien, me gusta. ¿Vas a dejarlo crecer?
- Siempre lo corto cuando empieza a molestarme, o me hace cosquillas en la nuca.

   Me levanté para sentarme a su lado. Estiré la goma que me recogía el pelo, liberando una melena llena de caracoles de un castaño oscuro, casi negro. Abel me miró sin comprender.

- He tenido una idea, pero me da un poco de vergüenza.
- Cuéntamela.
- Te vas a reír de mí.
- No es verdad.
- No sé…
- Va, dímelo. 
- ¿Y si me corto el pelo como tú?

   Tocó los caracoles con el ceño fruncido.

- ¿Por qué quieres hacer eso? Me gusta así.
- De ese modo llevaríamos el mismo peinado.
- Pero tú melena es muy bonita, sería una pena.
- Una vez, cuando era pequeña, cogí piojos. Mi madre tuvo que cortármelo justo por debajo de las orejas, de tantas liendres que tenía. Me quedaba bastante bien.

   Me acerqué y le robé el cigarro. Mientras le daba una calada, Abel sonrió con picardía y susurró en mi oído uno de nuestros secretos. 

- Vale, pero luego – le devolví el cigarro.
- No sé qué decirte. Si quieres hacerlo, hazlo.
- Creo que me dará un aire muy moderno.
- ¿Tú crees? Si nos ven juntos pensarán que queremos llamar la atención.
- No se darán cuenta – afirmé recogiéndome nuevamente el pelo –, será otro de nuestros secretos.
- Tal vez quede un poco raro.
- No para nosotros.
-  Pero sí para nuestros amigos.
- ¿Y qué más da?
- Eso es verdad, ¿quiénes son los demás?
- Nadie.
- Nadie.
- Piénsalo un poco, ¡nos lo pasaremos tan bien! 
- Te veo entusiasmada.
- ¡Porque es una gran idea!
- Estás como una cabra – rió.

   En la esquina de nuestra calle había una barbería. Un pequeño local regentado por uno de esos peluqueros que parecen salidos del siglo XIX, con el pelo completamente domesticado a base de rapados y brillantina. Absolutamente moderno. Su bigote se estiró en una sonrisa entusiasmada cuando le expliqué mis intenciones. Me dijo que al principio quedaría un poco desigual, y que debía tener paciencia. Pero que si confiaba en él, conseguiría el corte que estaba buscando.

   Al día siguiente entré en casa con mi nuevo peinado. Ahora estaba a la misma altura que el de Abel. Lancé las llaves al cenicero de la mesa y me planté frente a él con los brazos en jarras. Entonces vivíamos en un apartamento con grandes ventanas y una luz como las tostadas bañadas en jalea. Nos divertía mucho tener pequeños secretos susurrados, y ser deliberadamente simples. Obteníamos placer haciendo cosas absurdas. Nos hacía sentir diferentes, un poco marginados, casi condenados a la incomprensión. En la casa de las ventanas gigantes vivimos esa felicidad tan misteriosa y secreta que aparece sin ser invitada. Como los mecanismos por los cuales la levadura fermenta y hace crecer la masa cruda. Una situación que podría resumirse en una suma, pero que al mismo tiempo puede convertirse rápidamente en una resta. Especialmente si intentas controlarla. Y la mayoría de personas que conozco intentan precisamente eso, amoldarla a lo que debería ser. Entonces la fórmula de la fermentación puede transformarse rápidamente en una bomba atómica. Pero por aquel entonces nosotros todavía no habíamos aprendido todo eso. Vivíamos ignorantes y la levadura crecía ajena a cavilaciones, siempre bajo una luz dorada.

- Tócamelo.

   Me rodeó con un brazo y noté nuestros corazones palpitando a través de los jerséis. Levantó la mano y me tocó la nuca rapada con las puntas de los dedos, que temblaban ligeramente.

- ¡No tengas miedo! ¡Despéinalo!
- Espera – subió las yemas hacia la coronilla.
- ¿Me queda bien? No sé si ha sido una buena idea.
- Es algo nuevo.
-  Lo sé, es muy diferente.
- Creo que me gusta.
- ¿De verdad?
- ¡Eres muy impulsiva! –me despeinó con ambas manos.    

   Entonces nos miramos y reímos con las caras pegadas. Durante un instante, tal vez una fracción de segundo, sentimos que la existencia se volvía particularmente intensa. Igual que cuando estás comiéndote un bistec de carne, un corte sanguinolento que se deshace en la boca, y de repente masticas una piedra de sal que consigue expandir e intensificar ese sabor por todo el paladar. Dejé que deslizara las manos dentro de mi pelo y entonces fui yo la que dije en voz baja otro de nuestros secretos. Él respondió sonriendo:

- Pero mucho más.
- Sí.
- ¿Te arrepientes de habértelo cortado?
- ¡Para nada! Así nos parecemos.
- Es cierto. ¿Eso no te asusta?
- Un poco... se siente raro.
- Ya. Pero es lo que querías, ¿no?
- Es divertido.
- Entonces está decidido, vamos a llevar el mismo pelo.
- ¿Estás seguro?
- Completamente.
- Dices eso porque no quieres herirme.
- No. Es porque te estoy viendo y me gusta.

   Me empujó sobre el sofá para tenerme debajo. Algunos de sus mechones delanteros rozaron mi frente cuando se tumbó sobre mí. Ahora que me había deshecho de tantos rizos sentía la cabeza más ligera. Noté el tacto de los cojines en la base del cráneo y me extrañó que la piel de esa zona fuera tan sensible. Después continuamos hablando, y le pregunté:

- ¿No echarás de menos la melena?
- Un poco, porque era muy bonita. Pero me gusta cuando haces estas cosas, cuando te entusiasmas y haces tonterías.
- Me quedaba mejor largo.
- Así también estás guapa.
- Puedo dejarlo crecer de nuevo.
- No lo hagas, la próxima vez deja que te lo corte yo.
- ¿De verdad?
- Me hace ilusión.
- ¿Sabes hacerlo?
- Tengo una maquinilla.
- ¿Y lo cortarás aunque se rían de nosotros?
- Nadie se va a burlar.
- No es verdad, lo dijiste ayer: cuando nos vean juntos se van a reír.
- Pero eso ahora ya no importa.
- Tienes razón, porque está hecho.
- Exacto. 

   Ambos teníamos el pelo recién lavado, yo por venir del barbero y él porque esa tarde había ido a entrenar. Por detrás nos quedaba un par de centímetros por encima del cuello del jersey. El suyo era de lana azul oscuro, con un aire marinero, y subrayaba su nuca rapada como un pequeño horizonte de agua. Llevó la mano a mi nuevo cabello sedoso y redondo y susurró el último secreto. Aquel otoño ese fue uno de nuestros placeres.

Somos todos unos mentirosos

Por encima de todo, hay que contarlo tal y como fue. Lo digo de entrada porque al hablar sobre un recuerdo, y mucho más al escribirlo, aparece la voluntad de mejorar los hechos. Una fuerza invisible que te empuja, Dios sabrá por qué, a alterar algunos adjetivos, algún verbo, para darle el empaque que merece. O que crees que debería tener. Por eso dicen que los escritores somos todos unos mentirosos, aunque contemos algo que hemos experimentado en nuestras carnes. 

Ya sabes: estás ahí apretando los puños, arrugando sin darte cuenta tus entradas de la fila uno, la dos como mucho, sintiendo los golpes que te da la vida en primera persona. De primera mano. Todas esas gotas de sudor, de saliva, impactando microscópicamente en tus mejillas. En fin, supongo que te haces una idea: todo el drama; en alta resolución. Un espectáculo desplegado en tu honor, los rótulos luminosos con tu nombre y apellidos. Pues eso: resulta prácticamente imposible no dejarse llevar por el arrebato.Y no lo digo como excusa, que conste. A fin de cuentas, el ser humano es débil, un mamífero atrapado por sus apetencias, sea o no escritor. 

Pero en esta ocasión no será así: voy a ser parca, iluminaré sólo lo que realmente sucedió. Por una vez no hace falta colgar guirnaldas. Porque fue tremendo. Aunque no novedoso. Quiero decir que no fue nada diferente, algo que no le haya pasado a fulanita o menganita antes. Pero aquí lo importante es que por una vez, la protagonista fui yo. No me lo contaron, ni le sucedió a mi colega. Me eligieron a mí como pareja, la reina del bailecito de las hormonas. O del amor. Quién o qué me escogió es otro tema.

Pues bueno, empiezo. Son las once y veintitrés. El 27 de octubre de 2016, un día cualquiera. Y voy bajando la calle Colón con una bolsita de Vodafone. Vengo que cantarle las cuarenta al empleado de turno, porque la mega compañía para la que trabaja por un salario irrisorio me ha cobrado un paquete de datos de internet que nunca contraté. No me costó mucho conseguir el reembolso, así que me dirijo hacia la Plaza del Ayuntamiento con el ánimo por las nubes. Sí señor. Por una vez se ha hecho justicia. No importa que sólo sean 43,20 euros. Tenían que devolvérmelos, son míos. Punto pelota.

El caso es que llego a la esquina y lo veo cruzar la calle, pero incluso antes, en la acera de enfrente, ya había hecho tambalearse el mito de James Dean, quien los años cincuenta se postulaba como el gamberro atormentado por excelencia. Javi, poderoso y ligero, pisa el asfalto con paso recto y despistado. En aquel momento no sabía su nombre, pero seguí su trayectoria hasta el último instante, y me hubiera encantado llevar minifalda, o un escote descomunal. O tener superpoderes, como esos que te permiten lanzar telas de araña y dejar suspendido al pringado de turno en el rincón que más te apetezca. Yo que sé, poder retenerlo de una puñetera vez, aunque al mismo tiempo tuviera la certeza interna de que conseguiría zafarse de mi nudo con una agilidad pasmosa, y volvería a caminar de nuevo por caminos que nunca serían los míos.

Cruzarme con La Visión de repente con la guardia baja, me molestó. Porque mi ánimo, hasta ese momento optimista y triunfador, mutó en un silencio lúgubre que no admitía discusión. Y así siguió hasta ahora, que me veo como en aquel entonces torturada por su pensamiento. No entraré en detalles, así es cuando te enamoras. Cuando te enamoras de verdad, hasta las trancas, nada que ver con los tonteos aquí y allá. Sobra decir que lo seguí sin dudar. Cambié mi rumbo y la Plaza del Ayuntamiento, los planes de entrar el la Filmoteca, se pulverizaron convirtiéndose en un puñado de polvo que se llevó el viento. Ningún rastro quedó de mi amada voluntad propia. Adiós al libre albedrío. Ciao baby. Como una Eva invertida, la visión de ese sujeto anuló para siempre las coordenadas que introducía desde el inicio de mi edad adulta en los comandos de mi vida para transformarme en una masa anhelante, en un gatito fofo y demandante. Porque mi corazón hacía miau, miau. Mis entrañas maullaban mientras la mujer que había sido hasta entonces decía adiós al Paraíso. Y hola al dolor, al deseo insaciable de querer siempre más. 

Sé que suena exagerado, que al contarlo así no parece más que un destello, un arrebato transitorio producido por la visión de un hombre guapo. De un tipo atractivo. Pero no, ya he dicho que aquí no hay adornos, no hay ficción. Desde el primer momento yo me consumía muda, iba devanándome los sesos sólo con verlo aparecer en escena. Algo inaudito, teniendo en cuenta mi carácter. 

No lo alargaré mucho más. Mientras espiaba su espalda a una distancia prudencial vi que se sentaba en un café junto a Santos Juanes y pedía un quinto. Nada del otro mundo, claro. Pero bueno, lo importante es que en aquel momento tomé la decisión que se reveló después como de una inteligencia y sensatez impresionantes. Hice lo que haría cualquier mujer que tuviera el corazón en sus manos: me senté en la mesa de al lado. Pues claro, pensareis, era de esperar. Sí, es verdad. Era previsible. Pero insisto: aquí nadie ha dicho que esta historia tenga nada de especial, ya avisé que no ibais a leer algo fantástico, ni que os iba a sorprender con un giro dramático. Todo tiene más bien ese tufillo a col hervida, a cosas cotidianas y penosas, como que una pervertida de andar por casa tenga una pulsión y se ponga a seguir a un completo desconocido por el centro de la ciudad. 

A lo mejor os parece inquietante, o ridículo, imaginarme allí sentada pidiendo un café, o una Fanta de naranja, o cualquier cosa que en ese momento mi cerebro embotado escogiera al azar. Pero eso fue justamente lo que hice. Y con mi pedido sobre la mesa me dispuse a espiarlo por el rabillo del ojo. Qué triste, ¿no?, diréis. Pues vale, me da igual. Sinceramente, me la sudan un poco vuestras opiniones, porque nacen de la ignorancia. Vosotros no conocéis a Javi y todo su mundo tremendo y denso y alucinante. Ese hombre está hecho de otra pasta, es de otro planeta. Es una sorpresa hecha carne, el Amor hecho Verbo. Recalco: un tío de Primera División. Y con un simple vistazo yo lo había descubierto, posiblemente mucho antes que otras petardas que se hayan cruzado con él en el pasado. Así que no juzguéis tan rápidamente.

Vale, no me pondré macarra porque estáis teniendo mucha paciencia. Dejadme contar el final, que es lo mejor. Le daba pequeños sorbos al botellín mientras su mirada recorría distraídamente la avenida, los transeúntes, el tráfico. Y yo sudaba, tenía escalofríos, sufría horrores en aquella postura petrificada, sin poder ni siquiera estirar el brazo para coger la Fanta, o lo que hubiera pedido. Estaba jodida. Pero Javi permanecía ajeno a mi lucha y eso, a mis ojos, hacía de él un hombre todavía superior. Más cool que cualquier moderno que baila swing en el Magacine. Me acuerdo de ese momento. Ya era mediodía y el sol bañaba las fachadas de los edificios con amabilidad, se oían las risas de una tendera a lo lejos y el frío era una sensación anecdótica, teniendo en cuenta las fechas en las que estábamos. A partir de entonces, siempre que el sol está en lo más alto espero una respuesta de mi misma, o de alguien. De algo. Todos los días. Y nunca llega, porque a partir de cierta edad asumes que hay más preguntas que respuestas. Y que es esa desproporción inexorable la que produce toda la decadencia que habita la existencia de todo y de todos. Se conoce que es así.

Ya termino. Javi estaba finiquitando su cerveza y lo único que había hecho era girarme un par de veces en su dirección. No hacía más que esperar, sin saber muy bien el qué. Y aquí voy a dejar algo claro, voy a decirlo aunque me cueste (soy una mujer orgullosa): me sentía así porque comprendí con una fuerza y claridad rotundas que yo debía estar con aquel hombre. Que estaría con él y que toda la infinita gama de sensaciones de las que tanto hablan los grandes genios iban a sucederse en mí con inexorable precisión, con una lentitud quirúrgica. Para luego, after Javi, ser otra persona totalmente diferente. No mejor, ni más sabia. Simplemente, otra. 

Ahora si, el clímax. "Tal vez la mejor idea, en vez fingir que no nos hemos quedado alucinados al encontrarnos, sea sentarnos juntos, ¿qué me dices?" ¡Esa era la frase!¡Justo lo necesario para accionar la palanca, para alinear los astros! Sé que estáis pensando que la dije yo, que durante mi espera angustiosa había encontrado la invitación perfecta y que en un arranque de valentía y desparpajo se la había soltado. Pero no. Ese regalo, el instante divino, el Golpe de Suerte, lo dijo él. El Hombre. 

Aquí lo dejo. El flirteo y las citas, el sexo y el amor terrible, las bromas y las broncas, el ascenso y la caída, no los voy a contar. Hablar del dolor sin envoltorio no interesa, ya lo conocéis de sobra. Y el resto es literatura.

El formulario extraviado y unos árboles perfectos

Estamos sentados en lo que todo el mundo se empeña en llamar "comedor", que no es más que una sala con mesas de formica y un microondas. Es la hora de comer, el momento de evadirse y descansar la mente tras una mañana saturada de trabajo. La fiambrera de hoy lleva arroz con verduras y un trozo de pechuga frío, que intento mejorar con un poco de sal. Todos comemos en silencio, mientras fuera el viento mece un grupo de árboles. Sus copas son altas y frondosas, es una escena bonita. Las hojas tiemblan por centenas, generando un flujo voluble, sensual y orgánico que nada tiene que ver con nuestro universo de formas geométricas y ángulos rectos.

De pronto, la puerta de cristal se abre y entra una mujer con cara de agobio. No debe de tener más de treinta y cinco años. Se detiene en la entrada, y extendiendo las manos hacia nosotros pregunta casi gritando:

- ¿¡¿¡Sabéis quién es el encargado del formulario CELO-030!?!? -sus ojos barren la sala, nos escrutan rápidamente.

Silencio absoluto. Un becario se gira hacia una mesa, por si acaso allí alguien sabe algo. Pero no. Nadie sabe nada. No tenemos ni idea. Alzo los hombros para resaltar mi ignorancia: ni siquiera sé de qué formulario habla.

- ¡Es importante averiguarlo! - levanta las manos al techo - ¡Todo depende del CELO-030!

Una chica vestida con una adorable falda plisada intenta ayudarle:

- ¿Has preguntado en el archivo? -dice con voz dulce.
-¿¡El archivo!? -la mujer frunce el ceño impaciente- ¡El documento está en fase 4! ¡Todavía no ha llegado allí!
- Ah... - la pobre muchacha baja la cabeza hacia su taper de macarrones con queso y sigue comiendo, un poco ofendida por el tono de la mujer- No lo sabía...

Como es evidente que nadie sabe de qué formulario nos habla, un hombre con corbata azul intenta zanjar al tema:

- Lo siento, pero creo que esos documentos los lleva otro departamento - interpela a la mujer conciliador, con esa sonrisa profesional que adquieren los que llevan años tratando este tipo de problemas. 

Al mirarlo siento admiración de forma automática: por fin alguien con aplomo para introducir un poco de cordura en esta situación tan absurda. Se nota que está más que acostumbrado a bregar con documentos extraviados y funcionarios que no saben cosas, como quién se encarga de qué. Pero la mujer no se amedrenta.

- No - dice de forma tajante - el CELO-030 lo lleva alguien de este piso. De finanzas.
- ¿Estás segura? - le responde sin dejar de sonreír, limitándose a levantar levemente las cejas - Hace meses que no veo un documento de esos por aquí.
- ¡Claro que estoy segura! - la mujer vuelve a alzar el tono - ¡Alguien debe tenerlo!

El hombre se limita a negar levemente, dándole a entender que no tiene sentido ponerse así, que ya aparecerá. Sin dejar de sonreír, vuelve a su comida. La mujer nos lanza una última mirada llena de odio. Un odio sincero, fresco, que vibra sobre nuestras cabezas como una ráfaga de uranio.

- ¡¡¡Sois una panda de incompetentes!!! - sale del comedor a toda prisa.

La puerta de cristal se cierra lentamente tras ella, casi sin hacer ruido. De forma instantánea el ambiente se distiende y todos volvemos a nuestros asuntos. El grupo de la mesa del fondo critica en voz baja a la mujer diciendo que no tiene sentido ponerse así por un CELO, porque en la fase 7 se duplica y es más fácil encontrarlo. Mientras mastico un trozo de pollo salado miro de nuevo hacia afuera. Los árboles siguen meciéndose elegantemente, cambiando de color y de forma una y otra vez. Siempre iguales, siempre diferentes. 

Cuando recojo mis cosas dispuesta a volver al trabajo, descubro que el hombre de la corbata azul sigue sonriendo. Pero esta vez lo hace mirando por la ventana, disfrutando él también del viento que no siente, de los árboles en movimiento. De todo lo que, aunque lejos e inalcanzable, sigue sucediendo allá afuera.

El Abandono

La pelota pasó por encima del seto mientras Dama la perseguía, emocionada ante la perspectiva de que su juguete favorito hubiera desaparecido inexplicablemente. Dió un salto y superó los arbustos sin ninguna dificultad. Aunque los vecinos sólo venían en verano, no teníamos muy buena relación. Fundamentalmente por temas relacionados con los desagües. Así que para no añadir más tensión a una relación vecinal deteriorada, seguí a la perra. Quería evitar que causara destrozos durante su persecución. 

Al entrar en el jardín lo primero que vi fue el abandono. La casa estaba cerrada y silenciosa. El césped había sido engullido por la maleza, que crecía formando un colchón de espigas amarillentas. Recorrí el terreno con la vista hasta dar con Dama, que olfateaba el suelo al otro lado de la parcela totalmente inmersa en la búsqueda de su pelota de tenis. 

- ¡Dama, ven aquí! - grité con voz autoritaria. 

De pronto la perra desapareció. Escuché un zambullido y gemidos. Corrí hacia ella, pero tuve que detenerme bruscamente: oculta tras la vegetación había una piscina llena de agua sucia. Dama nadaba cerca del bordillo, moviendo con sus patas restos de hojas secas en proceso de descomposición. La pelota estaba presa entre sus dientes y se movía con soltura, pero le faltaba el impulso necesario para poder superar el bordillo. Entendí que a pesar del esfuerzo no lo conseguiría.

Seguramente lo más sensato hubiera sido acercarme al lado por donde intentaba salir y ayudarla desde arriba, pero sus ojos desorbitados hicieron que entrara en pánico y saltara impulsivamente para rescatarla. El agua oscura me engulló y noté cómo algunas partículas orgánicas rozaban mis mejillas. Estaba muy fría y al sacar la cabeza, un fuerte olor a moho me golpeó la cara. La perra estaba a unos pocos metros y jadeaba fuertemente, pero seguía sin soltar la pelota. Nadé con decisión hasta llegar a su altura.

- Ya está - dije en un susurro mientras la cogía del collar.

Flotamos juntas hasta las escaleras metálicas, situadas en la zona poco profunda. Un cadáver de rana apareció de pronto, seguramente liberado de las ramas que habíamos movido durante nuestro recorrido. Su barriga hinchada nos saludó. Me dio tanto asco que casi ahogo a la perra en mi intento de salir lo más rápidamente posible. Conseguí que pusiera las patas delanteras en los escalones y tras un par de resbalones, salió moviendo la cola.

Una vez fuera sólo se escuchaba nuestra respiración y un murmullo triste de agua escurrida. Yo no dejaba de mirar al pobre anfibio, apretando la mandíbula para controlar la repugnancia que me provocaba. Dama sin embargo, dejó la pelota en el suelo y sacudió su pelaje húmedo totalmente ajena al cadáver. Miró su trofeo y luego a mi. Le devolví la miraba. Cubiertas de marrón y un otoño pasado, en medio de un jardín muerto, hablamos en silencio. Ella quería seguir jugando, yo prefería volver a casa. Pero a pesar de la aventura, ninguna parecía estar disfrutando. Parpadeamos. En nuestras miradas sólo se reflejaba aburrimiento. 

Outsider

En la calle, caminando hacia el centro.

Los aros metálicos del sujetador se me clavan ligeramente en el pecho, y un viento frío que se burla de la primavera ha desordenado mi flequillo. También cargo con el bolso, lleno de objetos más o menos prescindibles, mientras me siento la mejilla un poco más pegajosa por causa de la crema hidratante. Todo ocurre simultáneamente, sin darme tregua. Es agotador. Tampoco ayuda el sabor artificialmente fresco del chicle de menta, que sólo consigue espesarme la saliva.

Para evitar más sensaciones desagradables, como notar la descamación inevitable del esmalte de uñas negro comprado en el mercadillo, o la certeza de saber que eso que roza mi cadera provocándome irritación es la goma de las bragas, elaboro estrategias de distracción. Un paso detrás de otro, giro a la derecha. Me concentro. Miro a mi alrededor mientras desabrocho con desgana el último botón de la camisa. Tengo que adaptarme, como todos. Tengo que fluir, o al menos intentarlo. Selecciono algunos detalles importantes:

El pastor alemán que cruza la calle junto a su dueña tiene un brillo de esclavo en los ojos.
Hay millones de partículas de carbono ordenándose de tal forma que mantienen mi cuerpo unido.
Las palomas tienen pequeñas garras siniestras y al menos tres tonos de gris en las alas.
El diente de león que crece enfrente de la peluquería africana es, tal vez, demasiado amarillo.
La humedad relativa debe de estar por lo menos al 80%, flotando por todas partes como una broma de mal gusto.

Y me fijo también, cómo no, en la gente que me rodea, sonriente y relajada, ajena al desorden permanente que causa tanta información. Caminando distraída, mirando al suelo o al frente con sus smartphones en la mano. Es curioso. Hablan con varias personas al mismo tiempo, pero no comparten espacio, por lo que se crea la paradoja de que, a pesar de dialogar con individuos que no están presentes, aparentemente nunca están solos.

Inhalo por millonésima vez con una ligera sensación de mareo, de desorientación. Porque yo hablo contigo constantemente. Ahora mismo. Luego. Te cuento cosas como este paseo. Pero no compartimos tiempo, ni mucho menos espacio: a pesar de estar siempre sola, el cerebro me convence de que sigues ahí. Y de que aunque estés lejos, tú también me piensas. Porque hablamos un lenguaje mudo que nunca será registrado.

¿Acaso será esto la locura?

Reflexiones aleatorias mientras ordeno la casa

Me falta un calcetín. 

El par se ha deshecho, seguramente porque al meterlos en la lavadora uno de ellos se ha caído por el camino, o se ha quedado dentro del cesto de la ropa sucia. Estas cosas pasan, pequeños accidentes cotidianos que van más allá de nuestros deseos. Está claro que yo quiero lavarlos juntos. No tiene ningún sentido separarlos, porque un calcetín sólo pierde su razón de ser. Necesito dos calcetines. Porque tengo dos pies, no uno. 

Voy a la galería a comprobar si se ha quedado olvidado en algún rincón. Miro en la lavadora, en la bolsa de la colada. Nada, no está. Salgo al pasillo y reproduzco el camino que he hecho cargada con el montón de ropa sucia. Me arrodillo para asomarme debajo de la cama, detrás de la puerta, en el baño. Busco incluso entre los abrigos colgados en el recibidor. Ni rastro. 

Decido abandonar con un suspiro resignado. No está. Simplemente ha desaparecido, no hay que darle más vueltas. No hay que perder el tiempo. Me levanto y vuelvo a la lavadora para poner el programa de lavado rápido. Ya aparecerá. 

Pulso el botón y los comandos se iluminan. Con una eficacia previsible, dentro del tambor empiezan a salir chorros de agua, espuma, jabón blanco. La ropa empieza a dar vueltas. Durante un instante, veo aparecer el calcetín desparejado. Solitario. Se pega al cristal de la puerta, lleno de burbujas. Un sentimiento de desasosiego me invade. Leve, pero perfectamente definido. Ajeno a mí, el calcetín vuelve a mezclarse con las prendas mojadas. Lo he perdido de vista.

Mentalmente le hablo, al calcetín: no te preocupes, traeré a tu pareja de vuelta. Me doy la vuelta y regreso a la oscuridad del salón mientras un pensamiento vuela silencioso sobre mi cabeza, como un susurro apenas audible.

"La desesperación nace de la esperanza. Pero es difícil para alguien vivir sin esperanza, por lo que la única opción es vivir con la desesperación"

Soy de nuevo un animal

El descampado es enorme, un desierto de conglomerado gris. Sólo hay coches aparcados y varios contenedores de basura. Lo cruzo a paso rápido con el carro de la compra, en diagonal, mientras escucho mis propios pasos crujir sobre sus grietas. Sobre la nada. Entonces miro hacia arriba, donde el amable manto del azul cielo se mantiene inalterable, y recuerdo que es un efecto óptico, un engaño que nos regala la luz solar. Parpadeo. La realidad no es esta. Lo cierto es que estamos a la intemperie y miles de estrellas nos vigilan. 

Estiro la mano hacia el vacío, como si pudiera coger el cielo y arrancarlo de un tirón. Una señora me mira con curiosidad desde su ventana, pero no me importa. Hoy soy un enorme abejorro, o un zorro extraviado, sin ropa ni conciencia. Soy de nuevo un animal, pienso. Y sonrío. Me gusta la idea.

Sin esta lucidez podría tumbarme sobre el asfalto, masticarme a mi misma bajo el sol como hacen los gatos, por ejemplo. Podría lanzar el carro hacia los contenedores y huir sin rumbo de este caos. Suspiro. Cierro los ojos con fuerza, no dejo de caminar ni un sólo instante. No. En realidad soy como los demás, como todos. Por eso sigo empujando las ruedas del carrito, otro día más, mientras intento olvidar este último arrebato.

"Admiratio impetus"

Ella le estira de la camiseta con las dos manos. Tira hacia abajo para que se caiga, para que su cuerpo ceda y se tumbe sobre el suyo. Los dedos tiemblan como si sostuviera nitroglicerina y todavía desconoce su sabor. Tal vez al morderlo le venga a la cabeza la humedad densa del nenúfar, o la ligereza de un huevo pasado por agua. No concibe otras comparaciones porque no le recuerda a ninguna flor, ni brilla en ninguna constelación. No se parece a nada que existiera previamente en su paisaje. Él es oscuro y un tanto obtuso, respira entrecortadamente. Es todo lo que diremos. 

Le estira fuertemente de la camiseta para provocar violencia y movimiento, para no ver sus ojos. Qué dirán sus pupilas: si estarán sorprendidas por el ataque, o por el contrario la mirarán asustadas. O felices, que es lo que desea internamente. 

Pero ahora no puede atender a esos pensamientos, porque otro mucho más potente los margina: su carne grita a dos mil trescientos decibelios que tiene que ser, tiene que ser, tiene que tumbarlo sobre ella y tocar cualquier parte de su cuerpo. La que el azar decida. El pecho si cae de frente, el brazo y parte de la cadera si cae de lado, la boca si tiene suerte. Eso importa más que su sabor y que la expresión de sus ojos, más que cualquier otra cosa. Es lo único que en ese instante le resulta absolutamente indispensable. 

La primera conversación del año

Nathaniel Hawthorne describe a Henry David Thoreau tras conocerlo el verano de 1842:

"Desde hace dos años ha repudiado toda manera regular de ganarse la vida y parece inclinado a llevar una especie de vida india entre los hombres civilizados, una vida india en lo que respecta a la ausencia de todo esfuerzo sistemático por mantenerse"


¿Qué significa África, qué Occidente? 
¿No está nuestro interior en blanco en el mapa?

Henry David Thoreau (Walden, 1854)

----------------------------------------------------------------------------------------------------

Mi prima vino a visitarme aprovechando que tenía la mañana libre y pasaba cerca de mi casa. Entramos en el salón, era invierno (creo que estábamos en febrero) y hacía frío, por lo que nos sentamos cerca de la estufa, cubiertas con una manta y sosteniendo nuestros respectivos cigarros. Con la cara plácidamente orientada hacia la luz de la ventana, le ofrecí una taza de café y galletas de chocolate. Estuvimos un rato sin hablar, fumando y bebiendo líquido humeante. Mi prima rompió el silencio:

- No puedo comprender porqué no sales.

- No es que no quiera salir, es que necesito sentarme para hacer lo que debo hacer.

- ¿Lo que debes?

- Bueno, lo que quiero hacer.

- ¡Aaaaaah!, lo que quieres hacer... ¡Ojalá fuera tan sencillo!

- Ya estamos. Siempre igual.

- ¡Claro que siempre igual! ¡Claro que sí! Todo el día mirando al vacío, sosteniendo un lápiz o una taza de café. Esto no es vida, debes plantearte qué vas a hacer con ella, ¡no durará para siempre!

- ¡Ya estoy haciendo algo con ella! ¡Es precisamente eso lo que voy a hacer! Deber y desear son lo mismo ahora y por primera vez en toda mi existencia. He de continuar.

- Pero todo el día ahí, escribiendo historias o poemas... sola tanto tiempo. No sé, yo me volvería loca. 

La miré con calma mientras apagaba el cigarro. Entendí que había sacado el tema porque quería hablar de él. No era una conversación casual, posiblemente hacía tiempo que le daba vueltas en la cabeza. Me preparé mentalmente para justificarme una vez más.

- La soledad es igual que la compañía. No se diferencian lo más mínimo la una de la otra, sólo se complementan. Es la valoración de cada una lo que nos condiciona. Al parecer, estar solo mucho tiempo es algo pernicioso, sin embargo, estar siempre acompañado no se considera perjudicial para el individuo. Aunque eso no le permita escuchar su propia voz, estar consigo mismo.

- ¿Escuchar su propia voz? ¿Y qué pasa con el resto de cosas, con lo que está más allá?

- Yo... no sé explicarlo bien... pero es como una corazonada. Una intuición: debo asomarme al abismo. Sólo así podré comprender. Sólo de ese modo podré entrar en el mundo.

- ¿Pero te estás oyendo? ¿Asomarte al abismo? ¿Qué abismo? Me estás empezando a preocupar. Te lo recuerdo, por si se te ha olvidado: un precipicio es algo peligroso, sea del tipo que sea.

- Cierto. Pero todo acto creativo no es otra cosa que asomarse a uno mismo. Acercarse paulatinamente al borde y mirar. Quiero ver lo que hay al otro lado, observar atentamente. Enfrentarme a todo lo que por fin se muestra. A fin de cuentas, eso también forma parte de mi, aunque permanezca oculto casi todo el tiempo. Y estar sentada buscando es lo que quiero hacer, lo único que necesito. ¿Lo entiendes ahora?

- No. No te sigo, la verdad.

Una mosca se posó en el borde de mi taza. La espanté con un gesto breve mientras buscaba las palabras exactas, algo que me ayudara a llegar hasta mi querida prima.

- No pasa nada. Si te sirve de consuelo, yo tampoco puedo comprender muchas cosas. Por ejemplo, porqué estar ahí escribiendo, o salir a pasear por el bosque se considera una pérdida de tiempo. Y sin embargo, despertarse e ir a producir (cualquier cosa: ir a embalar naranjas, atender un teléfono, hacer presupuestos, teclear datos para otros en un ordenador o especular sobre el precio de la madera de esos árboles que completan la visión del paseante) sí que se considera algo de provecho. Pero luego... la gente lee los libros que alguien ha escrito sin ir a ningún sitio, o utiliza su tiempo libre para hacer senderismo por el bosque. No, yo tampoco lo entiendo.

- Eres una idealista, o una boba. Vives en los Mundos de Yupi. ¡No hay nada que entender! Necesitamos dinero, no podemos vivir del aire. Por eso hay que salir ahí a dejarse la piel. Por eso y por nada más.

- ¿Si? Bueno, tal vez. Respeto la lucha por la supervivencia, es uno de los pilares de nuestra existencia, y nos dignifica. Pero la supervivencia no se resume sólo en conseguir dinero, en pasarlo mal por ello. Por supuesto, sé que lo necesitamos para sobrevivir. Pero lo único que realmente tenemos, lo único que es nuestro, es el tiempo, y este se acaba. No podemos decidir ni siquiera cuando. Nacemos sin dinero, morimos sin dinero. Sólo podemos ser dueños del aire y de nuestro esfuerzo, hasta que un día todo termina. Y ya está, fundido en negro. Por eso hay que priorizar... creo yo.

- Pensar en la vida como una cuenta atrás es algo morboso, ¿no te parece?. No es sano tener la muerte tan presente. ¡Es más inteligente tener una actitud vitalista, luchadora!

- Y la tengo, créeme. Aunque me veas aquí sentada, vivo intensamente. Tengo fe. Y peleo a mi manera, tal vez de forma más consciente que otros... aunque esto último es solo una suposición. Bueno, resumiendo: soy feliz así.

También el cigarro de mi prima estaba a punto de consumirse por completo. Estiró el brazo para apagarlo contra el cenicero y aprovechó ese movimiento para girar la cabeza y mirarme con ternura, con una sonrisa cansada.

- Ahora sí que no entiendo nada. ¡Menuda rayada! En fin, me rindo, haz lo que quieras.

Se recostó de nuevo en su butaca con los ojos entornados. Por un momento guardamos silencio. Sonrió ligeramente antes de continuar:

- ¿Sabes a quien me recuerdas? A mi vecino, un personaje del pueblo. Vivía al lado de casa de mis padres, con un perrito. No era mayor, quiero decir que no estaba jubilado, era demasiado joven todavía. Sin embargo, tampoco tenía trabajo. Bueno, la verdad es que no lo sé; seguramente no tenía uno, porque no iba a ningún sitio por las mañanas. Sobre las diez o las once sacaba una sillita a la calle y se sentaba. Se pasaba horas mirando la vida pasar: acariciaba a su perro, hablaba con las vecinas que volvían del mercado, chutaba una pelota que había llegado botando desde la plaza, donde unos niños jugaban... Mi padre decía que era buena persona, que era autentico, muy inteligente; aunque la gente del pueblo dijera que era un vago. No sé de qué vivía, es un misterio.

- ¿Qué pasó con él?

- Ni idea. Si no ha muerto, seguramente seguirá sentado en su silla. O eso quiero pensar. Pero bueno, lo que te quería decir con todo esto es que mi vecino nunca molestó a nadie. Que hagas lo que quieras con tu vida, aunque me parezca una chorrada, o una pérdida de tiempo. Total... no haces daño a nadie. 

- Muchas gracias. Eso haré.

Levanté ligeramente la taza a modo de brindis. Mi prima hizo lo mismo con la suya y ambas bebimos nuestro último trago de café. Al coger el mechero para fumarme el segundo cigarro de la mañana, de pronto recordé algo:

- ¿Sabes que Clara está embarazada?

Su cara de asombro era maravillosa, como una máscara alegre. Nos echamos a reír y recordamos aquel callejón, muchos años atrás, donde las tres juntas jugamos "a papás y mamás" durante todo el verano. Clara era nuestra madre, casi siempre representaba ese papel. Lo que más le gustaba era empujar el carro abandonado de Pryca, llevarnos dentro a mi prima y a mí de un lado a otro, mientras nos regañaba o nos daba abrazos. En cambio nosotras nos limitábamos a dejar que nos cuidara, fingiendo ser unos bebés llorones que pedían a gritos su chupete invisible. 

Aquel trabajo en Alemania

"Es verdad que nunca he ayudado al sol 
a salir materialmente, pero, sin duda, 
era de suma importancia estar allí".

Henry David Thoreau (Walden, 1854)


Voy a ser sincera, por una vez. Íbamos dentro del coche, dentro de aquel cubículo alquilado, conduciendo por el oeste de Alemania. Yo no sé conducir, nunca he aprendido a hacerlo, como tampoco he desentrañado otros misterios mucho más inaccesibles; como porqué hay animales extraviados que son capaces de encontrar el camino a casa aunque se encuentren a decenas de kilómetros. O porqué algunos moribundos, antes de exhalar su último suspiro, tienen unos momentos de absoluta lucidez.

Pero me estoy alejando de lo que me gustaría contar. El caso es que mi jefa me recogió en el aeropuerto de Dusseldorf y volvíamos juntas hacia su casa. Iba a pasar tres semanas allí, ayudándola a decorarla. Bueno, eso de "ayudar" es un eufemismo, porque lo cierto es que me disponía a pintar una granja yo sola, de cabo a rabo, ahora que era completamente suya tras la muerte de su madre. Me pagaría 400€, además del billete de ida y vuelta y los gastos de manutención (comida, etc.) que se generaran durante mi estancia. Muy generosa. En fin, no es eso lo que quiero que quede claro. Las relaciones hispano-germanas son un asunto aparte. Vuelvo al coche: resulta que conducíamos hacia la granja, llovía y la carretera estaba llena de trailers. Un bosque compacto delimitaba ambos lados del asfalto. Tenía un color verde oscuro, era precioso. Pensé que aquel lugar podría ser el que se llamara Selva Negra, y no la zona sur de Alemania, tan amable, con sus casitas de madera y sus campos de flores. Era aquel bosque de abetos, sobrio y recto, el que se ajustaba mejor al sugerente nombre de Selva Negra.

Me distraigo sin parar, lo siento. Mi jefa iba contándome detalles del trabajo, qué esperaba de mí y como quería que fuera nuestra comunicación. He de confesar que había simplificado mucho su inglés al ver que, aunque por mi parte ponía mucho entusiasmo, estaba muy lejos de dominar aquella lengua. Yo miraba al frente, sonreía amablemente, y de vez en cuando respondía lo que creía que ella quería escuchar. Estaba concentrada en dar una imagen desenvuelta, decidida, aunque lo cierto es que nunca había estado en Alemania, y que el frío que hacía al otro lado del cristal me parecía sencillamente demasiado.

Ella conducía rápido, hablando y sonriendo, cuando cruzamos un puente. Debajo discurría un río que, como pude ver al mirar hacia abajo, era de un color azul oscuro, casi negro. Grandes masas de agua se desplazaban velozmente entre dos orillas, cubiertas de hierba (una hierba siempre mucho más verde que la que crece en casa). Pero ese es el escenario, lo que rodea lo importante. No me distraigo más. Lo increíble, lo absolutamente inesperado es que, en medio de aquella corriente, un cisne negro flotaba confiado. Un hermoso cisne negro, un ejemplar grande y brillante, nadaba tranquilamente en medio del frío. Tenía el cuello en forma de "s", las alas recogidas con un gesto breve y los ojos fijos en el agua. Su plumaje parecía una película compacta, con decenas de plumas prietas y limpias, ordenadas y esponjosas. Y el río rugía temible a su alrededor, la corriente amenazaba con engullirlo, pero el animal flotaba confiando en su destreza, nadando con eficacia entre los remolinos turbios.

Me quedé paralizada. No lo esperaba: era una imagen devastadora, perfecta en su sencillez. En los ocho o nueve segundos que tardamos en cruzar aquel río, una de las caras de la belleza golpeó mi ventanilla sin avisar. Ninguna señal, ningún detalle previo me habían preparado para ello. No me lo podía creer. Aquí llega el meollo del asunto. Nada más perder de vista al cisne me giré hacia la conductora, todo mi cuerpo proyectado hacia ella, con los ojos como platos y una sonrisa incrédula en mi boca:

- Did you see that?!?!? -le pregunté casi gritando.
- If I saw... What?
- The river... that... sorry, I don´t know the word in english... cisne?
- Sorry... cisne? 
- Yes, It´s a kind of duck, but more big, with a long neck... 
- Aaaah! A SWAN!!! -dijo con una sonrisa de triunfo-. Did you see a swan in the river?
- Yes! -el entusiasmo que me había provocado seguía intacto-. A wonderful swan swiming in the middle of the river!!!

Su cara se congeló en una mueca de sorpresa, una sonrisa que parecía calibrar el grado de estupidez al que estaba llegando nuestra conversación. 

- But we have a lof of swans here, they´re everywhere...

Fue como si me hubieran dado una bofetada. Mi rostro se transformó en una disculpa.

- Oh! I see... sorry, to me seeing a swan animal is something amazing...
- Hahahahaha! Don´t worry, I understand! 

Solo conseguí estirar los labios en un simulacro de sonrisa. Mi nueva jefa hablaba ilusionada:

- You´re veeery funny. We will have a great time together! You'll see!

No respondí nada, volví a mirar al frente sin dejar de mantener aquella expresión impostada. Debería haber olvidado la anécdota y seguir atenta al presente, a la carretera, al viaje hacia mi nuevo trabajo. Sin embargo, esta es la confesión, no me sentía bien. Y no era por la diferencia cultural, por desconocer la fauna local o por mis dificultades con el inglés. Tampoco por estar en medio de incontables montañas que ni siquiera era capaz de ubicar en el mapa. Algo no iba bien, estaba triste. No podía evitar notar que estaba fuera de lugar. Como quien señala las nubes y el resto le quita importancia porque, ya sabes, las nubes están siempre ahí.

De camino hacia mi nuevo trabajo, adquirí plena conciencia de lo inadecuado de mi reacción. Al parecer tampoco era para tanto, sólo era un cisne nadando. Nada más. Y aquello me producía malestar, porque ¿Seguro que era sólo eso? ¿Un cisne y nada más?. La certeza de conocer la respuesta, la claridad de esa voz dentro de mi cabeza: "No; aquel cisne era más, mucho más" me acompaña desde entonces. 

Zurbarán, Mahler y unas castañas mojadas

Es invierno, finales de enero. Llueve de forma intermitente desde hace días. Los árboles están desnudos, sin hojas. Esperando. Tal vez por eso caminar por la calle provoca un sentimiento ambiguo, una emoción entre la nostalgia y una pena amortiguada. Supongo que causada por la humedad, ese vaho cíclico que acompaña la respiración. O simplemente por las escasas horas de luz. La oscuridad mina el alma.

Paro en el semáforo y sin darme cuenta empiezo a recolectar colores. Es una distracción que nació durante la carrera, cuando tenía que entrenar los ojos para diferenciar tonos, masas de color o estilos de los principales artistas. Me fijo: gris con exceso de blanco (cielo), gris oscuro con exceso de negro (asfalto húmedo), marrón con toques de verde oscuro (tronco de árbol), amarillo con ligeros toques de azul y verde (cara de un transeúnte parado en la acera de enfrente), blanco con toques de amarillo limón (dientes de su perro), morado con reflejos metalizados (chaqueta acolchada de una adolescente con prisas). Mis pupilas saltan aleatoriamente por el paisaje.

Tras cruzar al otro lado, me detengo en la esquina y decido cerrar los ojos. Escucho conversaciones pasajeras, fragmentos de un diálogo en otra lengua. Me concentro para captar su significado. El esfuerzo constante del extranjero. Por suerte, cada vez me cuesta menos comprender el sentido de cada palabra. Los sonidos empiezan a ser familiares. Un hombre intenta convencer a otro de la terrible situación económica, en general; una chica habla por teléfono con su madre acerca de un plan de fin de semana con los amigos; el camarero de una cafetería le dice el precio (baratísimo) de un café solo a un nuevo cliente sentado en la terraza. Etcétera. 

Huele a agua pulverizada, a metales pesados provenientes de los tubos de escape. También detecto un ligero tufo a descomposición, a putrefacción, posiblemente causado por el moho que crece entre las grietas que se abren en el asfalto. Qué bien haber dejado de fumar, de otro modo jamás habría detectado este último. De vez en cuando llega una ráfaga de carbón, proveniente de un puesto de castañas asadas.

Ahí quieta, discretamente apartada de la zona de paso, abro los ojos y completo la experiencia. Visión, oído, olfato. Un conjunto sólido. Tal vez la unión entre Zurbarán, Mahler y unas castañas mojadas. Sonrío ligeramente ante esa asociación de ideas. Me gusta.

Antes de reanudar mi paseo, un poco menos triste tras la ayuda de los sentidos, mi cerebro cierra el proceso con un pensamiento, a saber:

Si fuera algo sencillo,
(como una cascada,
un limón maduro,
o el nudo de un lazo).

Si fuera cualquier cosa 
menos esto
no sentiría La Náusea. 

Tampoco la conciencia,
el saberme viva aquí.

Ahora.

Qué lindo no tener nada dentro,
como el viento o un portazo.
Ser de afuera como las piedras 
y las colinas del paisaje.

Pero qué triste también
no conocer la limpieza,
la lucidez completa 
concentrada en
todo el cuerpo.

Si existiera en otra cosa
no sabría nada.

No tendría nada.

Sería una funda invisible,
la piel muerta de la serpiente.

Povidona yodada y otros accidentes cotidianos

La hora de mediodía era la mejor para ir a comprar. La gente acababa de comer o seguía en el trabajo, por lo que el supermercado estaba casi siempre vacío. M. cogió una de esas cestas de plástico que utilizan los que no van a llevarse muchas cosas. Tenía prisa, quería salir pronto de allí. Hacer la compra le daba pereza. 

Recorrió de forma eficaz los pasillos cogiendo paquetes de arroz, pan, leche, azúcar, una bandeja de pescado... al llegar a la zona de los "productos frescos" alargó la mano para llevarse una bolsa de zanahorias. Entonces las vio. En el estante superior de la nevera que conservaba las verduras, tenían cajitas de plástico con pimientos del padrón. Ella sabía que en aquel país no se cocinaban, que seguramente eran importados, un producto poco demandado. Eran muy caros. Demasiado, teniendo en cuenta que realmente no eran pimientos del padrón, sino pimientos verdes ("italianos", los llamaban en su casa), recolectados antes de tiempo para que fueran pequeños y así engañar a los ojos inexpertos.

Se detuvo frente a ellos y los miró largamente. No pudo evitarlo. Mientras observaba aquel sucedáneo, aquel simulacro de pimientos, recordó su infancia. Los días de primavera en el pueblo, la chimenea y el olor a leña; el frío por la mañana. La casa era antigua. Un vecino cultivaba el terreno que su familia había abandonado hacía dos generaciones. Le dejaban plantar lo que quisiese a cambio de que la tierra no se echara a perder. Un buen trato, sin dinero de por medio. Cuando le sobraban verduras, o simplemente porque le apetecía, el vecino les regalaba naranjas, o lechugas, o pimientos del padrón. Aquellos sí que eran auténticos. Pequeños, verdes, muy sabrosos y picantes. Recordó las noches frente al fuego, asando chuletas de cordero con sus padres, riendo ante la emoción de comerse un padrón realmente picante. Uno tan picante que podía dormir la lengua, reducir el resto de sabores a un hormigueo. Todo era sencillo, una cuestión de suerte. Para evitar que la nostalgia se apoderase completamente de ella giró 180º y caminó directa hacia la caja. Gastaba mucha energía en sonreír, no quería ponerse triste.

Una vez en casa guardó la compra y adelantó el resto de tareas que tenía pendientes. Puso la lavadora, hizo la cama, fregó los cacharros de la cena del día anterior... antes de volver a cocinar, decidió ducharse. Desnuda frente al espejo miró las leves arrugas que tenía alrededor de los ojos. Dio un paso atrás y observó atentamente su piel. Era pálida y suave, aunque con el paso de los años habían aparecido nuevas pecas, por lo que el conjunto era un poco accidentado. Como aleatorias constelaciones marrones. Le gustaba el resultado, aunque sabía que era provisional. Temporal. Como todo lo demás, por otro lado. 

Al salir de la ducha cogió el frasco de yodo (poviodona yodada, palabras que siempre le habían resultado simpáticas, como si fueran el nombre de una pócima) y se dispuso a curar un pequeño eccema que tenía sobre la ceja. Algo psicosomático, una erupción causada por la ansiedad o algo así, le había dicho el dermatólogo. Entonces, al volcar el dispensador sobre la frente, un chorro rojo salió disparado hacia su cara. El tapón que permitía dosificar el Betadine se había soltado, dejando que la medicina cayera en cascada. M. ni siquiera se sorprendió. Sólo emitió un breve sonido, producido por la aspiración rápida de aire, por una contracción de la faringe. Durante un instante no comprendió muy bien qué había sucedido, pero al mirar de nuevo su reflejo asimiló el simulacro de muerte sin demasiada dificultad. 

Con la cara llena de yodo, una mancha ferrosa y densa, parecía la víctima de un acto violento. Apoyó ambas manos sobre la pila del baño y adelantando el torso se miró más de cerca. El conjunto no tenía mal aspecto. Incluso le gustaba, aquella cara llena de rojo, las facciones ligeramente desenfocadas tras la sangre falsa. Se oyó a si misma decir "No me queda mal". Sin expresarlo en voz alta, sólo un pensamiento fugaz. En el instante mismo en el que la emoción moría, ya había adivinado que no estaba bien. Ese tipo de afirmaciones no las hace alguien sensato, alguien en sus cabales. 

M. sin embargo se buscó las pupilas. Sólo con la cara ensangrentada se atrevió a enfrentarse a su propio reflejo. Otra M. cubierta de yodo la juzgaba seriamente. Entonces suspiró. Bajó los ojos y dijo "Qué demonios estoy haciendo". Una frase a medio camino entre la interrogación y la confesión. Lo que no sabemos es si se refería a su reacción ante el accidente con el Betadine, o al resto de acciones que había realizado en las últimas semanas.

Love is enough

Mi profesora de Introducción al Romanticismo era una mujer vital. Bueno, es (no creo que haya muerto, por aquel entonces todavía era relativamente joven). Cuando terminaban las clases le gustaba acompañarnos a la cafetería, donde continuábamos las discusiones abiertas durante las horas lectivas. Allí movía sus delgados brazos, llenos de abalorios y pulseritas que emitían un sonido metálico, como cascabeles, mientras se explayaba sobre un tema en concreto. Nos miraba intensamente con sus ojos marrones, con esa melena un tanto despeinada, e intentaba convencernos de la genialidad de Theodore Gericault o la magia inmortal de Delacroix.

Corrían rumores sobre ella: que pertenecía a la masonería, que la habían dejado plantada en el altar... todo tipo de bulos sin fundamento. Nosotros le seguíamos la corriente, porque era simpática y le teníamos cierto cariño. El cariño que le puedes tener a alguien que sabes que es especial, pero que no pertenece del todo al mundo de los cuerdos. Intuíamos que la vida no la había tratado muy bien y a cambio la escuchábamos complacientes, con la sencilla y poco profunda intención de hacer que se sintiera bien.

Un día, sentados alrededor de vasos de café y cervezas calientes salió el tema del desamor. Hablamos sobre él desde la superficie, verbalizando las generalidades de siempre. Lugares comunes, algún chiste más o menos fácil acerca de las discusiones caseras. Una compañera se atrevió incluso a contarnos un breve romance que tuvo con un hombre casado, al cual tuvo que dejar con gran dolor ante la imposibilidad de su historia. El ambiente era relajado, una conversación amena. Pero la profesora no había intervenido. Con la boca firmemente cerrada nos escuchaba atentamente. Sus ojos saltaban de uno a otro conforme se sucedían las bromas y confesiones. Al cabo de un rato, alguien le preguntó qué le parecía aquel tema. A fin de cuentas, los románticos lo habían utilizado como excusa para realizar las acciones más descabelladas: poemas febriles, cuadros de pesadilla, declamaciones desesperadas e incluso suicidios. 

Se incorporó lentamente en su silla, separando los brazos, con el cuello rígido y una mueca de desprecio absolutamente nueva. Nos miró con dureza y en voz muy baja habló:

"Tenemos un órgano que bombea, pero el corazón no existe. Sólo hay un lugar real, que no tiene carne ni sangre. Es una jungla con niebla espesa y bestias salvajes. Ambas orillas saturadas de lianas y plantas oscuras. Todos los que somos sinceros hemos estado ahí, sobreviviendo sobre la balsa. Con maderas crujiendo bajo nuestro cuerpo. Atentos. Expectantes. Mirando de frente y sin parpadear la siguiente curva. Adelantando las manos, la cara, la boca. Esperando una señal de cualquier tipo. Todos reconocemos esa selva de humedad tensa. Donde naufragamos llenos de esperanza, buscando una atracción mal disimulada, una mirada cómplice. Si. La espesura es peligrosa, podemos enloquecer".

Silencio absoluto. Nadie sabía qué responder, porque nadie estaba del todo seguro de a qué se refería. La profesora se levantó lentamente y concluyó:

"Oh, si. El amor es más que suficiente. No hace falta perderlo. Él solo puede extraviarnos. Es de una espesura despiadada". 

Dicho esto, apartó la silla y salió rápidamente de la cafetería. Desde aquel incidente, rechazó sistemáticamente nuestras invitaciones después de clase. Nunca mas volvió a acompañarnos. Tampoco volvió a dedicarnos ni un segundo de su atención.

El jabón

Mientras friego las tazas del desayuno el jabón murmura. Me regala consejos, me sermonea con voz profunda recordándome todo lo incorrecto. Todo lo torcido, la ropa mal doblada, aquello que no digo. Y me da consejos, acaricia mis dedos mimoso y bienintencionado. Señalándome, por ejemplo, que todavía no he llamado a mi abuela. O que no he buscado un profesor de portugués que sea barato. Tampoco he comprado el billete que me lleve a casa. Y sobre todo, me recrimina con una burbuja delicada, que llevo varios días sin buscar mi reflejo en el baño. Ha notado que mis ojos se posicionan en ángulos intermedios. Pero el jabón no está realmente preocupado, sigue limpiando blanco y espumoso. Así que decido imitarlo, y termino de limpiar los restos de la mañana, mientras las cosas permanecen confiadas en su sitio. Esto es previsible, así que no pasa nada. Quiero creer que mi escenario no es una trampa. Todo está bien. Todo va bien. Seguramente estoy a salvo.

Una confesión y la amabilidad de la música pop

Quedemos en la estación de metro a las siete. Citémonos allí, elige la ropa pensando en mi cara. Sabes que me gustas, y que yo te gusto. Escoger es un acto placentero. Si quieres podríamos buscar un rincón tranquilo, una esquina donde puedas seleccionar a la carta aquello que quieras tocar.

La curiosidad es algo morboso: saber la consistencia de un antebrazo, la suavidad de la lengua, el tacto huidizo del pelo. Y el olor. También está el olor. Cómo hueles es algo que se acerca bastante al concepto que tengo de lo sublime. Pocas cosas se aproximan a él. Tal vez el agua, sumergirse en ella, sea lo único que considero accesible. Todo lo demás, incluido tu perfume, está lejos. Lo sublime se hace de rogar, eso sin duda.

No te asustes si digo estas cosas, estoy nerviosa. Pocas personas me ponen realmente nerviosa. Eso es buena señal y al mismo tiempo un indicador de que el peligro está cerca. Pero sobre todo es un síntoma de vitalidad, y eso no puede ser del todo malo.

Oh, disculpa. En vez de sincerarme tan rápidamente debería mostrarte lo mejor de mí. Aquello que sospecho que quieres encontrar debajo de mi camiseta, detrás de los ojos. No soy una ingenua. Sé que vivimos de ese modo: diseccionamos cuidadosamente la realidad para recolectar los brotes más tiernos, para no masticar nada amargo, nada desagradable ni podrido. Por eso la música pop, los asientos reclinables, la opacidad del ataúd, el café aromatizado.

Y qué verdes son los arbustos que crecen al lado de la carretera, qué hidratado pareces desde aquí, qué bonito el gris metalizado de tu coche. Qué grande era este mundo. Pero no te inquietes, estoy andando en círculos. Olvida lo que he dicho. Quedemos en la estación de metro a las siete. Citémonos para olvidar.

La lucidez de las avellanas

Estaban al fondo del armario, detrás del paquete de azúcar. Buscando el café rocé la tela con las yemas de los dedos. Cuando saqué la bolsa me quedé mirándola con una mezcla de alegría y nostalgia. Ambas emociones discretas, contenidas. Desaté el cordón y aparecieron ante mis ojos. Avellanas. Lisas y serenas bajo la cáscara marrón. Como regalos de madera, o pequeños animales dormidos.

Lentamente, con un respeto profundo, estiré los dedos, introduciéndolos muy juntos en aquel montón de frutos secos. Noté cómo penetraban entre la masa grumosa y floja de sus cuerpos. Tan agradable. Como la sensación tibia y segura de cerrar los ojos en dentro de una bañera llena de agua caliente. O de estirarse bajo la oscuridad de las sábanas. Un placer sencillo. Perfecto.

Con la mano cubierta de avellanas cerré los ojos. Respiraba lentamente, de pie junto al armario del azúcar, la despensa donde guardo los alimentos dulces, los ingredientes de repostería. Concentrada en el tacto sedoso de la cáscara, recordé tu cara. 

No la llamé, ni siquiera la esperaba. Simplemente apareció. Tu cara sonriente, estrechamente unida a la sensación cálida de introducir la mano en un montón de avellanas. Entonces todo se precipitó. En completo silencio. Una ola de tristeza muda y completa, de dolor cerrado. Una cáscara de lamento cálido. 

Y los tres os abrazasteis en mi recuerdo: las avellanas y su piel de madera, tu cara ya desaparecida y el dolor punzante de la revelación. Una tríada jamás sospechada, que desde ese día nunca más he podido separar. Ahora lo sé. Para mí, no fue la manzana la que invadió de conocimiento mi mente, como les ocurrió a Adán y Eva. Fueron las avellanas, semillas tímidas y aparentemente inocentes, las que me trajeron la lucidez. Una clarividencia total, una sabiduría que ya no podré ignorar. Desde entonces, cada vez que como avellanas me acuerdo de ti. Y de aquellos días felices, cuando no sabía nada.

Lago helado

Hundo los pies en medio metro de hielo mientras sale vaho de mi boca. Avanzo lentamente y hace mucho frío, el aire que expulsa mis pulmones se eleva hacia el cielo convertido en una nube blanca. Aunque esté concentrado en asegurar mis pasos sobre la nieve, no puedo dejar de notar que la montaña me observa. Siento cientos de ojos invisibles sobre mí. Pupilas fijas posadas en las ramas de los árboles, miradas sin párpado que me vigilan desde el suelo. Pero a pesar de su muda amenaza continúo adelante. Sé que tras la siguiente colina aparecerá el lago.

Hay un lago helado. Un remanso de nieve y silencio, donde el azul y el hielo son los reyes absolutos. Nadie se acerca por allí, sólo los pájaros y sus nidos, algún zorro, alguna perdiz, alguna liebre. Los árboles son oscuros y viven inmóviles, a la espera del cielo y sus tormentas nocturnas.

Y en ese lago congelado me aguarda alguien. O algo. Un muerto. Hay un muerto en aquel lugar. Un hombre sin vida, congelado, que ahora descansa bajo las aguas sólidas. Que lleva meses llamándome. Susurra en mi oído por las noches, pidiéndome que vaya a por él, que lo saque de allí. Al principio era una silueta gris, que se aproximaba silenciosa mientras dormía. Aunque le hablaba no me respondía, simplemente se quedaba allí, mirándome sin ojos, esperando. Pero poco a poco se fue adentrando en mi mente. Aprovechaba las horas de sueño profundo para hablarme. Con una boca sin voz se acercaba lentamente. Me pedía que fuera al lago, que lo rescatara de aquella tumba. Su presencia era grave, muy lejana, como si se tratara de un reflejo o existiera solo en parte. Me susurraba que no podía tardar, que me esperaba. Que aquella montaña era una trampa.

Por eso camino sobre la nieve, para intentar rescatarlo del olvido. Sólo lo recuerdan los buitres que volaron sobre su cuerpo y el lago que lo custodia. Eso me parece tan triste que no puedo ignorarlo. Así que hundo mis pies en el hielo, lucho contra los peligros del invierno para que se venga conmigo. Mientras asciendo la última cuesta oigo un murmullo. Un ruido casi imperceptible, como un montón de nieve cayendo de una rama. O un cuervo volando en la lejanía. Me detengo a escuchar. Nada. Sin embargo la sensación de sentirme vigilado se agudiza. Cada vez más, presiento que me adentro en un lugar peligroso. Como si todo lo que me rodea estuviera conspirando contra mí, como si la montaña y su lago helado fueran un cepo oculto. Reanudo mi marcha con cautela, dispuesto a llevar a cabo cuanto antes mi propósito. 

Alcanzo el final de la colina y el lago aparece ante mí. Una laguna pequeña, de un color azul oscuro, rodeada por abetos verticales, muy agrupados entre sí. Ver los árboles tan juntos rodeando el agua me da la sensación de encontrarme frente a un pozo, un agujero más que un lago. Al descender hacia él siento miedo. Tanto silencio es inquietante. Nada cruje, nada se mueve. Es como una tumba, la cámara oculta donde la vida se suspende. Y todo sigue mirándome. El lago helado me observa fijamente, así como los abetos y la nieve. Sospechan de mí, saben que vengo a por él.

Lleno mi pecho de aire frío y me acerco lentamente al borde. Me asomo a sus aguas rígidas. Todo está quieto ahí abajo. Abro la boca y susurro... "¿Estás ahí? ¿Estás ahí abajo?" Aguardo un momento, pero no hay respuesta. "¿Hola? He escuchado tu petición, he venido a por ti ¿El lago te tiene preso?" Nada. Silencio sepulcral. Me acerco un poco más a la superficie del agua "¿Me oyes? ¿Puedes oírme?"

Oigo de nuevo el murmullo tras de mí. Al girarme veo una mano que me empuja. Una mano helada, azul, con unas espantosas uñas negras, como podridas. Pero no puedo ver nada más, porque caigo al lago. El hielo se quiebra casi sin hacer ruido y me traga antes de que pueda gritar. Las aguas me abrazan, me hunden pesadamente. Miles de agujas heladas pinchan mi carne, hace tanto frío que apenas puedo moverme. Antes de perder el conocimiento miro hacia arriba y veo una silueta sobre la superficie que me resulta vagamente familiar. Y una voz muy parecida a la mía susurra sobre el agua "¿Estás ahí? ¿Estás ahí abajo?" y lo último que pienso es que necesito que me saque de aquí. Buscaré la forma de que me rescate de esta tumba de hielo.

        

Actualidad histórica

En la tumba 23 del sector D del cementerio de Valencia, una mañana de invierno se derrumbó parte de la cubierta del viejo panteón familiar de los Puchalt. El tejado rompió con su caída la losa perteneciente a la señora Natalia Puchalt (1885- 1937), enterrada junto a su marido. La apertura de la tumba despertó a la difunta, que se incorporó lentamente, mirado alrededor con curiosidad. Por causas desconocidas su marido no resucitó.

Debido al estruendo provocado por el inesperado derrumbamiento, las pocas personas que se encontraban allí acudieron rápidamente. Al llegar vieron a Natalia sacudiéndose el polvo del vestido con gran parsimonia. El enterrador se preocupó por su salud:

- ¿Se encuentra usted bien? ¿Necesita alguna cosa?
- Estoy bien, gracias. En cuanto me asee un poco estaré perfectamente
- Qué sorpresa verla despierta - dijo una ancianita que había ido a visitar la tumba de su hermana- usted debe ser de la quinta de mis padres... no veía un vestido como esos desde mi infancia.
- ¿En qué año estamos, si me permite la pregunta?
- En diciembre de 2015 señora - respondió el enterrador alargándole un pañuelo
- Vaya, realmente ha pasado mucho tiempo -dijo la resucitada mientras se limpiaba los restos de tierra con el pañuelo
- Pues si... viendo la inscripción de su tumba usted falleció durante la guerra, si me permite señalarlo -dijo la ancianita con una sonrisa
- ¿La vivió usted, conoció la guerra? - dijo la señora Natalia con viva curiosidad
- No... apenas era una niña. No recuerdo muchas cosas de aquel entonces, tenía unos cuatro o cinco años - respondió a modo de disculpa
- Pues fue una época realmente difícil, créame. Por desgracia yo me puse muy enferma durante el segundo año de conflicto, por unas fiebres tifoideas. Muy mal asunto. Finalmente no pude con ellas, como habrán deducido. Sin embargo, no había un solo día que no le rezara a Nuestra Señora de los Desamparados por el triunfo de nuestro salvador el General Franco, incluso cuando ya no podía ni levantarme de la cama, el párroco Don Justo veía a visitarme y rezábamos juntos el rosario. Díganme ¿conseguimos la victoria? -preguntó muy interesada

La ancianita y el enterrador se miraron significativamente.

- Si. Ganaron. Franco estuvo en el poder más de cuarenta años -respondió secamente el enterrador
- Desde que murió en el año 75 tenemos democracia. Pero no se asuste, nada radical. Todo muy ordenadito - dijo la anciana
- Ahora gobierna el partido de la derecha. Precisamente dentro de unos días son las elecciones - continuó el enterrador, que ahora miraba a la tal Natalia con recelo
- ¿Si? ¿Y cuáles son las novedades? ¿Qué ha sucedido de especial en el país durante este tiempo? - preguntó la ex muerta mientras se sentaba al borde de la tumba. Tenía ganas de conversar, saber un poco más del mundo en el que había resucitado.

Aquí la conversación se estancó un poco. El enterrador se miró la punta de los zapatos, pensando qué responder. La ancianita reflexionó durante unos instantes:

- Pues... ahora hay muchos coches en la calle, y en cada casa hay una televisión. Es como la radio, pero puedes ver al mismo tiempo las imágenes de aquello que oyes. A mi me encanta ver las novelas a mediodía. Y el noticiario. 
- También hay una cosa que se llama internet. Es como una gran biblioteca de información donde puedes consultar cualquier cosa desde casa. Es muy cómodo.
- Ya veo -respondió la señora Natalia- Pero ¿Ha habido algún acontecimiento realmente impactante?
- ¿Qué quiere decir? -preguntó la anciantita
- No sé... algún alzamiento político, algún milagro de Nuestro Señor digno de ser recordado. Algo que quede haya impactado a las generaciones de este tiempo... como lo fue la pérdida de Cuba para mi abuela, por ejemplo -concretó doña Natalia
- Ah... ya entiendo -dijo el enterrador- Pues no sé. Creo que no. Nada realmente serio.
-Oh no, nada importante. Está todo muy tranquilo, como le he dicho -sonrió la anciana.
- Entiendo -dijo reflexiva 

La resucitada miró hacia el fondo de la tumba, sobre la cual no se había cerrado la tierra. Esperó educadamente un rato más, pero viendo que ni a la ancianita ni al enterrador se le ocurría nada interesante que añadir, se despidió:

- Bueno, pues hasta la vista. Muchas gracias por su compañía. Espero que cuando les llegue el momento tengan un buen descanso - y descendió al hueco.

El enterrador en un impulso caballeroso le ofreció la mano, para evitar que resbalara en el barro.

-Que le vaya bien - dijo hablando al fondo de la fosa.
- ¿Cómo es eso? ¿Se ha metido de nuevo en la tumba? - preguntó la ancianita.
- Si se ha metido, sí - meneó la cabeza el enterrador- y eso que ahora las cosas están mucho mejor.

Esperando la corazonada

La cocina no se manifiesta. Aunque me encuentro de pie en su centro parece no darse cuenta. Pero es imposible que no me vea. Estoy aquí. Con el pijama como todas las mañanas, el montón de ropa sucia entre las manos: camisetas, un pantalón, varios pares de calcetines, bragas de algodón, mi camisa favorita. Con todas esas prendas y un par de toallas, esperando la señal. 

Esa especie de corazonada que te libera de las encrucijadas cotidianas. De esos pequeños gestos automáticos que no tienen importancia, que aparentemente no tienen peso. Son acciones ligeras, como algunas de las prendas de ropa que aprieto contra mi pecho. Pero que no sé porqué, me suspenden el gesto.

La palanca que ha accionado la parálisis es ridícula. Al abrir la puerta de la lavadora tus calzoncillos estaban dentro. Un par de boxers abandonados en el tambor metálico. Mientras mi ropa sucia espera pacientemente los miro, imagino sin esfuerzo cómo al levantarte esta mañana has decidido que necesitaban lavarse. Y aunque no estás en tu casa, mi lavadora está vacía. Está limpia, es nueva, es silenciosa y eficiente. La solución es fácil. Casi obvia. Seguro que a la máquina no le importa que sumes tu par de calzoncillos a la colada. Total, duermes aquí desde hace varias semanas. Y ella está vacía, limpia, etc. 

Al salir a la calle no se te ha pasado por la cabeza que cuando yo me levante, abriré esa puerta y me quedaré atónita ante la visión de unos pantaloncitos interiores de algodón. Pero eso es exactamente lo que ha ocurrido. Y por eso espero una señal. Algo que me de una pista, que me susurre amorosamente la solución: meter mi ropa junto a la tuya y dejar que se revuelquen entre litros de agua y espuma, o por el contrario sacar sibilinamente tus calzoncillos y hacerlos desaparecer. 

Y aquí estoy, muda. Atenta. Esperando el timbre del cartero, un WhatsApp de mi jefa, que la gata mulle, que llame mi madre, que se queme el café, que el hijo de la vecina baje corriendo las escaleras. Algo. Lo que sea. Pero nada. Silencio. Luz de mañana sobre el suelo cerámico. Olor a café, mi cuerpo y un pijama, un montón de ropa sucia y el tic tac, tic tac, tic tac, del reloj. Y tú estás sobre tu bici pedaleando con fuerza, probablemente al otro lado de la ciudad, con bocanadas de aire frío colándose bajo el cuello de tu camisa y pensando distraído que se te ha acabado el champú, o que has quedado con Pablo para tomar algo. Pero no sabes, ni siquiera sospechas, que yo sigo de pie en el centro de la cocina esperando averiguar qué demonios hacer contigo. Y que por ahora no obtengo respuesta. 

La vecina

Volviendo a casa vi que estabas en la frutería comprando naranjas. Las naranjas son una fruta muy adecuada, parecen soles rellenos de pulpa, de cosas dulces. Ayudan a sobrellevar el frío y ese color tenso que tiene la luz las tardes de invierno. Y tu compraste una gran cantidad, calculé que más de dos kilos. Mientras miraba cómo se tensaba el plástico de la bolsa imaginé que eran para hacer zumo. Nadie compra tantas naranjas si no piensa exprimirlas.

Cuando saliste cargada con ellas, nos cruzamos. Llovía y me fijé en las venas de tu mano cerradas en torno a la bolsa, en la tensión de las falanges sobre el asa. Con un solo vistazo abarqué el conjunto de gotas que empezaban a impactar sobre vosotras: sobre la bolsa y las naranjas, sobre la chaqueta, sobre tu cabeza gacha. En cierto modo, era hermoso ver el agua pulverizada posándose sobre ti, como broches traslúcidos o animalitos de cristal.

Al observarte más de cerca vi que estabas cansada. Tenías surcos azules bajo los ojos y esa mirada de ciervo acosado que se instala en las personas resignadas, en los mamíferos que viven encerrados en su mente. Iba a saludarte, pero algo en tu expresión me dijo que no lo hiciera. Así que seguí mi camino y te di la espalda.

Cuando oí el frenazo, un relámpago de lucidez cruzó mi mente y supe que eras tú la que estaba en aquel cruce. Al girarme vi varias naranjas rodando lentamente por el asfalto, como planetas errantes tras el big bang, modificando bruscamente y para siempre su órbita. Un poco más allá yacía tu cuerpo tendido. Escuché gritos y algunos viandantes comenzaron a correr. Unos huyendo de allí, otros corriendo hacia aquella visión infernal, hacia la estampa brutal de tus brazos y piernas y tu cabeza descolocados, reordenados en una posición imposible y macabra. 

Me quedé clavada en la esquina. No tuve valor para acercarme, pero desde allí pude ver tus ojos paralizados. Tu mirada suspendida para siempre. En tu cara se podía ver un leve gesto de asombro, tal vez incluso de genuina sorpresa. Como si por fin ese elemento inesperado que tanto ansiabas hubiera irrumpido en tu vida. Y efectivamente, así fue. El problema es que cuando llegó lo hizo de forma definitiva.