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Aloes


Salgo a la calle.

La hija de la vecina 

corretea con una Barbie 

en la mano y al verme 

viene a mi encuentro.

Me cuenta que las

plantas de aloe le parecen

dedos de marcianos.

Siempre quise tener 

una conversación así:

qué curioso que se dé

con una niña de ojos

marrones, la hija de

la vecina.


*

La estufa arde con un

resplandor tímido.

Duermes en el sofá, 

voy por la página 107. 


Contengo la respiración,

escribo casi sin moverme.

Tengo esperanza en las

voces que me dictan.


Cae la tarde. Quietud.

Colada y ropa limpia.

Un futuro. Cielo muy azul 

y frío cortante en la calle.


Así empieza el invierno.

Así me gustaría que empezara. 


Aliento


Mi aliento 

es el ahora.

Que baja por 

las piernas.

Llega al suelo. 

Y se arrodilla 

a cuatro patas.


Estoy satisfecha.

O no. No. 

No lo estoy.


Aliento que no es.

Que bebe agua 

bajo el olivo.

Me mira 

desde fuera.

Una hoja 

le tapa los ojos.


Mis rodillas 

están desolladas. 

Sangre.

Un hilo rojo 

a modo de correa.

Ata mi aliento.

Lo ata corto.

Como a un perro

dócil, a la altura

de mis rodillas.


Nuca más alto.

Nunca erguido.

Esperanza

Hay un momento.

Cuando estás todavía
en penumbra y el tiempo 
es como los melocotones.

Hay un momento.

Como si la oscuridad
acabara. O como si
esta vez se pudiera morder.

Tan irreal.

Como si pudieras tragar 
y hacerla tuya en la víscera.



*


Algo parecido a 

los sonidos de estornino.


Elegantes y pequeños.

Así suenas.


Recuerda que 

una vez fuiste ave.


A fuerza de creer volaste.

Primero bajo, claro.


Luego cantaste,

como decía,

y casi desaparecías allí arriba.


Te miraban desde abajo.

Se paraban y señalaban.


Insólito. Un estornino.


Tan alto, tan rápido.

El viento fuerte a tu lado.


Corriente que no amaina.

Tú siendo ave. 


Hueso ligero y

pluma que cruje.


El aire es lo único en lo 

uno puede apoyarse.



Fe

En el acantilado hay mármol y un templo,
donde acuden las mujeres sin velo
y nadie espera entre los olivos.

Vigilan las golondrinas bajo el cielo
esa procesión de vestales alegres
llenas de togas y oro en los pies,
de cántaros llenos de vino y miel.

Pero planean como hojas los augurios
y los sacerdotes se frotan las manos,
esperando las ofrendas para el rayo
y un llanto por alguien perdido.

Es algo anciano, algo triste, eso de padecer
la furia de las estatuas y de todos esos seres
que fueron inventados para espantar
un brillo imperial que descansa

realmente

sobre nuestras cabezas.

Garganta


Si pudiera abrir una fisura

en tu garganta.

Para verte pronunciar

palabras importantes.


Metacarpo.

Estornino.

Turgente.

Albúmina.

Cristal.


Ver cómo las cuerdas vocales 

vibran con cada letra.

Rozarlas con los dedos.


Tocarlas. Estar cerca.

Oírte respirar.

Sentir el aire

en las mejillas.


La tráquea roja,

perfecta en su 

ondulación.


Hablando para mi:


Catacumba.

Estruendo.

Velamen.

Ataraxia.

Ojalá. 


Cerrar los ojos. 

Porque nada más existe.

Sólo la voz que eres y 

el aire que respiras.


Sonámbulo.

Epifanía.

Ademán.

Luna.

Tú.


En la cara


Si las estrellas pudieran

servir para algo más

que para adornar

poemas.


Si pudieran explotar

en las venas. 


Si pudieran fluir

como la droga más dura.


Como las cosas importantes,

pero que callan por dentro.


Las estrellas y lo no dicho.


Reconóceme en lo que brilla

y está lejos. Y está dentro.


Las estrellas y el silencio.


Las venas que nos

arañamos para vernos

refulgir en lo oscuro.


Reconóceme en lo extraño

de ser estrellas y sangre.


En lo extraño 

de ser luz y noche.


Yo haré lo propio.


Haré constelaciones de 

mordiscos. De silencio

que habita la carne.


Te habitaré en el vacío

de cuerpos celestes y

brillos mortales.


Cuento contigo.


Que las estrellas nos

exploten en la cara.


El estornino (Homenaje a Juan Ramón Jiménez)


Te posaste en el centro del salón
como un estornino con ramas 
de espino bajo el ala.

Esparciendo plumas y graznidos.
Volcando todo a tu paso.

Arrancando con las garras todo el algodón.
Todo el tapizado. Todo el envoltorio.

Cortinas, cojines, fundas, manteles.
Todo lo planchado y almidonado.

Te posaste en el centro de la casa
como un estornino sin bandada.

Mirándome con unos ojos sin doblez.
Presumiendo de una existencia 
sin costuras.

Qué hacer. 

Cómo dar un paso atrás y no atraparte.
Cómo abrir la ventana y devolverte a lo salvaje. 

No.

Te quiero aquí, en medio de mi orden.
Aquí, donde antes nada se rompía.
Volando en círculos, causando un caos eterno.

Viviendo en mi jaula dorada.

Los caracoles

Los caracoles cuando copulan
parece que se devoran.

Horas y horas de
abrazos y espirales.

Se comen la carne.
Triunfan sin hueso.

La lentitud se instala,
no hay plan ni meta.

Nosotros hacemos
explotar su cáscara
bajo la suela del
zapato.

Somos los dioses
más ignorantes
del Olimpo.

La esperanza herida


Una gaviota sangrante

sobrevolando tu cabeza.


Qué imagen más potente.

Puro drama: plumas

rojas, un pico abierto.


Y tus ojos siguiendo

la estela. Su planear

sobre el acantilado.


Deseas que lo consiga.

No sabes el qué.

Pero que lo consiga.


Llegar al nido.

Aterrizar a salvo.

Encontrar a los suyos.


Casi ni parpadeas.

No la pierdes de vista.


La gaviota herida,

sangre rojo intenso.


Su vuelo errante,

un destino lejos

de tierra firme.


La gaviota sangrante,

un animal luchando.


Ahora convertida

en un punto en 

el horizonte...


Que desciende,

lentamente.

Que deja de volar.


Que se estrella

contra el muro

de agua. 


En completo silencio.


Tus ojos abiertos,

incrédulos.


Fijos en un Océano

inerte, que no deja 

ninguna huella

de su paso.

Olivas


Suaves semillas

de un árbol serio,

que crece lento,

que hace nudos

y plata en sus 

hojas.


Un capazo de olivas

sin prensar ni aliñar.


Olivas crudas, 

verdes y lisas.


Algo silencioso 

y soleado.


Arcilla y golondrinas

rodeando la cesta 

de mimbre. 


Olor a alcoba.

Olor a sudor.

A sal y aire.


Olivas crudas, 

duras y solemnes.


Abrir la mano

y tocarlas con 

las yemas,

acariciar la

ligera curvatura

de su forma.


Eso era mi casa.

Eso era mi infancia.


Un fruto que

se perdió tras

la cosecha.

Homenaje a William Blake: drama y éxtasis

Si muero en esta tierra de nadie,

sin ser yo del todo ni tampoco 

lo que creo que esperan.


Que no me repatrien, 

que no me incineren.

Nada de suspiros

ni retención de llanto.


Si muero en esta tierra de nadie

donde la lechuza vuela bajo 

y en silencio.


Que me abracen, que me aprieten

aunque esté fría y quepa 

en la palma de sus manos.


Que aúllen y tiemblen cuando

se queden solos, como hago yo

con lo que me arranco de repente.


Sólo así florecerá lo posible

en un lugar de nadie, 

donde la eternidad cabe en una hora

y nunca alcanza su forma definitiva.

Por ahora

 Me miras como una galaxia tremenda.

Quieres más, pero yo me corto con el cabello de ángel

y sirvo para los mordiscos.

Hablas desde lo magnético, 

desde el cáncer que siempre se cura.

Hablas desde un haz de sol constante. Quema.

Esperas desde lo que no es negro ni pequeño, 

Y yo sonrío y me quemo. Me quemo y niego. Y sonrío.


Me miras desde la galaxia tremenda. Eso me irrita.

No somos iguales, porque nadie es igual que nadie.

Y aquí estoy hablando generalidades.

Espera, que tengo una nueva queja: no lo ves.

No ves que hay cánceres que no se curan, 

pero que tampoco matan.

Que no hay luz perpetua. Ni tampoco noche eterna.

Esta galaxia mía no respira. Sólo Es. Está. Y es suficiente.

La Vida es suficiente. Por ahora.

Grandes pájaros

Grandes pájaros
planean al final
de tu cara.

Son visibles
para algunos.

Imposibles
de ignorar
para mi.

No hay esfuerzo
en tu ascenso.

La subida es
natural.

Inevitable.

Observo con
prismáticos.

De lejos.
Furtiva.
Rencorosa.

Y sueño con
escopetas.

Con mira
telescópica.

Para apuntar
a tu frente.

Cuando uno
de ellos empiece
a batir sus alas.

¿Quién me describirá cazando?

No me refiero al acto de la caza tradicional,
el de perseguir mamíferos de cuatro patas
a través de una espesura cualquiera.
Me refiero a ese momento íntimo
que adivinamos en el otro cuando ladea
la cabeza, o da un trago de más a la copa
de vino. Ese gesto de aguante.
A veces he sido capaz de observarlo en otros.
No siempre, no con todo el mundo.
Pero se me ha revelado con una claridad meridiana.
Es lo único que importa. La conexión.
Y quiero que alguien lo vea en mí.
Esa carrera hacia las bestias, hacia las
voces que aúllan dentro y que nunca
revelamos. Pero soy caprichosa:
quiero un espectador en los escasos
momentos de gloria. Cuando hago un sprint 
y consigo atrapar uno de los pensamientos
más peligrosos, esos que te destruyen por dentro.
Quiero que me espíe cuando la alimaña jadea
intuyendo su muerte, cuando le clavo el cuchillo.
Quiero un voyeur que se excite
con el olor de la sangre. Que respire
aturdido. Conmigo. En una intimidad
que nunca contaremos a nadie.

Cierta dificultad


Tengo cierta dificultad para diferenciar
los lobos de los perros.

Misma anatomía, similitudes en su
comportamiento. Gusto por el rastreo,
el acecho, la caza.

Poco más.

El resto es malicia del lenguaje.
Un ahorro del dolor.

Mi yo más indulgente

Cuando me he despertado
no tenía ningún mensaje.

Sigues a lo tuyo.
No pasa nada:

las horas
permanecen
quietas.

A mis pies.

Supongo que necesitas
más tiempo para darte
cuenta.

Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa

Abrí la mano e intenté acariciarlo.

El perro sin embargo me gruñó,
me enseñó los dientes antes de
que yo pudiera dar un paso haca él.

Era un animal doméstico, rodeado
de seres humanos, bien alimentado
y con un techo sobre su cabeza.

Pero estaba realmente enfadado.

Menos mal que ya no soy una cría
y sé, más o menos, separar las cosas.

La flor de la vida

La flor de la vida se arraiga
en las fosas nasales, cubriendo
con sus pequeñas raíces todo
resquicio, impidiendo otro
aire que no sea el de
subsistir.