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Muelo


¿Me detendrás antes de que me dañe?

¿Antes de hacer crujir las falanges?

¿Antes de lanzar el vaso, el móvil?


Hago polvo lo que me rodea.

Lo muelo fino, formo una pasta.

Y me la extiendo por la cara.


Mi colorete: el maquillaje del drama.

Ambos lo sabemos. Entonces.

Un día de estos.


Cuando haga puntería y lance lo que sea. 

Cuando falle a propósito. Cuando te roce.

Cuando estalle cerca de ti. Cuando sangres.


Quiero ver la expresión que haces. 

Tu cara al ver el desastre. 

Quiero intentar adivinar 

si todavía te importa.


La herencia


Subo en el ascensor del hospital.

Estoy menstruando, sigo cansada.

Tercer piso, habitación 321.

3, 2, 1, ... Abro la puerta.

Mi hermana está acostada,

con una expresión que me

recuerda a la niña que fue.

Le duelen los puntos y no

puede incorporarse. 

Me sonríe, pero inhala con 

cuidado. El dolor no se va.

Me siento. Cae un poquito de sangre 

en la compresa, nada nuevo.

El gotero de analgesia está casi vacío.

Hay una luz ligera, como las

que entran en las capillas, 

o las ermitas. Se oye a las

enfermeras en el pasillo.

Ríen y bromean, empujan carritos.

Miro de nuevo a mi hermana,

que contesta un mensaje 

de WhatsApp con aire ausente.

Entrecierro los ojos y su silueta

se desdibuja. Podría ser mi

madre, o mi abuela. O mis tías.

Me miro los pies. Cae un poco

más de sangre. Soy la única

con todo: útero, ovarios, trompas.

Esta herencia no es justa. 

El vivir incompletas, perdiendo

partes. Sin despedidas o procesos.

"El médico me ha dicho que

tengo dos años para 

quedarme embarazada",

me dice con el ceño fruncido.

Una emoción me agarra las costillas.

Es un hilo de ternura. Hago una broma.

El momento pasa. Estamos a salvo.

Al quedarnos en silencio se oye 

un rumor, como el marcar del reloj.

El tiempo que pasa. Pero es una cuenta atrás.

Así es para nosotras, así será para las que vengan.


Olor


La curva de mi cadera es como una Luna sobre el agua.

Cuando me abro de piernas, ¿qué debería coger?

¿Un espejo? ¿Un ángulo muerto? ¿Un haz de luz?.


Sin ropa somos tranquilos. Todo se dice en voz baja.

El olor es lo que importa: él manda. Por él la Luna.

Por él; jadeos, los cuchillos. Por él; un rubor.


La curva de mi mejilla es como un cajón forzado.

Cuando soy sincera, ¿Qué debería decir? 

¿Que mi carne es triste? ¿Que vivo sola con mi esqueleto?.


No quiero habitarme en fragmentos.


Que me veas entera, con Luna y cajones sin cierre. 

Un aroma de adulta. Eso quiero. Cuchillos.

Ser vista sin espejos. En susurros. 


Ser vista, tan pequeña. 

Aliento


Mi aliento 

es el ahora.

Que baja por 

las piernas.

Llega al suelo. 

Y se arrodilla 

a cuatro patas.


Estoy satisfecha.

O no. No. 

No lo estoy.


Aliento que no es.

Que bebe agua 

bajo el olivo.

Me mira 

desde fuera.

Una hoja 

le tapa los ojos.


Mis rodillas 

están desolladas. 

Sangre.

Un hilo rojo 

a modo de correa.

Ata mi aliento.

Lo ata corto.

Como a un perro

dócil, a la altura

de mis rodillas.


Nuca más alto.

Nunca erguido.

Hay algo


Hay quien nace con 

cucharas de plata en la boca,

o padres que se van pronto.


Hay personas con arrullo en la voz

y una calma del mañana.


Yo pierdo la cartera en el metro.

Y hay algo. Algo, algo, algo.

Hay algo mal en mí.


Hay quien sólo apaga 

el despertador una vez. 

Vuelve rápido al mundo. 

Ducha, café. Podcast.


Yo floto en las fronteras 

y me cuelgan los pies 

en los acantilados. 


Veo algunas sobras 

alrededor de tu cuerpo.

De los cuerpos.


Cosas que añaden capas.

Fantasmas y luces.

Y puede que no esté mal.

Ver todo lo que flota.


Pero ese colgar, ese tardar más.

Ese dudar cuando despierto.

Las cucharas en el cajón.

Cartas en mi cabeza.


Un mechón de tu pelo

enganchado.


Hay algo mal.

Algo sin acabar.


Y los fantasmas 

no hablan de ello.


Hay algo. Algo lento.

Que no se cierra,

que no... se cierra...


Hay algo, algo, algo.

Algo mal. Algo que duda.


Y me deja sola.

*

Las palabras nos rodean.


Suenan en mi cabeza

o hablan contigo.

Salen de tu boca.

Vuelven a la mia.


Palabras suaves.


La palabras habitan.

Pero no alimentan.


¿Hablo de agua 

y te quito la sed? 

¿Comeré si te imploro 

por migajas?



Sombras


Después del lujo todo vuelve a su sitio.

Se ordena obstinadamente eliminando las curvas.
Y colocando los recuerdos como polígonos.
Rígidos. Inmóviles. Perfectos en su expiración.

Todo volverá tristemente a su lugar.

Si llamamos de nuevo a las sombras,
que rellanarán los cuartos que antes
fueron propiedad única del abrazo.

Sabes muy bien que a esas siluetas danzantes

no les importa que permanezcamos juntos.
Nos rozan levemente los costados con sus
túnicas de nido vacío. Almidón y crujido.

Como nosotros, sombras:

Que se erizan tiernas y macabras
sobre las ruinas de este imperio.

Cuando seamos auténticos


Es necesario vivir sólo

a causa del amor.


A causa del deseo.


Me siento mal como 

un mordisco

en un cuenco de plata.


Veo gente con gestos como nubes,

aire y círculos, una pena en el ojo.


Quiero abrazar y decir: 

"Te veo, eres una bebida clara".


Un mordisco que no llega.

Un deseo de todas las cosas.


Toallas al sol y pelo con arena.


Un mordisco salado.

"Te veo. Y existes", diré.


Piel con arrugas y salitre.

Un poco de agua en el cuello.


Y el amor y el deseo

serán transatlánticos 

creando una estela de plata.


Y entonces cuencos sin ojos.

Y entonces, lo importante.


Amor y deseo.

Brillo. Plata.



Ajustes


Los días no volverán.

Aunque los conserve 

en salmuera.


Su voz es tibia

y ronronea. 

Habla cerca del oído.


No confío en lo que susurra.


No confío en este espíritu 

que me pide cuentas

con voz propia.

Que pide ajustes.


Quiere que arranque máscaras

y hierva todas las almendras

de tu cara. Que blanquée

y almidone tu piel.


Que amortaje tu figura.


Ajustes.


No quiero una caja de latón

para tus recuerdos, quiero 

un sarcófago. 


No quiero un hoyo de tierra

negra, quiero un mausoleo.


Los días no volverán.

Aunque los conserve 

en formol.


No soy nadie, ni seré nadie.

Pero lo que he visto merece

más.


Tal vez por eso, aunque no

confíe en él, mi espíritu

demanda un entierro justo.


Ajustes.


Un homenaje que represente

todas las luces y las sombras.


Todos los días que fueron.

Todo lo que conservo en sal.

Todas mis voces y las tuyas.


Todo lo que está, 

pero ya no respira.



Hechicero


Si dijera mi nombre en voz baja,
con la destreza involuntaria de la hechicería,
terminaría con la mutación de las mañanas,
y podríamos desatar la venda que amarra la saliva.

Si lo pronunciara al completo,
sin estigmas de ala ancha,
conseguiríamos pulverizar

las sábanas de alabastro,
el cincel mudo de la ropa,
la mancha tímida entre las piernas,
el rígido abrazo de los dioses.

Y nos desperezaríamos
como enredaderas de piel
por fin uno sobre otro.

Ambos mortales
y hermosamente finitos.

*


El triángulo es mi figura 

geométrica favorita.


Tres lados, 

tres vértices,

tres ángulos interiores.


Todo unido.


Como las noches

bajo pliegues de

algodón.


Estas sábanas 

de pintura flamenca.


Uno, dos, tres.


Las horas,

la lechuza,

el móvil.


Todo unido.


El triángulo es 

una forma tranquila.


Tres caras,

tres líneas,

tres vértices.


Como mi piel

de oro batido,

el papel japonés

de la Luna,

el agua negra.


De madrugada.


El triángulo es 

mi polígono 

favorito. 


Tiene ángulos que cortan,

lo pliegas y se transforma

en una navaja.


Todo unido.


Los suspiros antes 

de hablar, 

de escribir, 

de tragar.


El triángulo y yo.


Él cae siempre de pie,

yo me sacudo el polvo 

de las rodillas.


El triángulo 

es mi forma favorita.


Un pliegue en mi lengua

y un triángulo entre los dedos.


Uno, dos, tres.


La navaja en mi garganta, 

la fisura cerca del útero,

la herida de sangre tibia.


Y lo que aún no he dicho.

Como un guijarro


La sangre se agolpa

en las esquinas.

Los músculos se tensan.

Los músculos se mueven.

Aparecen las curvas en

dedos, caderas, en bocas

y todos los tobillos.

El cuerpo tiembla.

Vive. El cuerpo crece.


Mientras.


Los huesos salen a flote.

Los dientes se muestran.

El paladar duele.

El aire es un lujo.

Pero no te ahogas, 

no te hundes.

Todo flota, y es ligero.

No tiene perfil ni forma.

Es una emoción redonda.

Real y concreta,

como la margarita 

en el asfalto.

Como un guijarro 

en la mano.


Como un guijarro.

En mi mano.


Sin luz.

Pero blanco.

Sin aristas.

Pero concreto.

Sin sombras.

Pero real.


Tarde con mi amiga


Tan bonita.

Caminando

hacia mi. 

Una terraza.

Tomamos algo,

tónica y olivas. 

Hace sol.

Me escucha.

Hablo de 

lo único. 

Escucha.

Ojos como

eclipses.

Enormes.

Retuerce

la servilleta

de papel.

Tan bonita.

Mira una 

esquina.

Ojos atónitos.

Pide agua

al camarero.

Silencio.

Sonríe.

Tan bonita.

Entonces

escucho yo.

Consejos.

Qué debo hacer.

Escucho.

Qué decidir,

quién ser.

Cómo ser.

Escucho.

Debo limpiar

la sangre.

Ojos de eclipse.

No manchar 

el mármol.

Ojos enormes.

Tirar los trapos.

Restos rojos

de quien no ser.

Silencio.

Le sonrío.

Tan bonita.

Ignoro el agujero

que no se cerró.

Mi entraña triste.

Eclipse solar.

Soledad femenina.

Miro al camarero.

Pido la cuenta.

Dejamos el bar.

Tan bonita.

Me abraza,

me desea suerte.

Es sincera.

Sonríe.

Ojos sin sombra.

Tan bonita.

Se despide.

Se marcha.

Y yo tan sola.

Una mujer 

que escucha.

Una mujer 

no vista.

Una mujer

sin forma. 

Diferente.

Con sangre

en las uñas.

Que no limpia

el desastre.

Sangre seca.

Una mujer.

Que no limpia.

Ojos de eclipse.

Que no acaba

de pulir ese

mármol.

Porque teme

la pulcritud.

Porque duda

si en eso 

consiste la vida.

Porque duda

si eso es 

de verdad

Ser.

*


Mis sinceras disculpas.

Pues.

Aceché a aquel que huía.
Coleccioné las cuencas de sus ojos.
Los mordiscos duros en su cuello.
Cada curva de sus pómulos.

Mis sinceras disculpas.

Pues.

Perseguí al hombre sin dueña.

Y amé de rodillas
como nadie debe ser amado.

Un paso al frente

Podrías dar un paso al frente.

Y dejar de gesticular,
de hablar de política,

de la crisis,
del COVID,
de la falta de dinero,
la necesidad de irse,
de empezar otra vez,
de contar cada minuto.

De hacer planes.

Podrías dar un paso al frente.

Y acortar la distancia,
cogerme del cuello,

o del pelo, de la muñeca,
la cadera, la barbilla,
incluso de la boca

y lamerme como
como si fuera
a morir pronto.

Muy pronto.
Mañana.
Ahora.

Lo sé.

Es tan fácil
contentarme
que parece
imposible.

¿Verdad?

*

Los secretos se parecen a pequeños
paquetitos de papel de estraza.

Bolsitas que envuelven
botones de marfil.

Muérdeme suavemente.

Si me marcas con tus dientes,
él lo sabrá.

Sirena

Una campana.

Todo sabe a
agua de aljibe.

A lengua
con verdín.

Mojando los
labios en dedales.

Dando sorbos
de agua dulce.

Una campana.

Luna que no 
levanta el agua.

Marea que no
vuelve ni promete.

Boqueo sobre
arena seca.

Una campana.

Toque a muerta
por salir del agua.

Mujer de arrollo
y misterio.

Convertida en 
sirena de arcilla.

Mujer de escamas
y cabello enorme.

Sin mar al 
que volver.

Garganta


Si pudiera abrir una fisura

en tu garganta.

Para verte pronunciar

palabras importantes.


Metacarpo.

Estornino.

Turgente.

Albúmina.

Cristal.


Ver cómo las cuerdas vocales 

vibran con cada letra.

Rozarlas con los dedos.


Tocarlas. Estar cerca.

Oírte respirar.

Sentir el aire

en las mejillas.


La tráquea roja,

perfecta en su 

ondulación.


Hablando para mi:


Catacumba.

Estruendo.

Velamen.

Ataraxia.

Ojalá. 


Cerrar los ojos. 

Porque nada más existe.

Sólo la voz que eres y 

el aire que respiras.


Sonámbulo.

Epifanía.

Ademán.

Luna.

Tú.


Percal

No puedo ser ni la mitad de buena
ni la mitad de elegante que el
recuerdo de todo lo que esperabas.

El terciopelo de la madurez no llega,
porque soy como la felpa.

Burda. Gruesa en el dobladillo.
Percal almidonado en el alma.

Un tacto que debería ser cálido,
pero pica en las costuras.

E impide el movimiento 
cuando la vistes.

El Amor


Me ha comido
parte del brazo izquierdo
y asciende hacia el pecho.

Aquí me llaman rara.

Yo disimulo y me
encojo de hombros.

Dijeron que sería fácil.
El amor.

Que sería como respirar.
Pero no hay aire. No hay.

Aire.

Y ya sube hacia el pulmón,
entrando en los alveolos.

Aquí me llaman rara.

Porque me sofoca. El amor.
Me arranca flemas tiernas.

Provoca asma mientras
me sube hacia la garganta.

Sé que llegará a la boca.
Sé que conquistará mis ojos.

Aquí me llaman rara.

Porque no quiero
que se me vea 
por toda la cara.