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*

Bajo a la ciudad de visita.

Desde la habitación de 

mi cuarto provisional veo 

el salón de los vecinos.

Tienen las cortinas echadas,

pero la luz de una lámpara

de mesa ilumina las siluetas

de sus habitantes. Una mujer, 

un chico joven, tal vez una niña. 

Observo sin perder detalle:

necesito la ficción en mi vida.

Alguien que me conoce bien

debe haber montado 

un teatro de sombras.


Esperanza

Hay un momento.

Cuando estás todavía
en penumbra y el tiempo 
es como los melocotones.

Hay un momento.

Como si la oscuridad
acabara. O como si
esta vez se pudiera morder.

Tan irreal.

Como si pudieras tragar 
y hacerla tuya en la víscera.



*


El triángulo es mi figura 

geométrica favorita.


Tres lados, 

tres vértices,

tres ángulos interiores.


Todo unido.


Como las noches

bajo pliegues de

algodón.


Estas sábanas 

de pintura flamenca.


Uno, dos, tres.


Las horas,

la lechuza,

el móvil.


Todo unido.


El triángulo es 

una forma tranquila.


Tres caras,

tres líneas,

tres vértices.


Como mi piel

de oro batido,

el papel japonés

de la Luna,

el agua negra.


De madrugada.


El triángulo es 

mi polígono 

favorito. 


Tiene ángulos que cortan,

lo pliegas y se transforma

en una navaja.


Todo unido.


Los suspiros antes 

de hablar, 

de escribir, 

de tragar.


El triángulo y yo.


Él cae siempre de pie,

yo me sacudo el polvo 

de las rodillas.


El triángulo 

es mi forma favorita.


Un pliegue en mi lengua

y un triángulo entre los dedos.


Uno, dos, tres.


La navaja en mi garganta, 

la fisura cerca del útero,

la herida de sangre tibia.


Y lo que aún no he dicho.

*


Lamento de una supernova.


En el borde de la boca.

Casi dicha.

Casi.


Una frase enrome.

Cósmica.


Un lamento que estalla.


Destroza con luz blanca.

Pequeña.

Astral.


Un silencio

que implosiona.


Lamento de una supernova.


Asomando a tu cara.

A velocidad 

supersónica.


Astros colapsando

a tu alrededor.


Un espectáculo

inorgánico.


No hecho 

para mortales.


Trigo maduro

Cerré los ojos y te vi aparecer.

Impaciente. Jadeando.

No había andenes, ni lluvia.
Tampoco transeúntes curiosos.

No había relojes, ni atrasos.
Tampoco mensajes sin leer.

Cerré los ojos y te escuché.

Sólo tú corrías. 
Nadie más.

Sólo tú.

Con tus manos de trigo
maduro, un jersey.

Tal y como prometiste.

En la cara


Si las estrellas pudieran

servir para algo más

que para adornar

poemas.


Si pudieran explotar

en las venas. 


Si pudieran fluir

como la droga más dura.


Como las cosas importantes,

pero que callan por dentro.


Las estrellas y lo no dicho.


Reconóceme en lo que brilla

y está lejos. Y está dentro.


Las estrellas y el silencio.


Las venas que nos

arañamos para vernos

refulgir en lo oscuro.


Reconóceme en lo extraño

de ser estrellas y sangre.


En lo extraño 

de ser luz y noche.


Yo haré lo propio.


Haré constelaciones de 

mordiscos. De silencio

que habita la carne.


Te habitaré en el vacío

de cuerpos celestes y

brillos mortales.


Cuento contigo.


Que las estrellas nos

exploten en la cara.


P de Puro


Te zarandeo por dentro

y suenas a vuelo ligero.


A cucharilla de plata,

a pulmones blancos.


Hay un deje de dientes,

de fruto suave y oval.


Un cascabel de costilla.

El sonido del jadeo.


Te sacudo. Y crujes.


Salen alas y animales

pequeños. Luciérnagas.

Polillas. Mariposas nocturnas.


Como ellos, compartes

frenesí puro.


Un vuelo rasante en 

la ceguera de lo vivo.


Una búsqueda de luz

en todas las sombras 

de tu carne.

Cubos de Agua


Los puentes quemados 

no podrás volver 

a cruzarlos.


Esas verdades

que dijiste,

las que no dijiste,

las fotos eliminadas.


No volverán.


Siempre habrá

un agujero en 

la pared.

Aunque lo tapes 

con masilla.


La costra calcinada

no será de nuevo

un filete.

La nata no será

leche otra vez.


Lo arrasado por

el fuego y el 

tiempo, lo que

quema un error.


No podrás 

recuperarlo.


Humo negro

en tu memoria.


Los recuerdos de

tu juventud, 

los cigarros

en la azotea,

tu novio con 

ojos de ciervo:

son fantasmas

y brasas ya frías.


Mientras tanto

arde la vida.


Hay carreras con los

pies descalzos.

Y acarreas

cubos de agua.


Pero


el fuego que todo

lo arrasa. Llamará

al negro para que 

venga a quedarse.


Negro en mis ojos,

en tus manos.


Negro en las

palabras, 

ahora silencios.

Todo negro, 

todo humo.


También negro 

en esa cama.

Con toda la sangre

Carretera oscura,

un esbozo de cometa en el cielo.


Sin luz. 

Sin nadie.


Suena la grava bajo mis pies

y todo lo no dicho,

lo que respiro y no sale.


Llamo espejos que no 

se plieguen. Que muestren

todos los ángulos de este camino.


Carretera oscura,

un aleteo entre las ramas.

Una promesa.


Empiezo a correr.

El pelo al aire, 

la boca abierta,

ojos tremendos,

todo en tensión.


Sangre

sangre

sangre

sangre que bombea.


Estoy viva.

En plena noche.

En la carretera oscura.

Sin luz. Sin nadie.


Las venas se tensan,

hay jadeos y falta de aire.

Qué hermoso.


Estrellas y órganos,

toda la noche extendida.


Me detengo en la curva.

Oigo los latidos

en mi oído. 


Mi propia euforia.

Mi propia vida.


En la carretera oscura.

Sin luz.

Sin nadie.


Con toda la sangre

y una promesa.

*

El espejo ama la noche.
En la noche refleja
el espejo sus anhelos.

Y descubre
que no es más
que oscuridad petrificada.

Por ahora

 Me miras como una galaxia tremenda.

Quieres más, pero yo me corto con el cabello de ángel

y sirvo para los mordiscos.

Hablas desde lo magnético, 

desde el cáncer que siempre se cura.

Hablas desde un haz de sol constante. Quema.

Esperas desde lo que no es negro ni pequeño, 

Y yo sonrío y me quemo. Me quemo y niego. Y sonrío.


Me miras desde la galaxia tremenda. Eso me irrita.

No somos iguales, porque nadie es igual que nadie.

Y aquí estoy hablando generalidades.

Espera, que tengo una nueva queja: no lo ves.

No ves que hay cánceres que no se curan, 

pero que tampoco matan.

Que no hay luz perpetua. Ni tampoco noche eterna.

Esta galaxia mía no respira. Sólo Es. Está. Y es suficiente.

La Vida es suficiente. Por ahora.

Sucedió antes del ahora

Dentro del coche la luz no llegaba.
Los fuegos artificiales se veían a lo
lejos y las sombras tenían forma de
salpicadero.

Mi padre se llevaba un Lucky Strike
a la boca mientras los estallidos burbujeaban
tras su perfil como aspirinas. Algo blanco
e artificial. Algo hermoso.

Me habló de cómo se forman los acuíferos,
de la química del cemento romano, de un
autor de realismo mágico que lo hacía
trasnochar en sus noches adolescentes.
Del opio y sus trampas, de su miedo
visceral a los quirófanos.

Describió círculos amplios con las manos,
casi rozando el tapizado del coche.
Yo escuchaba en el asiento del copiloto
sin perder detalle.

En algún momento los fuegos artificiales
terminaron. El ascua del cigarro iluminaba
sus ojos. Era enorme bajo ese anorak viejo.

"Tampoco han sido gran cosa -dijo señalando
con la cabeza hacia el exterior-. Menos mal
que no hemos traído a tu madre".

Prometimos volver para la lluvia de estrellas
del mes de agosto.

A la vuelta nos cruzamos con un gato que llevaba
un ratón muerto en la boca y comentamos algo
sobre el frío y las heladas.

Sucedió antes de irme a la Universidad.
Antes de salir al mundo y olvidarme de
quién soy.

Anticipación tumbada en la cama

La luz del pasillo
está encendida.

Veo polvo sobre
el suelo, como
un rio fino.

Sin señal de que
nadie lo haya
cruzado.

Querría ser otra.

Convertirme
en un pez cubierto
de fruta fresca.

Boquear más
cerca de la puerta.

Más cerca de
los otros.

Y esperar que
en vez de mi
cadáver

vean un pez
de plata.

Minucias urbanas 4

Hacemos el desayuno en perfecta sincronización,
dejando que el ruido de la cafetera inunde
la cocina. El agua hierve, se tuesta el pan.
Guardamos silencio y pensamos con cierto
pesar que todavía es miércoles.
La noche anterior se desató una tormenta
que duró casi toda la noche. Ahora está
despejado y desde el jardín maúlla
un gato sin dueño.

Como ese vecino que está lleno de
buenas intenciones, pero que
siempre dice lo que no debe.

Minucias urbanas 2

Anoche abrí la ventana para ver cómo se mojaba
la higuera de los vecinos bajo la lluvia.
Unos estudiantes de ingeniería que nunca podan
las plantas. Sus hojas se volvieron brillantes
bajo el rumor del agua, olía a algo bueno.

Tú lavabas los platos de la cena,
intentando desprender las placas de grasa
de la sartén. Canturreabas un estribillo de
Los Beatles.

Apoyada en el alféizar pensé en mi casa,
en las calles llenas de cafés, ese sol implacable.
Recordé otro balcón, otras plantas mucho
menos exuberantes. Más resistentes.

Viniste a mi lado y comentaste el mal
tiempo, la humedad que hace que te
duela la espalda. Lo bonita que está
la higuera aunque nadie la cuide.

Esta mañana sigue lloviendo.
Estamos increíblemente tranquilos.
Como si supiéramos qué siente el otro.
Pero no, claro. Eso nunca se sabe.
Es la suposición lo que me sorprende.

*

Intento escribir algo parecido
a lo que quiero decir.

El vecino enciende el taladro,
es día de bricolaje.

No me atrevo a respirar.
Ni a moverme.

Escucho.

La pared tiembla con
una herida nueva.

La ropa cuelga en la
oscuridad del patio.

Yo me inclino sobre
la mía.

Estoy malgastando
mi vida.

Si te hubieras quedado

No pasarías frío
durante el invierno.

Pero te fuiste y
eres invisible
fuera de casa.

Te acercas a
la Poesía
como a una
gran hoguera,

y ella hace
como que
no te ve.

*

Podría haber un nido
de huevos a punto de
romperse en la cañería
que recorre mi fachada.
Quiero pensar que
están ahí, y que
nacerán pronto.
Esperanzas
más vanas
se han visto.

*

Tragar leche
es desagradable.

Aunque sea dulce,
aunque sea blanca.

Pero la luz.
El corte de luz.

Que se llene
de negro.

La violencia,
de mis pájaros
ebrios de voces.

Es otra cosa.

Soledad

Las llamas podrían iluminar más,
volverse lenguas de fuego puro.

Pero no veremos las mismas
chispas en el aire.