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Aloes


Salgo a la calle.

La hija de la vecina 

corretea con una Barbie 

en la mano y al verme 

viene a mi encuentro.

Me cuenta que las

plantas de aloe le parecen

dedos de marcianos.

Siempre quise tener 

una conversación así:

qué curioso que se dé

con una niña de ojos

marrones, la hija de

la vecina.


*

A veces me gustaría

volver a las partes feas
del verano, a sus camas
de pinocha húmeda.

Al revés sucio
de la lona.

Recordar esa piedra
que tiraste a la acequia.

Recuperar lo que se hundió
de forma tan encantadora.

Un año duro


El viento abrió de par en par

la ventana del salón. 

Las cortinas se

movieron frenéticas. 


Desorden en las

pequeñas cosas.

Caos en los detalles.


El viento entró de repente

e hizo volar un pañuelo,

la piel de mandarina,

la lista de la compra.


Sopló, ese viento.

Trajo lluvia:

salimos a gritar 

a la terraza, él y yo.


Los hijos no paridos.

El amor en huida.

Mi madre inmensa.

Una sombra del que

fue su padre.


Salimos y aullamos,

porque fue un año duro

y pensé que lo merecíamos.



*


Entendí mal lo que dijiste.

Pero nos reímos:

yo de mi error, 

tú de mi expresión.

Como en la adolescencia,

fuimos cómplices

a pesar de la confusión.



La herencia


Subo en el ascensor del hospital.

Estoy menstruando, sigo cansada.

Tercer piso, habitación 321.

3, 2, 1, ... Abro la puerta.

Mi hermana está acostada,

con una expresión que me

recuerda a la niña que fue.

Le duelen los puntos y no

puede incorporarse. 

Me sonríe, pero inhala con 

cuidado. El dolor no se va.

Me siento. Cae un poquito de sangre 

en la compresa, nada nuevo.

El gotero de analgesia está casi vacío.

Hay una luz ligera, como las

que entran en las capillas, 

o las ermitas. Se oye a las

enfermeras en el pasillo.

Ríen y bromean, empujan carritos.

Miro de nuevo a mi hermana,

que contesta un mensaje 

de WhatsApp con aire ausente.

Entrecierro los ojos y su silueta

se desdibuja. Podría ser mi

madre, o mi abuela. O mis tías.

Me miro los pies. Cae un poco

más de sangre. Soy la única

con todo: útero, ovarios, trompas.

Esta herencia no es justa. 

El vivir incompletas, perdiendo

partes. Sin despedidas o procesos.

"El médico me ha dicho que

tengo dos años para 

quedarme embarazada",

me dice con el ceño fruncido.

Una emoción me agarra las costillas.

Es un hilo de ternura. Hago una broma.

El momento pasa. Estamos a salvo.

Al quedarnos en silencio se oye 

un rumor, como el marcar del reloj.

El tiempo que pasa. Pero es una cuenta atrás.

Así es para nosotras, así será para las que vengan.


Hay algo


Hay quien nace con 

cucharas de plata en la boca,

o padres que se van pronto.


Hay personas con arrullo en la voz

y una calma del mañana.


Yo pierdo la cartera en el metro.

Y hay algo. Algo, algo, algo.

Hay algo mal en mí.


Hay quien sólo apaga 

el despertador una vez. 

Vuelve rápido al mundo. 

Ducha, café. Podcast.


Yo floto en las fronteras 

y me cuelgan los pies 

en los acantilados. 


Veo algunas sobras 

alrededor de tu cuerpo.

De los cuerpos.


Cosas que añaden capas.

Fantasmas y luces.

Y puede que no esté mal.

Ver todo lo que flota.


Pero ese colgar, ese tardar más.

Ese dudar cuando despierto.

Las cucharas en el cajón.

Cartas en mi cabeza.


Un mechón de tu pelo

enganchado.


Hay algo mal.

Algo sin acabar.


Y los fantasmas 

no hablan de ello.


Hay algo. Algo lento.

Que no se cierra,

que no... se cierra...


Hay algo, algo, algo.

Algo mal. Algo que duda.


Y me deja sola.

*

Yo estuve allí.

En aquel hospital soleado
y su autobús de cristal suave.
Rodeada de tus muñecas
con camisa, cada gesto
imantado como una montaña.
Y mirando con fijeza las grietas
que habitaban la acera,
sorprendí a mi estómago
queriendo ser tu casa.

Anhelo

La arcilla suave me emociona.
Como los patos que madrugan.
O la poda oculta de los racimos.

Pero es el hielo que estalla,
ese que con encanto masticas,
el que quieras o no

saldré a buscar.


*

Hoy la Vida se mueve suave, sin avasallar.
Parece que duerme con la cara cerrada.
Pero las horas cuelgan boca abajo.
Y las piedras rebotan rabiosas.

Todo porque he dejado salir 
de este pantano, el cuerpo de 
ternura que mezquinamente
atesoraba. 

*

Las palabras nos rodean.


Suenan en mi cabeza

o hablan contigo.

Salen de tu boca.

Vuelven a la mia.


Palabras suaves.


La palabras habitan.

Pero no alimentan.


¿Hablo de agua 

y te quito la sed? 

¿Comeré si te imploro 

por migajas?



Sombras


Después del lujo todo vuelve a su sitio.

Se ordena obstinadamente eliminando las curvas.
Y colocando los recuerdos como polígonos.
Rígidos. Inmóviles. Perfectos en su expiración.

Todo volverá tristemente a su lugar.

Si llamamos de nuevo a las sombras,
que rellanarán los cuartos que antes
fueron propiedad única del abrazo.

Sabes muy bien que a esas siluetas danzantes

no les importa que permanezcamos juntos.
Nos rozan levemente los costados con sus
túnicas de nido vacío. Almidón y crujido.

Como nosotros, sombras:

Que se erizan tiernas y macabras
sobre las ruinas de este imperio.

Cuando seamos auténticos


Es necesario vivir sólo

a causa del amor.


A causa del deseo.


Me siento mal como 

un mordisco

en un cuenco de plata.


Veo gente con gestos como nubes,

aire y círculos, una pena en el ojo.


Quiero abrazar y decir: 

"Te veo, eres una bebida clara".


Un mordisco que no llega.

Un deseo de todas las cosas.


Toallas al sol y pelo con arena.


Un mordisco salado.

"Te veo. Y existes", diré.


Piel con arrugas y salitre.

Un poco de agua en el cuello.


Y el amor y el deseo

serán transatlánticos 

creando una estela de plata.


Y entonces cuencos sin ojos.

Y entonces, lo importante.


Amor y deseo.

Brillo. Plata.



Tarde con mi amiga. Segunda parte.


Te levantas arrastrando la silla.

Tan luminosa en tu asombro.

Eres un manojo de llaves.

Un puñado de semillas.

Melocotones maduros.

Abres y creces.


Por eso.


No me mires así.

Soy como tú, una mujer.

Un cuerpo con pasillos y espejos.

Lleno de puertas y tierra fértil. De algo.

Llena de miedo por no vivir lo que quiero.

Como tú, que arrastras la silla para irte.

Asombrada, casi herida por mi. 


Casi.


Casi ofendida. Humana y social.

Toda prisa. Toda mente. 

Casi toda grietas. Toda rota. 


Ajustes


Los días no volverán.

Aunque los conserve 

en salmuera.


Su voz es tibia

y ronronea. 

Habla cerca del oído.


No confío en lo que susurra.


No confío en este espíritu 

que me pide cuentas

con voz propia.

Que pide ajustes.


Quiere que arranque máscaras

y hierva todas las almendras

de tu cara. Que blanquée

y almidone tu piel.


Que amortaje tu figura.


Ajustes.


No quiero una caja de latón

para tus recuerdos, quiero 

un sarcófago. 


No quiero un hoyo de tierra

negra, quiero un mausoleo.


Los días no volverán.

Aunque los conserve 

en formol.


No soy nadie, ni seré nadie.

Pero lo que he visto merece

más.


Tal vez por eso, aunque no

confíe en él, mi espíritu

demanda un entierro justo.


Ajustes.


Un homenaje que represente

todas las luces y las sombras.


Todos los días que fueron.

Todo lo que conservo en sal.

Todas mis voces y las tuyas.


Todo lo que está, 

pero ya no respira.



Hechicero


Si dijera mi nombre en voz baja,
con la destreza involuntaria de la hechicería,
terminaría con la mutación de las mañanas,
y podríamos desatar la venda que amarra la saliva.

Si lo pronunciara al completo,
sin estigmas de ala ancha,
conseguiríamos pulverizar

las sábanas de alabastro,
el cincel mudo de la ropa,
la mancha tímida entre las piernas,
el rígido abrazo de los dioses.

Y nos desperezaríamos
como enredaderas de piel
por fin uno sobre otro.

Ambos mortales
y hermosamente finitos.

*


El triángulo es mi figura 

geométrica favorita.


Tres lados, 

tres vértices,

tres ángulos interiores.


Todo unido.


Como las noches

bajo pliegues de

algodón.


Estas sábanas 

de pintura flamenca.


Uno, dos, tres.


Las horas,

la lechuza,

el móvil.


Todo unido.


El triángulo es 

una forma tranquila.


Tres caras,

tres líneas,

tres vértices.


Como mi piel

de oro batido,

el papel japonés

de la Luna,

el agua negra.


De madrugada.


El triángulo es 

mi polígono 

favorito. 


Tiene ángulos que cortan,

lo pliegas y se transforma

en una navaja.


Todo unido.


Los suspiros antes 

de hablar, 

de escribir, 

de tragar.


El triángulo y yo.


Él cae siempre de pie,

yo me sacudo el polvo 

de las rodillas.


El triángulo 

es mi forma favorita.


Un pliegue en mi lengua

y un triángulo entre los dedos.


Uno, dos, tres.


La navaja en mi garganta, 

la fisura cerca del útero,

la herida de sangre tibia.


Y lo que aún no he dicho.

Como un guijarro


La sangre se agolpa

en las esquinas.

Los músculos se tensan.

Los músculos se mueven.

Aparecen las curvas en

dedos, caderas, en bocas

y todos los tobillos.

El cuerpo tiembla.

Vive. El cuerpo crece.


Mientras.


Los huesos salen a flote.

Los dientes se muestran.

El paladar duele.

El aire es un lujo.

Pero no te ahogas, 

no te hundes.

Todo flota, y es ligero.

No tiene perfil ni forma.

Es una emoción redonda.

Real y concreta,

como la margarita 

en el asfalto.

Como un guijarro 

en la mano.


Como un guijarro.

En mi mano.


Sin luz.

Pero blanco.

Sin aristas.

Pero concreto.

Sin sombras.

Pero real.


Todos tus días están justificados


Todos tus días están justificados,
eres el domador de lápices,
el que pela con esperanza la madera.

Fijas la ley del destilado de la uva,
recorriendo las copas con tus dedos,
bebiendo ofrendas mudas al raso.

Y tendrás palabras sin desperdicio,
y camisas rodeadas por tu cuello,
y olerás a porche bajo la lluvia.

Por eso, si desesperas
estallará el firmamento
en puntas de basalto.

Y vendrá a por nosotros.


*


Lamento de una supernova.


En el borde de la boca.

Casi dicha.

Casi.


Una frase enrome.

Cósmica.


Un lamento que estalla.


Destroza con luz blanca.

Pequeña.

Astral.


Un silencio

que implosiona.


Lamento de una supernova.


Asomando a tu cara.

A velocidad 

supersónica.


Astros colapsando

a tu alrededor.


Un espectáculo

inorgánico.


No hecho 

para mortales.


Trigo maduro

Cerré los ojos y te vi aparecer.

Impaciente. Jadeando.

No había andenes, ni lluvia.
Tampoco transeúntes curiosos.

No había relojes, ni atrasos.
Tampoco mensajes sin leer.

Cerré los ojos y te escuché.

Sólo tú corrías. 
Nadie más.

Sólo tú.

Con tus manos de trigo
maduro, un jersey.

Tal y como prometiste.