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Aliento


Mi aliento 

es el ahora.

Que baja por 

las piernas.

Llega al suelo. 

Y se arrodilla 

a cuatro patas.


Estoy satisfecha.

O no. No. 

No lo estoy.


Aliento que no es.

Que bebe agua 

bajo el olivo.

Me mira 

desde fuera.

Una hoja 

le tapa los ojos.


Mis rodillas 

están desolladas. 

Sangre.

Un hilo rojo 

a modo de correa.

Ata mi aliento.

Lo ata corto.

Como a un perro

dócil, a la altura

de mis rodillas.


Nuca más alto.

Nunca erguido.

El que finge

Muerde sus rizos.

Los estira con los colmillos.
Pretende que sean rectos
lisos, claros, ligeros.

Para abandonar su naturaleza de felino.

De melena con esparadrapo.
De león rodeado de fusiles.
Y poder cazar con las gacelas.

*


Algo parecido a 

los sonidos de estornino.


Elegantes y pequeños.

Así suenas.


Recuerda que 

una vez fuiste ave.


A fuerza de creer volaste.

Primero bajo, claro.


Luego cantaste,

como decía,

y casi desaparecías allí arriba.


Te miraban desde abajo.

Se paraban y señalaban.


Insólito. Un estornino.


Tan alto, tan rápido.

El viento fuerte a tu lado.


Corriente que no amaina.

Tú siendo ave. 


Hueso ligero y

pluma que cruje.


El aire es lo único en lo 

uno puede apoyarse.



Dos Marinas o "Conversaciones con La Otra"

"Háblame de esa querencia
congelada bajo tu ventana"

No debería, pero su
insistencia me da miedo.

Me observo al otro lado,
yo misma en mi sombra.

Respondo.

"Es pequeña y
suspira tierno y alto"

No le gusta lo que oye,
no me gusta lo que digo.

Me abofetea con el
dorso de la mano.

Siento el dolor
de mi golpe en la mejilla

Deseo que se muera.
Deseo morir.

Pero no digo nada.

Porque aún en mi
oscuridad, en mi luz.

Tengo alas en la piel,
hueso ligero de ave.

Tengo trino en la voz
y un pico de plata.

Con la barbilla en alto
sonrío y me ofrezco el
resto de mi cara.

Garganta


Si pudiera abrir una fisura

en tu garganta.

Para verte pronunciar

palabras importantes.


Metacarpo.

Estornino.

Turgente.

Albúmina.

Cristal.


Ver cómo las cuerdas vocales 

vibran con cada letra.

Rozarlas con los dedos.


Tocarlas. Estar cerca.

Oírte respirar.

Sentir el aire

en las mejillas.


La tráquea roja,

perfecta en su 

ondulación.


Hablando para mi:


Catacumba.

Estruendo.

Velamen.

Ataraxia.

Ojalá. 


Cerrar los ojos. 

Porque nada más existe.

Sólo la voz que eres y 

el aire que respiras.


Sonámbulo.

Epifanía.

Ademán.

Luna.

Tú.


El estornino (Homenaje a Juan Ramón Jiménez)


Te posaste en el centro del salón
como un estornino con ramas 
de espino bajo el ala.

Esparciendo plumas y graznidos.
Volcando todo a tu paso.

Arrancando con las garras todo el algodón.
Todo el tapizado. Todo el envoltorio.

Cortinas, cojines, fundas, manteles.
Todo lo planchado y almidonado.

Te posaste en el centro de la casa
como un estornino sin bandada.

Mirándome con unos ojos sin doblez.
Presumiendo de una existencia 
sin costuras.

Qué hacer. 

Cómo dar un paso atrás y no atraparte.
Cómo abrir la ventana y devolverte a lo salvaje. 

No.

Te quiero aquí, en medio de mi orden.
Aquí, donde antes nada se rompía.
Volando en círculos, causando un caos eterno.

Viviendo en mi jaula dorada.

Los caracoles

Los caracoles cuando copulan
parece que se devoran.

Horas y horas de
abrazos y espirales.

Se comen la carne.
Triunfan sin hueso.

La lentitud se instala,
no hay plan ni meta.

Nosotros hacemos
explotar su cáscara
bajo la suela del
zapato.

Somos los dioses
más ignorantes
del Olimpo.

El descanso del guerrero


He vuelto del supermercado con 
un solomillo que estaba de oferta. 

Pero no tiene vida, hay tristeza
en la bandeja de espuma acolchada.

Dejo la compra en la cocina, 
el solomillo junto a los fogones.

Al cruzar la puerta del salón veo 
su figura de guerrero. 

La tensión de la vida.

Duerme en el sofá, ajeno a mamíferos 
descuartizados.

¿Y si lo despierto? 
¿Y si le hablo de la muerte y la carne?

De cerca, tiene humedad en las pestañas
y una vena lisa en el cuello. 

Una yugular tersa, que bombea demasiado.
Es mejor que me ponga manos a la obra.

Me olvido del solomillo y escojo al hombre.
Lo desnudo con ansia cerca de la cadera.

Deliro y desplumo. 

Tanteo la ingle. Piel y mordiscos.
Tanteo el límite. Saliva y sangre.

Él sólo gime bajito.
Es más valiente de lo que imaginaba.

P de Puro


Te zarandeo por dentro

y suenas a vuelo ligero.


A cucharilla de plata,

a pulmones blancos.


Hay un deje de dientes,

de fruto suave y oval.


Un cascabel de costilla.

El sonido del jadeo.


Te sacudo. Y crujes.


Salen alas y animales

pequeños. Luciérnagas.

Polillas. Mariposas nocturnas.


Como ellos, compartes

frenesí puro.


Un vuelo rasante en 

la ceguera de lo vivo.


Una búsqueda de luz

en todas las sombras 

de tu carne.

La esperanza herida


Una gaviota sangrante

sobrevolando tu cabeza.


Qué imagen más potente.

Puro drama: plumas

rojas, un pico abierto.


Y tus ojos siguiendo

la estela. Su planear

sobre el acantilado.


Deseas que lo consiga.

No sabes el qué.

Pero que lo consiga.


Llegar al nido.

Aterrizar a salvo.

Encontrar a los suyos.


Casi ni parpadeas.

No la pierdes de vista.


La gaviota herida,

sangre rojo intenso.


Su vuelo errante,

un destino lejos

de tierra firme.


La gaviota sangrante,

un animal luchando.


Ahora convertida

en un punto en 

el horizonte...


Que desciende,

lentamente.

Que deja de volar.


Que se estrella

contra el muro

de agua. 


En completo silencio.


Tus ojos abiertos,

incrédulos.


Fijos en un Océano

inerte, que no deja 

ninguna huella

de su paso.

Olivas


Suaves semillas

de un árbol serio,

que crece lento,

que hace nudos

y plata en sus 

hojas.


Un capazo de olivas

sin prensar ni aliñar.


Olivas crudas, 

verdes y lisas.


Algo silencioso 

y soleado.


Arcilla y golondrinas

rodeando la cesta 

de mimbre. 


Olor a alcoba.

Olor a sudor.

A sal y aire.


Olivas crudas, 

duras y solemnes.


Abrir la mano

y tocarlas con 

las yemas,

acariciar la

ligera curvatura

de su forma.


Eso era mi casa.

Eso era mi infancia.


Un fruto que

se perdió tras

la cosecha.

Visiones

Hay enormes fardos
dentro de mis bolsillos.

Monedas de cobre
de escaso valor.

Bajo a por pan y una
silueta blanca me acecha.

Respira entre los
coches estacionados
en zona azul.

Aletea.

Como una lechuza,
pero no. 

Miro de reojo.
No tengo munición.

Entonces.

Busco algún tipo de
complicidad entre
los transeúntes.

Pero nadie me mira.
Tal vez no la vean.

Algo previsible.

Aflojo el paso
y trago saliva.

Seré carroña de 
siluetas que transitan
entre mundos.

Dicho así, casi
parece hermoso.

Grandes pájaros

Grandes pájaros
planean al final
de tu cara.

Son visibles
para algunos.

Imposibles
de ignorar
para mi.

No hay esfuerzo
en tu ascenso.

La subida es
natural.

Inevitable.

Observo con
prismáticos.

De lejos.
Furtiva.
Rencorosa.

Y sueño con
escopetas.

Con mira
telescópica.

Para apuntar
a tu frente.

Cuando uno
de ellos empiece
a batir sus alas.

¿Quién me describirá cazando?

No me refiero al acto de la caza tradicional,
el de perseguir mamíferos de cuatro patas
a través de una espesura cualquiera.
Me refiero a ese momento íntimo
que adivinamos en el otro cuando ladea
la cabeza, o da un trago de más a la copa
de vino. Ese gesto de aguante.
A veces he sido capaz de observarlo en otros.
No siempre, no con todo el mundo.
Pero se me ha revelado con una claridad meridiana.
Es lo único que importa. La conexión.
Y quiero que alguien lo vea en mí.
Esa carrera hacia las bestias, hacia las
voces que aúllan dentro y que nunca
revelamos. Pero soy caprichosa:
quiero un espectador en los escasos
momentos de gloria. Cuando hago un sprint 
y consigo atrapar uno de los pensamientos
más peligrosos, esos que te destruyen por dentro.
Quiero que me espíe cuando la alimaña jadea
intuyendo su muerte, cuando le clavo el cuchillo.
Quiero un voyeur que se excite
con el olor de la sangre. Que respire
aturdido. Conmigo. En una intimidad
que nunca contaremos a nadie.

*

Sentada en el porche me escucho los pensamientos.
No hay animales en la espiral de mi cráneo.

Entonces la veo. Una concha de caracol.
Está sola en medio del suelo y destaca demasiado.

La aplasto con desgana para descubrir instantes
después que está hueca.

Me llaman para comer.

Antes de irme dedico una última mirada a los
triángulos blancos. Y veo en ellos cada hijo
que decido no tener.

*

Me gustaría empezar
con una imagen potente:

Hierba descompuesta,
algún delirio de la carne.
Un ojo cortado, tal vez.

Oigo la risa del vecino
a través del tabique.

Parece tener una buena noche,
su alegría me despista.

Pero no: yo quiero alondras,
albatros, animales yendo
hacia el cielo.

Todo eso. Todo lo épico.
Lo que no está aquí.

Chasqueo la lengua de pura
impaciencia. Me ordeno el
flequillo con los dedos, sin
tener un espejo cerca.

Mi amiga Tati manda
un audio preguntándome
si bajo a tomar algo.

Dejo el mensaje
sin respuesta.

Insisto en lo rotundo,
acudo a la potencia
de las olas.

Pienso incluso en tigres.

Al final le respondo que no
me viene bien. Voy justa este
mes y toca pagar la luz,
pero que si quiere puede
pasarse por aquí.

Bajaré a por bebida y papas.
Tengo hielo. Nos contaremos
cosas.

Cierta dificultad


Tengo cierta dificultad para diferenciar
los lobos de los perros.

Misma anatomía, similitudes en su
comportamiento. Gusto por el rastreo,
el acecho, la caza.

Poco más.

El resto es malicia del lenguaje.
Un ahorro del dolor.

El Drama

El aro del sujetador me roza una costilla cada vez
que tomo aire.

Me arranco un padastro con la punta del colmillo.
Hoy siento un impulso peligroso:

"No puede ser que esta sea yo".

Al mirar al techo veo cómo la araña de la esquina
hace un ovillo con forma de mosca.

Inspiro, la mosca se mueve; expiro, la araña
cierra el huevo. Inspiro, la mosca muere.

Debería estar pensando en la batalla de los insectos,
la trascendencia entre la vida y la muerte.

Pero tengo asuntos que atender:
la piel de la costilla arde,
el padastro sangra demasiado.

Me pregunto qué hubiera escogido Dickinson.

*

El gato de la vecina
se asoma a la ventana
para ver la vida pasar.

Por mi parte, hago
más o menos lo mismo.

Observo con los ojos
entrecerrados fingiendo
indiferencia.

Como si no me importara

la calle en pendiente
el cielo casi siempre nublado
el gato de la vecina en su ventana.

Una mañana tranquila.

Es increíble que nunca
me canse de esto.

Así en la ciudad como en la pradera

Ella arruga el papel del azucarillo
con una fuerza inquietante.

Va a romper a llorar.

Pienso girándome hacia
el ventanal que da a la calle.

En la mesa de al lado han pedido
un brownie de chocolate.

Una pareja sentada en la barra
bebe café consultando el móvil.

Miro de nuevo a la chica.

Tiene ese aire definitivo
del caballo con la pata
fracturada.

Está rodeado de otros caballos
que perciben su imposibilidad
de caminar, pero al final
no pueden hacer nada.

Busco a la camarera y pido
la cuenta con una sonrisa.

La chica se cubre la cara
con las manos.

El brownie ha desaparecido
del plato.

Pago intentando deshacerme
del exceso de monedas.

Un jubilado entra y se sienta
cerca de la puerta del baño.

Cuando el caballo ya no puede
arrastrarse, los otros caballos
dejan de comer.

Y fingen dormir.